Mis ojos siguieron los pasos de la enfermera hasta la puerta, que cerró detrás de sí con un clic suave, aunque en mi estado aquel sonido retumbó como el disparo de un arma. Apreté los ojos y me tapé los oídos, como si realmente lo hubiera escuchado.
El silencio volvió a inundar la habitación, pero no por mucho tiempo. Cada sonido que provenía del pasillo parecía amplificarse en mi soledad: un carrito metálico rodando, un murmullo lejano, pasos suaves y, otras veces, caminatas apresuradas. Sombras que se dibujaban bajo la puerta y se detenían, haciéndome temblar.
Aunque permanecía inmóvil, sentada en la cama, mi mente me gritaba que no podía quedarme sin hacer nada. Clavé la mirada en la puerta y me repetí que no volvería a ser presa de ese maldito miedo. Cerré los ojos y respiré hondo mientras contaba hasta tres.
Me incorporé con cuidado y me puse de pie, olvidando por un breve instante que debía moverme con precaución. Un leve mareo me obligó a detenerme, pero respiré otra vez y alcé la cabeza para continuar hasta la puerta. Observé la cerradura en busca de algún seguro interno; sin embargo, no encontré ninguno. No estaba en casa. Estaba en un hospital.
Sentí cómo el temblor poseía mi cuerpo mientras recorría la habitación con la mirada, buscando algo que pudiera servirme. No importaba qué fuera. Entonces distinguí una silla y, como pude, ignorando la punzada en mi vientre, la arrastré hasta colocarla bajo la manilla. No serviría de mucho —si alguien realmente quería entrar, lo lograría con facilidad—, pero al menos me daba la sensación de tener el control.
Respiré aliviada al ver la improvisada traba, aunque el pensamiento que me atravesó segundos después fue como una descarga eléctrica.
Mi pequeño e indefenso hijo todavía estaba en la sala de neonatología. Solo, dentro de aquella incubadora, separado de mí por un cristal y ahora por esta puerta. Si el monstruo de Khan Aksel decidía actuar esta noche, no habría manera de que yo pudiera detenerlo.
Me llevé una mano al vientre y otra a la garganta cuando el aire se me atascó en el pecho. Un golpe seco en la puerta me hizo retroceder un paso. No fue un llamado suave, sino tosco y demandante, y provocó que la silla vibrara levemente contra la madera.
—Señora Aksel —dijo una voz masculina, amortiguada, desde el otro lado.
Mi corazón pareció detenerse; los oídos se me bloquearon y la boca se me secó casi de inmediato. No era la voz de la enfermera. No era la voz de Tarık. No era ninguna que pudiera reconocer en ese momento.
Apreté los ojos con fuerza, buscando en los rincones más oscuros de mi memoria el sonido de la voz de Khan. Después de todo lo que había ocurrido, la había olvidado. Sin embargo, había algo en el tono de aquella voz detrás de la puerta que no me gustaba. Era una sensación fría, cargada de engaño y manipulación.
—Soy seguridad del hospital —añadió más tarde, mientras daba otro golpe a la madera.
—Mentira… —susurré para mí misma, mientras negaba con la cabeza.
—Señora… ¿Está usted bien?
¿Por qué no forzaba la puerta si realmente era el guardia? Entonces el frío me caló hasta los huesos y lo comprendí.
Khan no forzaba puertas.
No perdía la paciencia con facilidad ni alzaba la voz.
Khan Aksel no hacía escándalos: era paciente y convincente.
Él solo entraba cuando eras tú misma quien se lo permitía.
Mi mirada cayó en el teléfono fijo junto a la cama. La enfermera había dicho que llamaría a la policía, pero había pasado demasiado tiempo desde que se fue y prometió hacerlo.
El picaporte se movió dos veces seguidas y la silla crujió al deslizarse un poco
—Amira, mi amor…
Entonces los latidos de mi corazón se aceleraron tanto que pude escucharlos en mis oídos. Esa maldita voz se filtró por debajo de la puerta como veneno. No necesitó gritar para hacer que todo mi cuerpo se estremeciera de terror.
Khan estaba aquí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. No me di cuenta de que había estado retrocediendo hasta que choqué contra la pared. El corazón me martillaba en el pecho y me retumbaba en los oídos.
—Sé que estás ahí —dijo con esa calma característica que me helaba la sangre—. Mi amor, por favor, abre la puerta. No hagas esto más difícil de lo que ya es.
En cuestión de segundos, los ojos se me cristalizaron y la puerta se desenfocó ante mi vista. Tuve que abrir la boca en busca de aire, porque sentía que me ahogaba.
Entonces la imagen de mi pequeño respirando dentro de aquella incubadora acudió a mi mente. Pensé en Tarık y en la manera en que me miraba, como si yo todavía fuera alguien que valía la pena. Y algo cambió: el miedo no se había ido, pero sobre él había florecido algo más. No sabía si llamarlo valentía o estupidez.
—¡Lárgate! —logré decir, aunque mi voz no salió con la determinación que había en mi mente.
Hubo un breve silencio que pronto se transformó en una risa suave.
—Yo no vine aquí para irme con las manos vacías.
La manilla de la puerta se movió con más fuerza, haciendo que la débil silla rasguñara el suelo con un sonido agudo que me quemó los nervios. Se desplazó unos centímetros más, y entendí que aquella puerta no me protegería por mucho tiempo.