Corazón mutilado

Capítulo treinta y dos

El techo del hospital fue lo primero que reconocí cuando pude abrir los ojos. Era el mismo blanco que había visto durante semanas antes de que el monstruo apareciera. Todo estaba demasiado tranquilo para lo que acababa de ocurrir y me cuestioné si no había sido producto de mi mente; me pregunté si acaso me habían sedado y todo había sido una pesadilla.

El olor a desinfectante reemplazó al del combustible y al de la sangre; entonces el miedo regresó de golpe. Me miré los brazos y contemplé las heridas y los rasguños. No fue un sueño, era mi realidad.

—Mi hijo… —intenté incorporarme, pero una mano firme me sostuvo, empujándome suavemente por un hombro.

—Está bien, tranquila.

La voz de Tarık fue lo único que logró detener el pánico que empezaba a desbordarse.

Giré la cabeza y lo vi sentado a mi lado. Tenía los nudillos lastimados. Nunca lo había visto así, tan desarmado y vulnerable.

—El bebé está sano y salvo, no te preocupes —añadió—. Lloró todo el camino hasta aquí. Eso es buena señal; al menos es lo que dijeron los doctores.

El aire salió de mis pulmones como si lo hubiera estado reteniendo durante horas. Cerré los ojos un segundo y me llevé una mano al pecho.

—Khan… —murmuré, aunque sabía la respuesta y recordaba su cuerpo siendo tapado por aquella fría sábana blanca.

Tarık no respondió de inmediato; solo se limitó a bajar la mirada.

—Murió al instante.

No hubo dramatismo en sus palabras. Solo una verdad seca. Pude ver un rastro de dolor asomar en sus ojos. Después de todo, se trataba de su hermano.

Algo dentro de mí intentó buscar dolor, rabia, satisfacción… pero no encontró nada claro. Solo cansancio.

—Es mi culpa —susurró él de pronto.

Abrí los ojos.

—Si hubiera llegado antes…

—No es tu culpa, Tarık —lo interrumpí con la poca fuerza que tenía—. Khan eligió esto.

Nuestros ojos se sostuvieron en un silencio lleno de cosas que no necesitaban decirse.

Tarık tragó saliva, pero la culpa no abandonó su rostro.

—Puede que no sea mi culpa, Amira, pero sí soy responsable —agachó la mirada—. Él era mi hermano y yo tenía el deber de guiarlo. No lo hice.

—Era él quien debía guiarte a ti —dije—. Los hermanos mayores eso es lo que hacen —intenté alivianar la culpa que estaba sintiendo.

—La policía quiere que declares, claro, cuando te sientas mejor. Mehmet también está aquí.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—¿Mehmet? —dije con el ceño fruncido.

—Quiere verte —explicó—. Lo noté… diferente.

Eso me desconcertó más que cualquier otra cosa. Antes de que pudiera preguntar algo más, la puerta se abrió suavemente; una enfermera entró con una pequeña cuna portátil.

—Aquí está su pequeño guerrero —dijo con una sonrisa cansada.

El mundo se redujo al instante.

Mi hijo estaba envuelto en una manta limpia de color celeste, con una pequeña venda en el talón y un monitor diminuto pegado a su pequeño pecho, que subía y bajaba de manera pacífica. Sus ojos estaban cerrados, pero su boca hizo un gesto y nos mostró una diminuta sonrisa, como si estuviera soñando.

Tarık se quedó inmóvil en su lugar, sin acercarse.

Me incorporé sobre la cama y extendí los brazos. Cuando lo apoyaron sobre mí, el peso fue mínimo, pero la sensación fue infinita. Apoyé mi mejilla en su cabecita tibia e inhalé el rico aroma que desprendía su pequeño cuerpo, ese que me recordaba a mis flores favoritas.

Por primera vez, lloré sin miedo.

No por Khan ni por el pasado.

Sino por todo lo que casi pierdo.

—Realmente se acabó —susurró Tarık, pero esta vez no sonó como una esperanza, sino como una promesa que al fin se había cumplido para mí.

Sin embargo, mientras sostenía a mi hijo y lo contemplaba, comprendí algo que nadie más parecía notar: Khan estaba muerto, pero el apellido Aksel seguía vivo y, con él, las consecuencias.

—¿Entonces puedo decirle a Mehmet que sí puede pasar? —me preguntó en cuanto la enfermera salió de la habitación.

Si quería dejar de huir de mi pasado, tenía que empezar por aceptarlo; quizá no hacerlo parte de mi vida, sino aprender a convivir con él.

Le dije que sí a Tarık, así que salió de la habitación para anunciarle a su hermano mayor que yo había autorizado verlo.

—¿Cómo te llamaremos? —le susurré a mi bebé, mientras sostenía una de sus manitas—. ¿Eh? —dije para después darle un beso.

Escuché la puerta abrirse y levanté la mirada para encontrarme con Mehmet Aksel de pie bajo el marco de la puerta. Me observó en silencio y luego fijó los ojos sobre el pequeño en mis brazos. No podía describir qué expresión exacta tenía en el rostro, porque descifrarlo siempre había sido un enigma.

—Hola, Amira —dijo tras cerrar la puerta detrás de él.

—Hola, señor Mehmet.

—Me alegro mucho de que te encuentres bien —añadió con un tono de voz que conocía, pero que al mismo tiempo era diferente a los anteriores.

—Gracias… —murmuré con la misma timidez que siempre había tenido en presencia de él.

Dio unos cuantos pasos más, hasta acercarse lo suficiente. Mi bebé se removió en mis brazos, emitiendo un pequeño arrullo, lo cual me hizo sonreír.

—Khan se fue para siempre… —murmuró con la vista fija en el pequeño que descansaba en mis brazos—, pero se aseguró de que lo recordáramos para siempre.

Mi ceño se frunció al escuchar aquellas palabras salir de sus labios. No sabía cuál era la intención que quería transmitir con ellas, pero no iba a permitirle que me atormentara en el momento en que más paz había sentido en mi vida.

—¿Qué es lo que quiere, señor Aksel? —interrogué, dispuesta a terminar lo antes posible su visita.

Entonces me miró y luego alzó la carpeta de color negro que traía en las manos.

—Solo quiero entregarte esto —dijo.

—¿Y qué es eso? —Mi ceño volvió a fruncirse.

—Son los papeles del divorcio… —aquellas palabras parecieron desgarrar su garganta al momento de pronunciarlas.




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