Accidente
Liam
—En serio, ¡tienes que escuchar esto! —soltó Apolo desde la izquierda, casi doblándose de risa.
—¿Y ahora con qué estupidez sales? —gruñó Malik, dándole un vistazo de reojo con el ceño tan fruncido que parecía permanente.
—De Maya, obviamente —respondió Apolo con tono dramático, levantando las manos como si contara un secreto épico—. Es la nueva del equipo femenino de hockey. La muy mimada le hizo un berrinche a su papá digno de telenovela y, ¿adivinen qué? Cancelaron el entrenamiento por su culpa.
Liam lo miró entrecerrando los ojos, sin mover un músculo más que la mandíbula.
—¿Y cómo demonios sabes tú todo eso?
Apolo sonrió de esa forma irritante que solo él dominaba, ajustándose la bolsa.
—Fácil. Una de las chicas del equipo me estaba coqueteando cuando...
—No sigas —lo cortó Malik, fulminándolo con una mirada que podría haber partido el hielo de la pista en dos.
Liam rodó los ojos.
—¡Oye! Dije que ella me coqueteó, no yo a ella. Es distinto —protestó Apolo con fingida indignación.
—Y tú seguro te dejaste —murmuró Malik, cruzando los brazos con ese aire de “te conozco demasiado bien”.
Apolo se encogió de hombros, como si aquello le importara menos que un partido de pretemporada.
—Estaba a punto de ponerle pausa.
—Claro, como si te creyera —respondió Malik con el sarcasmo empapándole la voz.
—¡¿Por qué nunca me crees?!
—Porque te conozco desde que teníamos cinco años —replicó Malik, seco, como quien da una sentencia final.
Apolo sonrió de golpe, ladeando la cabeza con descaro.
—¿Y qué? Eres mi novio desde hace dos.
A Malik casi se le escapa una sonrisa, y Liam lo notó al instante. Lo conocía demasiado bien para no reconocer ese temblor mínimo en la mandíbula.
—¿Y eso qué? —replicó Malik, intentando sonar indiferente, pero saliéndole torpe.
—Que deberías confiar un poquito más en mí —remató Apolo, triunfante, como si acabara de anotar un gol.
Liam se pasó la mano por la cara con un gruñido.
—¿Pueden dejar de pelear como un matrimonio de viejos? ¿Cómo carajos los soporto?
—Ah, volvió el Liam gruñón de siempre —canturreó Apolo, señalándolo con el dedo—. Te estabas tardando.
Liam lo ignoró, o al menos lo intentó.
El silencio duró lo que un suspiro antes de que Apolo abriera la boca otra vez:
—Lo que quiero decir es que agradezco que Maya no sea un chico, porque con lo jodido que ya está el equipo... sería el apocalipsis.
Liam se giró hacia él, serio.
—Apocalipsis o no, no estamos bien, Apolo. Nuestro entrenador es una mierda, y lo sabes.
Por una vez, Apolo no tuvo respuesta inmediata. Bajó un poco la mirada, sus ojos miel perdiendo la chispa de burla por apenas un segundo. Era raro verlo así, sin esa coraza de bromas y gestos teatrales. Liam lo conocía demasiado bien para no reconocerlo: estaba de acuerdo, aunque jamás lo diría en voz alta.
—Tienes razón —resopló Malik, rompiendo el momento mientras las puertas del centro de entrenamiento se abrieron con un chirrido metálico.
Su cabello negro recién rapado hacía resaltar aún más el azul cortante de sus ojos. La estructura afilada de su rostro, con rasgos árabes y la nariz recta, apenas respingada, lo hacían parecer más severo de lo que en realidad era. Liam lo sabía: Malik tenía esa cara de pocos amigos incluso cuando estaba relajado.
A veces, los tres —los malditos, como los llamaban el resto del equipo, un apodo que Liam odiaba con cada fibra de su ser— venian por la noche para practicar lanzamientos cuando el centro estaba vacío. Esa noche no iba a ser diferente. O al menos eso creyeron.
Al llegar a la pista, algo les llamó la atención.
—¿Y quién carajos es ese? —murmuró Malik, entrecerrando los ojos hacia la cancha.
—¿Quién? —preguntó Liam, siguiendo su mirada sin mucho interés… hasta que la vio.
Había alguien deslizándose a toda velocidad, tomando las curvas con una precisión que no tenía nada que ver con hockey. Cada giro era tan limpio y rápido que el aire vibraba a su alrededor.
—¿Es una chica? —exclamó Apolo, con esa mezcla de sorpresa y emoción que le salía natural.
La figura pasó frente a ellos como una ráfaga. Solo se distinguían los rizos oscuros desordenados que se mecían con el movimiento y el brillo de los patines que cortaban el hielo como si no existiera resistencia.
—Un segundo… —murmuró Malik, inclinándose hacia adelante, observando con atención—. ¿No es la misma con la que chocaste esta mañana?
Apolo soltó un chasquido con la lengua, como si se encendiera una bombilla en su cabeza.
—¡Es verdad! La que te llamó imbécil y te acusó de tener el ego más grande que la pista. Esa sí que me hizo el día.
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Editado: 11.03.2026