Un muy mal día ¿o no?
Tatiana
Nadie le había advertido a Tatiana que los analgésicos la dejarían tan noqueada que ni un terremoto la habría despertado. O tal vez, se dijo mientras trataba de despegar los ojos, estaba tan agotada que prefería culpar a los medicamentos antes que admitir que había dormido como un oso en pleno invierno.
El estruendo en la puerta la arrancó de golpe de ese sopor. Se incorporó de un salto torpe… o algo parecido, porque lo cierto es que terminó enredada en las mantas, cayéndose de la cama con un quejido. El golpe la hizo maldecir en voz baja, intentando liberarse de las sábanas como si fueran una trampa mortal.
Cuando por fin logró ponerse de pie, con el pelo alborotado y la cara marcada por las arrugas de la almohada, se encontró con Melonny en la puerta. La expresión de su amiga lo decía todo: pura frustración mezclada con un poquito de desesperanza.
—¿Sabes qué hora es? —soltó Melonny, al borde del colapso—. ¡Tatiana, por Dios! Si no estás lista en diez minutos, se van sin ti.
Tatiana parpadeó todavía medio sonámbula y miró su reloj de muñeca. Las manecillas la apuñalaron con la verdad: seis y veinte.
—Mierda. —El pánico le recorrió el cuerpo más rápido que la cafeína.
De golpe, la adrenalina la sacó de su estado zombi. Se lanzó al baño a lavarse la cara y los dientes como si de eso dependiera su vida, el cepillo casi se le resbalaba de las manos.
De regreso en la habitación, con la toalla colgando del cuello y el corazón acelerado, tropezó contra la cama y apretó los labios para no gritar de dolor cuando la rodilla le recordó lo que había pasado en la pista. Dolía, ardía, pero no tenía tiempo para compadecerse.
Con una rapidez más propia de alguien escapando que de alguien preparándose para entrenar, Tatiana cogió su bolsa deportiva y metió la caja de analgésicos sin siquiera mirar si tenía agua para tragarlos después. Los patines de su padre, esos que siempre guardaba en el coche como si fueran reliquias, terminaron colgando en su hombro. Antes de salir, se detuvo un segundo frente al espejo. Error.
Su reflejo parecía el de alguien que había sobrevivido a un huracán: los rizos iban en todas direcciones, como si hubieran conspirado en su contra mientras dormía. Claro, se había acostado tan rendida que ni siquiera se puso el gorro de satín. Con un suspiro resignado, atrapó todo con una pinza improvisada. Total, en el vestuario tendría un par de minutos para intentar arreglar lo que la gravedad y el cansancio habían destruido.
Maya apareció en la entrada con una sonrisa burlona.
—¿Todo bien, hermanita? ¿Te caíste de la cama?
Tatiana rodó los ojos, pero no dijo nada. Sabía que darle más cuerda a Maya solo la haría peor. Subió al coche en silencio, apretando la bolsa contra su regazo.
El trayecto fue una tortura disfrazada de paseo matutino. Su padre, distraído, daba vueltas por el vecindario como si buscara algo invisible, y Maya chillaba a cada curva, con su tono estridente capaz de romper cristales. Tatiana, mientras tanto, se concentraba en caminar lo menos coja posible cuando bajaran, reprimiendo cualquier gesto que pudiera delatar el dolor en su rodilla. Si su padre o Maya lo notaban, estaba perdida.
A las siete menos diez, por fin llegaron a la academia. Tatiana se bajó con una rapidez estudiada, como si tuviera prisa por escapar de su propia familia. Cada paso era una puñalada, pero la ocultó bajo la costumbre de sonreír como si nada.
Al entrar al vestidor, Tatiana se topó de frente con John, que la miró como si acabara de verla salir de una pelea callejera.
—¿Y tú qué te hiciste? —preguntó, incrédulo, frunciendo el ceño.
—¿Tan mal me veo? —Tatiana intentó sonreír, aunque hasta ella sentía que la sonrisa le temblaba en la cara.
—No, Tati —John se pasó la mano por la nuca, como hacía siempre que estaba incómodo—. Solo pareces… cansada. Mucho. Como si hubieras dormido en una lavadora.
Tatiana rió suavemente, llevándose una mano a la frente.
—No escuché mi alarma. Algo que nunca me pasa. Tuve que arreglarme en diez minutos… y no desayuné.
John la observó con esa mirada de hermano mayor que podía ser peor que un sermón. Luego soltó un suspiro, rendido.
—Voy a por un café y algo de desayuno. Mientras tanto, ve a… —se detuvo, pensando qué palabra usar para no sonar cruel.
Tatiana lo interrumpió, alzando una ceja.
—Lo sé, lo sé. Voy a arreglarme.
—Lo dijiste tú, no yo —contestó John con media sonrisa, pero sus ojos seguían serios. Sin perder tiempo, se giró y salió rumbo al ascensor.
Tatiana soltó el aire que había estado conteniendo y fue directo a su casillero. Tiró la bolsa en el banco con un golpe seco y dejó los patines al lado, antes de empezar a sacar sus cosas. Cuando sacó las medias, parpadeó incrédula.
Una era negra con abejas amarillas. La otra, verde fosforescente con aliens caricaturescos.
—Estupendo… —murmuró, mirando de reojo su reflejo en el pequeño espejo del casillero. Llevaba una falda deportiva negra con short integrado y un top rosa bebé sin mangas. El contraste con las medias ridículas era… brutal.
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Editado: 11.03.2026