Corazones Congelados

Capítulo 5

Un solo de oro

Tatiana

—¿Estás saliendo con Liam Rodríguez? —fue lo primero que escuchó Tatiana apenas cruzó la puerta de la casa.

La voz de Maya rebotó en las paredes como un disparo. Era una pregunta, pero sonaba más a una acusación. Tatiana se quedó a medio paso, con las llaves todavía en la mano, sintiendo cómo la calma que traía del paseo en el jeep se desmoronaba en cuestión de segundos.

Liam la había dejado frente a su casa después de que Apolo se encargará de llenar el camino de bromas, insistiendo en llamarla “la novia del capitán”. Y, claro, había elegido sentarse en el asiento del copiloto solo para fastidiar a Apolo… aunque en el fondo había disfrutado más de lo que quería admitir la tranquilidad de Liam al conducir.

Pero nada de eso pensaba explicárselo a su hermanastra chismosa, que agitaba el teléfono en su mano como si tuviera en él un arma secreta. La pantalla mostraba una historia de Liam cayéndose en pleno entrenamiento, y Tatiana no pudo contener la carcajada. La risa le sacudió los hombros, tan sincera y tan fuerte, que casi se le escapó una lágrima. Apolo había cortado su conversación después de la caída y lo había agradecido.

—¡No puede ser que te hayas caído así! —soltó entre risas, llevándose una mano al estómago.

—No era tan gracioso —gruñó Liam, levantándose.

—¿No era tan gracioso? —repitió Tatiana, mirándolo con burla—. Parecías un pingüino resbalando en hielo.

Él entrecerró los ojos, cruzando los brazos.

—Qué lindo verte disfrutar de mis desgracias, princesa.

—No lo disfruto… lo celebro —respondió ella con descaro, inclinándose un poco más hacia él, todavía sonriendo.

Liam chasqueó la lengua, pero la comisura de sus labios temblaba como si estuviera a punto de reírse también. En lugar de hacerlo, se inclinó lo suficiente como para que Tatiana sintiera la calidez de su voz cerca.

—Ten cuidado, Tiana. Podría vengarme.

—¿Ah, sí? —ella arqueó una ceja, desafiándolo, aunque el cosquilleo en su nuca la traicionaba—. ¿Y qué vas a hacer? ¿Caerte otra vez?

Él no respondió de inmediato. La sostuvo con la mirada, tan fija que por un instante el ruido a su alrededor pareció desvanecerse. Tatiana tragó saliva, incómoda con la intensidad que había aparecido de golpe en los ojos de Liam, como si su caída fuera lo último en lo que él estaba pensando.

Finalmente, él sonrió de lado, esa sonrisa que siempre la desarmaba.

—Ya lo verás.

Tatiana giró bruscamente hacia su hermanastra para disimular el calor en sus mejillas, fingiendo que seguía interesada en la pantalla. Pero lo cierto era que el maldito video había pasado a segundo plano.

—¡Estás saliendo con Liam! —repitió Maya, más fuerte, como si Tatiana estuviera sorda—. ¡El rubio, el capitán de hockey, el que todas en el instituto babean por él!

Tatiana soltó el aire con fastidio. Ni siquiera sabía si quería reírse, ponerse roja o lanzarle el bolso y los patines en la cara.

—Maya, ¿tú escuchas lo que dices? —resopló, colgando la chaqueta en el perchero—. ¿Desde cuándo me interesan los rubios musculosos con cara de comercial de champú?

—¡Desde que él te dejó en la puerta de la casa!

—Por favor —murmuró Tatiana, rodando los ojos—. Me dio un aventón. ¿O ahora resulta que si un chico me presta el auto también me estoy casando con él?

—¿Esto es algún truco barato para llamar la atención? —intervino Maya, cruzando los brazos con un aire teatral, la ceja arqueada como si estuviera dictando sentencia. Su voz sonó ácida, cargada de ese veneno que siempre reservaba para Tatiana—. ¿Para que papá, por fin, te mire un poco más?

Tatiana cerró los ojos un segundo, tragando la respuesta que de verdad quería soltarle. Inspiró hondo, como si eso pudiera apagar el fuego que Maya encendía en cada palabra.

—El mundo no gira alrededor tuyo, Maya —dijo por fin, con un tono firme que no coincidía del todo con la forma en que sus dedos se apretaban nerviosos contra las trenzas de sus patines—. Mi vida personal no es tu problema.

—Claro que lo es —replicó Maya, cruzándose de brazos con un gesto displicente, como si disfrutara de cada segundo—. Cuando empiezas a salir con el chico más codiciado del centro, automáticamente se convierte en problema de todos.

Tatiana parpadeó, incrédula.

—¿Y? ¿A mí qué me importa? —soltó con un deje de risa incrédula, como si Maya le estuviera hablando en otro idioma.

Maya no se inmutó; al contrario, se inclinó hacia adelante con esa sonrisa venenosa que usaba cuando creía tener la ventaja.

—Ahora serás el centro de atención de todos. ¿No lo entiendes? Liam Rodríguez nunca ha salido con nadie. Nunca. El hockey ha sido su única novia, y de repente… tú. Como por arte de magia.

El aire se espesó de golpe, cargado de electricidad. Tatiana lo sintió recorrerle la piel, como un cosquilleo ardiente que subía desde la base de su cuello. Podía ser rabia, podía ser adrenalina… o las dos cosas mezcladas. Sonrió. No una sonrisa amable, sino esa sonrisa ladeada que usaba cuando estaba lista para devolver el golpe.




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