Decepción en sus ojos verdes
Liam
Liam entró como un huracán, esquivando micrófonos y reporteros que le lanzaban preguntas como si fueran palomas. No escuchó nada. Todo se redujo a un único objetivo: encontrar a Tatiana. Subió las escaleras de dos en dos, con la medalla del partido todavía colgando del cuello y el corazón dándole martillazos en las sienes.
Al llegar al tercer piso, la vio.
Tatiana bajaba del podio rodeada de felicitaciones y cámaras. Los flashes la perseguían como mosquitos en verano, pero lo que a Liam le atrapó no fueron las luces, sino sus ojos hinchados y esas mejillas todavía encendidas. John la seguía de cerca, radiante, orgulloso, hablando demasiado alto y chocando palmas con cualquiera que se acercara.
Tatiana, en cambio, parecía hecha de otra materia. No era alegría lo que cargaba, sino una rabia contenida que se mezclaba con la decepción. Aun así, caminaba con el mentón erguido, con esa dignidad que solo ella podía sostener después de que la vida le metiera un golpe directo en el estómago. Rechazaba entrevistas con una sonrisa que no llegaba a los ojos, como si cada “no” fuera un portazo.
Liam apretó la mandíbula. No soportaba verla así. Tenía ganas de apartar a todos, de llevársela lejos del circo, de las cámaras y de las miradas curiosas. Pero ella… ella estaba en modo “Princesa del Hielo”, fingiendo que nada le dolía. Y él sabía que sí.
Liam se plantó frente a ella sin pensar. El uniforme le pegaba al cuerpo húmedo por el esfuerzo del partido; la medalla de plata de Tatiana colgaba de su cuello como una herida abierta en su vista. Por un instante todo lo demás se desvaneció: no estaban los flashes, no estaba el ruido, solo estaba ella.
—Tiana… —dijo, y la palabra le salió rota, menos explicativa de lo que quería.
Ella no le dio opción. Le clavó un dedo en el pecho con una fuerza que lo dejó sin aliento, a pesar de los protectores. La humillación en su voz era punzante.
—¡Eres un mentiroso! —estalló—. ¡No viniste! ¡No llegaste! ¡Me lo prometiste! Dijiste que ibas a equilibrarlo todo. ¡Esto no es un juego para mí, Liam! ¡Es mi vida! Y si no ibas a tomarlo en serio, me lo hubieras dicho.
El mundo de Liam se volteó. Intentó ordenar las piezas en su cabeza, pero las palabras de Tatiana explotaban una a una.
No era como decir “perdón” y listo. No cuando la habían puesto en la pantalla gigante, cuando las presentadoras se habían regodeado y la gente empezaba a cuchichear. No cuando ella había llorado en público. Todo eso, por un error suyo, por una cadena de malas decisiones —o por lo que él creyó sería una buena decisión— estaba allí, fresco y sangrante.
—Tiana, Maya me dijo que la competencia estaba cancelada… igual que tu padre —susurró Liam, buscando en sus ojos una rendija de comprensión, algo que le diera un respiro.
Lo único que encontró fue fuego.
—¡Maya me odia! ¡Mi padre me odia! —la voz de Tatiana retumbó, desgarrada, mientras las lágrimas volvían a desbordarse—. Harían cualquier cosa por verme caer, Liam. Cualquier cosa. ¿Y tú qué hiciste? Les creíste. Ni siquiera te molestaste en comprobarlo.
Liam sintió que el suelo se le movía bajo los pies, como si alguien le hubiera arrancado de golpe toda la estabilidad.
—Tiana, no era mi intención…
Ella soltó una risa rota, afilada, casi histérica, que le erizó la piel.
—¿Sabes lo que dijo la presentadora? —su voz vibraba entre la burla y la rabia—. Que no se puede confiar en los jugadores de hockey. ¿Y sabes qué? Todos ahí arriba —señaló las gradas con un gesto brusco— se estaban riendo de mí. De la maldita princesa del hielo. Y todo por tu culpa.
La frase fue un gancho directo al estómago. Liam lo sintió tan real como si se lo hubieran dado en el hielo, dejándole sin aire.
—¿Qué? No, Tiana… —su voz se quebró sin querer—. Sabes que puedes confiar en mí.
Ella negó con la cabeza, furiosa, los ojos ardiendo como fuego helado.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo se supone que lo sepa? El jugador de hockey en el que confié me dejó sola frente a todo el maldito mundo.
El silencio que siguió fue insoportable. Peor que cualquier abucheo, peor que cualquier derrota.
Tatiana apretó la medalla contra su pecho, temblando. Cuando la levantó frente a él, era como si le mostrara una herida abierta.
—Me quitaron puntos, Liam. —Su voz se quebró en un susurro que le desgarró el alma—. Iba a ganar. El primer lugar era mío. Y ahora… ahora solo tengo esto.
La plata brillaba bajo la luz como si fuera una burla.
—Tiana… —él dio un paso, queriendo tocarla, pero ella retrocedió un instante antes de que sus dedos rozaran su brazo.
—Maya va a regodearse —escupió, y el odio en su tono no era solo hacia Maya—. Va a restregármelo todos los días hasta que me quede claro que fracasé. Y tú… —hizo una pausa, tragando saliva, los ojos húmedos—. Tú lo hiciste posible. Felicidades, Liam.
Él cerró los puños, dolido, pero no con ella, sino con la certeza de que, aunque quisiera explicarlo todo, ninguna palabra iba a sanar lo que acababa de romperse entre los dos.
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Editado: 11.03.2026