Cena familiar parte 1
Tatiana
Tatiana nunca se había sentido tan insegura con su ropa. ¿Qué se suponía que debía ponerse para una cena familiar con la familia de su novio falso? Solo pensarlo le revolvía el estómago.
Novio falso.
Claro, eso sonaba bien en teoría. Una pequeña mentira para callar rumores, nada más… hasta que la madre de Liam decidió invitarla a cenar con toda la familia.
Todo esto era su culpa. Si hubiera puesto un alto a la idea desde el principio, ahora no estaría frente al espejo, cuestionando hasta el color del brillo labial.
Solo amigos.
Amigos con demasiada tensión.
Amigos que se miraban como si el aire entre ellos pesara más de lo normal.
Sí, solo amigos.
Quizás no quería ser solo su amiga.
Había tratado de convencerse de lo contrario, de mantener todo bajo control, pero cada vez que estaba cerca de Liam, ese muro se tambaleaba. Lo sentía en las miradas que duraban más de lo necesario, en la forma en que él la sujetaba al patinar, como si el mundo entero se desvaneciera y solo existieran ellos dos sobre el hielo. Y, sobre todo, en cómo el aire entre ambos se volvía espeso, eléctrico, cuando sus miradas se desviaban a los labios del otro.
Pero no sabía si él sentía lo mismo. Y Tatiana ya había aprendido —a la fuerza— que esperar podía doler más que caer.
Así que respiró hondo, empujó esos pensamientos al rincón más oscuro de su mente
Llevaba una falda lila estilo tenista que dejaba sus piernas tonificadas a la vista y unas Adidas Samba blancas. Intentó compensar la informalidad con unas medias... las únicas limpias que encontró: unas negras con pollitos amarillos que arruinaban por completo cualquier intento de formalidad.
Perfecto. Pollitos para conocer a la suegra. Genial.
Para la parte de arriba, eligió un top de tirantes del mismo color y una chaqueta de cuero negra que intentaba —sin mucho éxito— hacerla parecer más adulta y menos nerviosa. Buscó algo más discreto en el armario, pero su estilo era su estilo, y lo más “formal” que tenía eran los trajes de patinaje… con lentejuelas.
Suspiró, resignada.
Se maquilló ligero: un toque de rubor, rímel, gloss y un poco de brillo en el lagrimal para no parecer un cadáver. Su cabello, ya definido en rizos, era el siguiente dilema. ¿Suelto o recogido? Suelto parecía demasiado... casual. Recogido… demasiado formal.
Tomó una liga y se quedó mirándola un momento, dudando.
¿Por qué me importa tanto cómo me vea?
Porque iba a verlo. Porque Liam la miraba como nadie más lo hacía, y cada vez que lo hacía, su cerebro se apagaba y su corazón se comportaba como si no entendiera el concepto de “fingir”.
Solo una cena, Tiana. No es como si fueras a casarte con él.
Pero el pequeño nudo en su estómago no opinaba lo mismo.
Mientras buscaba su bolso, se sorprendió pensando —por primera vez— que tal vez prefería enfrentar una competencia internacional antes que la familia Rodriguez.
La puerta se abrió de golpe, haciendo que Tatiana casi se cayera del susto. Melonny apareció recargada en el marco, con una sonrisa tan traviesa que parecía haber descubierto un secreto.
—¿A dónde vas tan arreglada? —preguntó, alzando una ceja mientras sus ojos la recorrían de arriba abajo.
Tatiana tragó saliva, buscando la forma menos torpe de decirlo.
—Voy… a conocer a la familia de mi novio.
Melonny chilló tan fuerte que Tatiana casi se tapa los oídos. En dos segundos ya la tenía agarrada de las manos, saltando como si le hubieran anunciado que se iba a casar.
—¡¿Tienes novio y no me dijiste?! —gritó, dándole un golpecito entusiasmado en el hombro.
—¡Oye! —protestó Tatiana, frotándose el brazo con una mueca.
—Llevamos un mes aquí y ya enamoraste a alguien. ¡Qué bárbara, roba corazones! —Melonny se dejó caer sobre la cama, sonriendo como una adolescente viendo una comedia romántica—. Vamos, suéltalo todo. ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Dónde lo conociste? ¿Es guapo? No, no digas nada, seguro que sí.
Tatiana soltó un suspiro cansado. —Ni yo sé cómo pasó…
—¿Y qué importa? ¡Es un milagro! —Melonny se incorporó para examinarla con ojo crítico, girándola del hombro como si fuera una muñeca de escaparate—. Estás perfecta, Tati.
—No sé… el pelo, la falda, ¿y si me cambio? —dudó, mirando su reflejo con una mezcla de nervios y resignación.
—Para nada —respondió Melonny sin dejarla terminar. Tomó una pequeña pinza y se la colocó con cuidado a un lado del cabello—. Ahí está. Así. —Le sonrió con calidez—. No estés nerviosa, ¿sí?
Tatiana desvió la mirada, sintiendo ese pequeño nudo incómodo en el estómago.
—No lo estoy.
Melonny arqueó una ceja.
—Mentirosa.
Antes de que Tatiana pudiera responder, un nuevo sonido las interrumpió. La puerta se entreabrió y Maya apareció apoyada en el marco, con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de veneno.
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Editado: 11.03.2026