Corazones Congelados

Capítulo 14

Maya

Tatiana

Terminaron de entrenar cerca de las ocho. El centro deportivo estaba casi vacío. Solo quedaban ellos: John, Apolo, Malik, Nur, Tatiana y Liam. Habían repetido la coreografía en parejas al menos cinco veces, y luego hizo su solo. Cuando terminaron, Tatiana sentía las piernas arder y la respiración entrecortada. Pero lo peor no era el cansancio, sino esa sensación constante de inseguridad que la perseguía cada vez que se detenía.

Su rodilla palpitaba. Cada salto, cada aterrizaje le recordaba que todavía no estaba al cien por ciento. Aun así, no se permitió detenerse.

Sobre el banco seguían las margaritas. Amarillas, simples, radiantes. Cada vez que las veía, una sonrisa involuntaria le aparecía en los labios. No quería admitirlo, pero ese detalle de Liam había suavizado algo dentro de ella.

—¡Derecha, derecha! —gritó John desde la baranda cuando Tatiana aterrizó el último triple axel—. ¡Perfecto! Eso estuvo genial, Tati. Podemos terminar por hoy.

Ella giró sobre sí misma, jadeando, con una sonrisa diminuta. Pero en cuanto se detuvo, negó con la cabeza.

—No, espera… quiero hacerlo una vez más.

—Tati —John suspiró, cruzando los brazos—, necesitas descansar. Todo saldrá bien mañana, te lo prometo. —La miró con resignación—. Eres tan terca.

Luego se volvió hacia Liam.

—Te encargo que la saques del hielo. Si se queda, va a seguir hasta desmayarse. Y yo tengo que ver mi serie y cenar, que no vivo aquí.

Apolo soltó una carcajada. —¡Viejo gruñón!

—No empiecen, mocosos —gruñó John.

Tatiana respiró hondo y volvió al centro de la pista. La música estaba apagada, pero en su cabeza sonaba igual. Cada giro, cada paso, cada extensión. Liam se acercó deslizándose con calma, deteniéndose a unos metros.

—Princesa, lo sabes todo —dijo, con tono tranquilo—. Hasta Apolo se lo aprendió de tanto verte repetirlo.

—Necesito estar segura —contestó sin mirarlo, extendiendo los brazos y girando sobre un pie—. Solo una vez más.

—Entiendo tu ansiedad, yo también la tengo —dijo Liam, acercándose lentamente—, pero necesitas descansar. Sé que te duele la rodilla.

Tatiana se detuvo en seco, girando hacia él con una mirada afilada.

—No me duele.

—Puedes mentirle a Johnny, pero a mí no —replicó él—. Sé cuándo algo no está bien contigo. Es obvio que te duele.

Tatiana soltó una risa nerviosa. —Bueno, tal vez un poco… pero no es grave.

Liam ladeó la cabeza, sonriendo con esa expresión que le sacaba de quicio. —Lo sabía.

Ella arqueó una ceja. —¿Y qué vas a hacer, doctor Rodríguez? ¿Recetarme reposo?

—No. —La sonrisa de Liam se ensanchó mientras daba un paso más—. Voy a aplicar un tratamiento más eficaz.

Antes de que Tatiana pudiera reaccionar, Liam se inclinó y la cargó sobre su hombro como si fuera un saco de papas.

—¡Liam! ¡Bájame ahora mismo! —gritó ella entre risas, golpeándole la espalda con los puños.

—Negativo. Orden médica. —Él fingió seriedad, caminando con paso firme hacia la salida del hielo—. La paciente ha sido diagnosticada con exceso de terquedad aguda y necesita reposo inmediato.

—¡Eres un idiota! —protestó, aunque su tono ya no sonaba tan molesto como al principio.

—Lo sé, pero uno muy fuerte —respondió, apretando un poco más el agarre para evitar que se escapara.

—¡Eso, Liam! ¡Domina a la fiera! —gritó Nur.

—¡Ni lo sueñes! —replicó Tatiana desde su posición invertida, pataleando en el aire.

Liam apenas giró la cabeza. —¿Ves? Está en negación total. Es parte de los síntomas.

—¡Te voy a matar cuando toque el suelo! —amenazó Tatiana, riendo a pesar de sí misma.

Liam se detuvo justo antes de salir del hielo y bajó la voz, de modo que solo ella lo escuchara.

—Entonces tendré que aprovechar el tiempo antes de morir.

Tatiana dejó de forcejear por un segundo. Su corazón dio un salto, y cuando Liam la bajó con cuidado, sus miradas se encontraron. Había algo en esos ojos que no tenía nada que ver con bromas.

—Eres insoportable —murmuró, aunque sonaba más como un susurro que como un reproche.

Liam sonrió, todavía cerca. —Y aun así sigues aquí.

Tatiana levantó la mirada y lo fulminó con una mezcla de irritación y ternura que ni ella misma entendía.

—Sí, y no sé si eso me hace valiente… o estúpida.

—Probablemente ambas —respondió él, divertido, mientras ella lo empujaba suavemente con el hombro.

Liam la dejó justo en la entrada del centro, donde el aire frío chocó con el calor que aún llevaba en la piel. Tatiana se inclinó para colocar los protectores en las cuchillas de sus patines.

—Ahora yo también estoy cansado —dijo, con los brazos cruzados—. Así que nos vamos a mi casa. Nos duchamos, cenamos y vemos una película.




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