Frase: “Un beso, un instante, su dolor es flagrante, el mundo se le rompe, su ilusión se interrumpe.”
Pool no pudo resistir la curiosidad —o la masoquista necesidad de confirmar sus sospechas— y regresó a la esquina del olvido al día siguiente, después de clases. El sol se ponía, tiñiendo el cielo de púrpuras y rojos, y el aire se enfriaba con la brisa vespertina. Se acercó sigilosamente, ocultándose detrás del muro cubierto de enredaderas, y allí estaban: Roy y Alexis, en un abrazo que se transformó en algo más. Sus labios se unieron en un beso apasionado, lento y profundo, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento. Roy, con las manos en la nuca de Alexis, parecía perdido en la intimidad, sus ojos cerrados en éxtasis; Alexis respondía con igual fervor, sus dedos entrelazados en el cabello de Roy.
Pool sintió que el suelo se abría bajo sus pies, un abismo de traición y confusión que lo engulló. El beso duró eternidades —o segundos, el tiempo se distorsionaba—, y cada detalle se grabó en su retina: el suspiro ahogado de Roy, la forma en que Alexis lo atraía más cerca. Lágrimas calientes rodaron por las mejillas de Pool mientras procesaba la escena, su cuerpo temblando contra el muro frío. No era solo un beso; era la revelación de un secreto que rompía el mundo que había construido alrededor de su amistad con Roy. Retrocedió en silencio, el corazón martilleando como un tambor de guerra, y corrió sin rumbo, el beso cambiando todo: sus ilusiones, su confianza, su percepción de sí mismo. Esa noche, solo en su habitación, el eco de ese momento lo atormentó, el punto de inflexión que lo lanzaría a un torbellino emocional.