Frase: “La canción que le hiere, en su alma refiere, el lamento de un amor, lleno de gran dolor.”
La canción "Corazón partío" de Alejandro Sanz se convirtió en el ancla de su dolor, un refugio y una tortura que Pool reproducía una y otra vez en sus auriculares mientras caminaba solo por las calles al atardecer, el sol hundiendo sus últimos rayos en el horizonte como si el mundo mismo se lamentara con él. Las letras resonaban como un espejo de su alma fracturada: "Quién me va a entregar sus emociones, quién me va a pedir que nunca me vaya...". Cada estrofa era un puñetazo al pecho, evocando la imagen del beso que había presenciado, el roce de labios que había destruido su ilusión de una conexión especial con Roy. Pool lloraba en silencio bajo la lluvia fina que empezaba a caer, las gotas mezclándose con sus lágrimas, mientras la melodía amplificaba su traición sentida, convirtiendo el dolor en una sinfonía personal de pérdida y confusión.
No era solo una canción; era un diario sonoro, cada verso un capítulo de su tormento interno. En su habitación esa noche, con las cortinas cerradas para bloquear el mundo exterior, Pool se tumbó en la cama y dejó que la música llenara el vacío. Recordaba cómo, semanas atrás, había compartido playlists con Roy durante sus tardes en el banco del patio, riendo mientras debatían si Sanz era un genio del romance o un exagerado sentimental. "Es como si leyera mi mente", había dicho Roy una vez, y Pool había asentido, sintiendo que esas palabras eran un puente hacia algo más profundo. Ahora, esas mismas letras se burlaban de él, recordándole la intimidad que había imaginado y que ahora parecía un engaño cruel. "¿Por qué no vi las señales?", se preguntaba, pausando la canción solo para reiniciarla, como si repetirla pudiera exorcizar el dolor.
Al día siguiente, en el colegio, la canción seguía atormentándolo. Durante la clase de historia, con el profesor dronando sobre revoluciones pasadas, Pool tarareó distraídamente la melodía bajo su aliento, sus dedos tamborileando el ritmo en el pupitre. Roy, sentado dos filas adelante, se giró de repente, captando el sonido. "¿Esa canción otra vez? Te tiene enganchado, ¿eh?", dijo con una sonrisa juguetona, ajeno al torbellino que desataba en Pool. Este forzó una risa, un sonido hueco que sonó falso incluso para sus propios oídos, y murmuró: "Sí, es adictiva. Habla de cosas... reales". Roy asintió, volviéndose hacia adelante, pero el intercambio dejó a Pool con el corazón acelerado, preguntándose si Roy notaba el cambio en su voz, el matiz de amargura que se filtraba a pesar de sus esfuerzos.
La búsqueda de respuestas se entretejía con la música: Pool analizaba las letras como si fueran pistas, comparándolas con los momentos compartidos con Roy. ¿Era el "corazón partío" una premonición de su propia realidad? En una tarde solitaria en el río —el mismo lugar donde habían jugado y reído—, Pool se sentó en la orilla, dejando que el agua lapeara sus pies mientras la canción sonaba en su teléfono. Lágrimas frescas cayeron al río, y por primera vez, se permitió gritar en voz baja: "¿Por qué duele tanto esto?". La canción no respondía, pero su repetición constante se convirtió en un ritual, un bálsamo y una herida al mismo tiempo, guiando su búsqueda emocional en la oscuridad. Pool sabía que no podía seguir así para siempre; la melodía lo impulsaba hacia una confrontación inevitable, pero por ahora, era su compañera en el exilio de su propio corazón.