Frase: “La farsa se despliega, mientras el alma se niega, una mascara en la faz, buscando fingida paz.”
Pool actuaba como si nada hubiera cambiado, una maestría en el engaño que lo sorprendía a sí mismo y lo agotaba hasta la extenuación cada noche. Sus sonrisas en los pasillos eran ahora máscaras perfectamente pulidas, réplicas exactas de las que usaba antes del beso, pero que no lograban alcanzar la profundidad de sus ojos, que seguían albergando la sombra del secreto. Participaba en las bromas grupales con Roy y Alexis, sus risas sonaban convincentes para los demás, pero para él, eran una orquesta desafinada de falsedad. Cada "jaja" era un esfuerzo consciente, cada asentimiento, una punzada. Fingía interés en las anécdotas compartidas sobre el partido del fin de semana o los planes para el festival de la ciudad, mientras su mente gritaba la verdad silenciada del beso, una verdad que lo corroía desde dentro.
La normalidad era un disfraz frágil, construido sobre pilares de rutinas diarias: levantarse, ir al colegio, sentarse en su pupitre, responder a las preguntas de los profesores, almorzar en el patio, despedirse al final del día. Pero cada interacción era ahora una performance, un guion que Pool se obligaba a seguir con la precisión de un actor experimentado. Sentado en el recreo con Roy y Alexis, sus cuerpos tan cerca como siempre, Pool se sentía a kilómetros de distancia. La cercanía física era una cruel ironía, un recordatorio constante de la barrera emocional que lo separaba de sus amigos. Podía sentir el calor del brazo de Roy junto al suyo, escuchar sus voces vibrar con la familiaridad de años de amistad, y aún así, la distancia era abismal, insalvable. Se preguntaba si su actuación era tan buena que nadie podía ver a través de ella, o si los demás simplemente elegían no ver.
En las noches, cuando el silencio de su habitación era el único testigo, la farsa se desmoronaba. El alivio de poder quitarse la máscara era inmenso, pero también llegaba con el peso de la soledad. Su diario, ese cuaderno desgastado escondido bajo el colchón, se había convertido en su único confidente, un narrador invisible que tejía la trama de su vida oculta. En sus páginas, Pool escribía sobre la constante tensión en sus músculos faciales por mantener la sonrisa, sobre el cansancio mental de estar siempre alerta, de calcular cada palabra, cada reacción. La farsa se extendía a casa, donde sus padres, acostumbrados a su naturaleza reservada, notaban su distracción pero la atribuían a las presiones del bachillerato, a la adolescencia, a cualquier cosa menos a la verdad que se escondía en su corazón.
Pool se preguntaba cuánto tiempo podría mantener este delicado equilibrio. El peso de la actuación era un fardo cada vez más pesado, erosionando su alma, su alegría, su verdadera esencia. El aire que respiraba parecía pesado, viciado por el aire de mentira que lo rodeaba. La farsa de la normalidad no era solo una fachada; era una prisión que lo aislaba, que le impedía ser él mismo. Cada día que pasaba, Pool sentía que se ahogaba un poco más bajo el disfraz, preguntándose qué pasaría si alguna vez, por un instante, dejara caer la máscara y permitiera que el mundo viera la verdad de sus corazones en silencio. La pregunta lo aterraba, pero al mismo tiempo, una pequeña voz en su interior anhelaba esa liberación, ese estallido que, quizás, destruiría la farsa para siempre.