Corazones en Silencio

Capítulo 30: El Baile de las Máscaras

Frase: “Un baile de engaño, causando triste daño, entre luces y sonidos, su corazón esta herido.”

La fiesta escolar anual era un evento que todos esperaban con una mezcla de excitación y nerviosismo, un torbellino de luces parpadeantes, música pulsante y risas que resonaban en el gimnasio decorado con guirnaldas de colores vibrantes y globos flotantes. Para la mayoría de los estudiantes, era una noche de libertad, un escape de las rutinas diarias donde las máscaras —literalmente, ya que el tema era "Noche de Máscaras"— permitían una anonimato juguetón y coqueteo inocente. Pero para Pool, esa noche se convertía en un baile de máscaras en el sentido más profundo y doloroso: una metáfora perfecta de su vida actual, donde todos, incluido él mismo, ocultaban sus verdaderos rostros bajo capas de falsedad y secretos no dichos.

Pool llegó temprano, su máscara de plumas negras y plateadas cubriendo la mitad superior de su rostro, un disfraz que elegía por su capacidad de ocultar no solo sus ojos, sino también la tormenta emocional que bullía en ellos. El gimnasio estaba transformado: luces estroboscópicas cortaban la penumbra, la música de un DJ local retumbaba con ritmos electrónicos y baladas románticas que invitaban a la pista de baile, y el aire estaba cargado con el aroma de perfume barato, sudor juvenil y ponche dulce. Pool se mantuvo en la periferia, apoyado contra una pared fría, observando el caos con una distancia calculada. Su corazón latía al ritmo de la música, pero no por excitación; era el pulso acelerado del miedo y la anticipación, sabiendo que Roy y Alexis aparecerían en cualquier momento.

Cuando entraron, el mundo de Pool se inclinó. Roy, con una máscara de cuero negro que acentuaba sus ojos verdes y un traje casual que lo hacía parecer aún más atractivo, caminaba con esa confianza natural que siempre lo había definido. Alexis, a su lado, lucía una máscara dorada que contrastaba con su cabello oscuro, su mano rozando sutilmente la espalda de Roy en un gesto que, para cualquier observador casual, parecía amistoso, pero que Pool reconocía como algo mucho más íntimo. Se movían juntos hacia la pista de baile, sus cuerpos sincronizados en una armonía que excluía al resto del mundo. Pool sintió un nudo en el estómago, una oleada de celos y tristeza que lo obligó a apretar los puños bajo las mangas de su camisa. Bailaron con gracia, sus movimientos fluidos y cercanos, risas compartidas que flotaban por encima de la música, un baile prohibido que nadie más parecía notar, pero que para Pool era una puñalada constante.

Se unió brevemente al grupo de amigos en la periferia de la pista, su máscara ocultando las lágrimas que amenazaban con formarse. Intentó bailar, moviéndose al ritmo de una canción upbeat que contrastaba con su estado de ánimo, pero cada giro lo traía de vuelta a la vista de Roy y Alexis, ahora en un rincón más apartado, sus máscaras bajadas lo suficiente para que sus frentes se tocaran en un momento de intimidad robada. El salón bullía de juventud —parejas besándose en las sombras, grupos riendo a carcajadas, el DJ animando a la multitud—, pero para Pool, era un baile de máscaras donde fingía diversión mientras su mundo se desmoronaba. El drama culminaba en ese aislamiento autoimpuesto, donde la máscara no solo ocultaba su rostro, sino su alma entera.

Finalmente, el peso se volvió insoportable. Pool se escabulló hacia el balcón exterior, el aire frío de la noche cortándole la cara como un recordatorio de la realidad cruda. Se quitó la máscara, dejando que el viento le azotara el cabello, y miró hacia la ciudad iluminada, las luces parpadeantes como estrellas falsas. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas, mezclándose con el rocío de la noche. Desde allí, podía oír la música filtrándose, risas lejanas, pero se sentía más solo que nunca. El baile de las máscaras continuaba dentro, un espectáculo de identidades ocultas, pero para Pool, la verdadera máscara era la que llevaba todos los días: la de un amigo que fingía normalidad mientras su corazón se rompía en pedazos. Se preguntó cuánto más podría soportar, si esa noche sería el catalizador para romper el silencio, o si el baile continuaría, llevándolo cada vez más profundo en su propia oscuridad.




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