Cronicas de Grimmelvad

Prologo

El olor a sangre en el ambiente y la tensión hacían que su preocupación creciera a pasos alarmantes. Se levantó a duras penas del piso manteniendo su espada alzada, sus manos temblaban, pero mantuvo el arma firme conforme avanzaba.

No podía negar que ver los cuerpos de los seres caídos le daba miedo, y más que era el mismo número de aliados que de enemigos, pero tenía que enfocarse en buscar al rey, no había mucho tiempo, podía sentir que el sol se alzaría en cualquier momento.

—¡Hektor!—la voz suave de su compañera le hizo girarse hacia el espeso bosque.

De entre los árboles salió una frágil y esbelta criatura, la poeta, guiando a un grupo de Grimmelvads que venían cargando acuestas al rey. No dudo más y se dirigió a paso veloz hacia ellos ignorando por completo el dolor que sentía en la pierna derecha.

—¿Qué pasó?—exclamo desesperado viendo la profunda herida que tenía el rey en sus costillas.

—no hay tiempo—murmuro quitándose la corona, haciendo más notoria la gravedad de su herida—Arkanis, te doy la responsabilidad de cuidarla hasta que pase a buenas manos—dijo con voz entre cortada mientras pasaba la corona a la nombrada.

—lo haré con gran honor, su majestad—respondió haciendo una reverencia con un semblante triste.

—Orman, mi fiel consejero—exclamó tratando de ponerse de pie a duras penas—te harás cargo del liderazgo hasta que un nuevo monarca se revele—dijo poniendo una de sus manos, ensangrentadas, en la cabeza del nombrado—¿Aceptas el puesto?.

—Si, señor—musito mientras reprimía las lágrimas poniendo el puño de la mano en su corazón y hacia una improvisada reverencia.

Se escuchó un estruendo a la lejanía del bosque, cuando el rey retiro su mano de la cabeza contraria, y unos pasos que parecían murmullos entre los árboles. Gruñidos de desconfianza salieron de los labios de cada criatura del bando del rey, hasta de la compañera del guerrero.

—váyanse—musito el rey tratando de mantener su postura recta—fue un honor ser considerado como su rey—dijo en un tono de melancolía muy marcado.

Todos compartieron aquel sentimiento. Hicieron caso a la última orden del rey con el respeto que se merecía, cada criatura se fue, dejando a los tres solos, aceptando su destino final. El guerrero lo sabía, lo intuía por la cara de la contraria.

—fue un honor pelear a su lado, su majestad—exclamo el guerrero poniéndose en posición de combate al lado derecho del nombrado.

—para mí también fue un honor tocarle melodías, mi rey—musito la poeta de esbelta figura mientras mantenía en alto su lira, preparada para dar su última melodía.

Una luz blanca se fue acercando a una velocidad rápida hacia ellos, quienes se tensaron listos para el ataque. Lo último que escucharon fue una risa burlona antes de caer a los brazos de la muerte, pero no pudieron escuchar el grito de frustración que vino a continuación.

—maldita sea, se la llevaron—renegó entre dientes viendo los nuevos cadáveres que había en el piso—siempre tan astuto, ¿No, querido?—pronuncio con un tono de voz fingidamente melosa y una sonrisa cruel curvando sus labios, mientras ejercía presión con su pie en el pecho del rey caído—vayan por ellos, no deben estar lejos—ordeno con voz fría sin apartar la vista del cadáver.

Se oyó un: “si, señora”, por parte de sus acompañantes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.