Crown, Love And A Cup Of Coffee

17. "Negocios, lealtades y un país elegido"

Antonio miró a los cuatro hermanos, cuatro hombres bastante diferentes pero, a la vez, iguales. Podía jurar que, por lo menos entre Nikolai, Miguel y Jonathan, había una riña de fondo. Tal vez Jonathan tenía razón acerca del joven Nikolai: ¿elegía entre sus hermanos o simplemente tenía favoritismo?

Alexander siempre había sido el más sincero de los siete hermanos para Antonio. Y cuando Nikolai necesitó defensa en la problemática discutida entre ellos, Alexander —que apenas le llevaba dos años a su hermano menor— no dio la opinión suficiente para salvarlo de las garras de Miguel y Jonathan. Tal vez debían tenerle un poco más de paciencia a Nikolai por ser tan joven y tener tantas responsabilidades. Pero Antonio los entendía. No era envidia lo que había en ellos. Tal vez simplemente veían que Nikolai era un poco alejado y desinteresado del mundo que lo rodeaba. Capaz no era su culpa; tal vez era así por todo su trabajo y oficios empresariales. Pero debía tener soluciones. Estaba pensando que deberían hacer un tipo de vacaciones familiares. No dudaría comentarlo con el rey.

Nikolai se sentó en la silla frente a la chica. Estaban en una de las tantas bibliotecas de lectura personal, después de haber tenido un enfrentamiento bastante largo, que hasta su tío tuvo que intervenir y reunirlos para calmar la avalancha. Ese lugar era el más propicio para calmarse. Entendía que cada miembro de la familia tenía una, o por lo menos los que disfrutaban leer. Una mesa estaba en medio de ambos con un pequeño florero blanco con flores amarillas. Francesca echó a un lado el pequeño florero y puso un folder de color rojo sobre la mesa. Lo había sacado de la cartera que traía encima.

—Aquí están los papeles de las fábricas. Firma aquí para que sean tuyas.

—¿En serio me las darás a ese precio?

—¿Te parece caro?

—De hecho, barato.

—¿Un millón de dólares por cada una te parece barato?

—Contando lo que le voy a sacar, pues digamos que sí.

—¿Me estás considerando? —la chica sonrió de lado y le acarició el rostro.

—Eres mi novia. No quiero aprovecharme de tu nobleza.

—Bien, me las compras a ese precio y luego me haces socia. Y ya está: ganamos los dos.

—Eres muy inteligente, nena —Nikolai la atrajo hacia él y besó su boca, mordiendo el labio inferior. Francesca soltó un gruñido y luego una sonrisa.

Nikolai firmó el papel y luego mandó a su abogado a hacer el contrato para la chica. Le había dicho que se tardaría un día en hacerlo. La abrazó y empezó a besarla por el cuello hasta bajar a sus senos, cubiertos por la camisa rosa que llevaba puesta. Su celular sonó, haciéndolo separarse del beso intenso.

—Robin.

—El señor Nelson te espera aquí, Nikolai. Llegó hace un minuto.

—Oh, claro. Se me había pasado. Voy en camino —lo último lo dijo mirando a la chica, la cual rodó los ojos al escuchar aquello—. Creo que dejaremos algo pendiente, ¿no?

—¿No puedes esperar?

—No. Le pedí cordialmente que se reuniera conmigo, y es muy importante para mí. Se trata de mis futuras fábricas en República Dominicana.

—Bien, nos vemos mañana entonces.

—Claro, pero no aquí. Las paredes pueden ver todo —Nikolai sonrió, dándole un beso en la boca.

—¿Vas a mi casa?

—Claro. Nunca he ido, así que sí —dijo recogiendo los papeles—. A las siete, mañana —dijo, empezando a caminar para salir de la sala.

—De acuerdo.

Nikolai llegó a la sala del centro encontrándose con sus hermanos reunidos. Esta vez estaban los cuatro que faltaban: Joshua, Patrick, Marbella y Alisa. Francesca se despidió de cada uno y salió por la puerta.

—¿Puedes quedarte un momento, Nikolai? —preguntó Marbella, mirándolo.

—Lo siento, tengo una reunión muy importante —miró a cada uno de sus hermanos y luego la hora—. Es genial que todos estén reunidos. Pocas veces pasa.

—Solo faltas tú —comentó Alexander, sentado. El celular de Nikolai volvió a sonar y este lo tomó.

—Robin, dile que ya voy en camino —dijo. Hizo señales de adiós con las manos a sus hermanos y salió de prisa por la puerta, entrando a su carro sin ver siquiera quién le había entregado las llaves.

—De verdad, Alteza real —escuchó la voz de Robin.

—Es verdad, ya empecé a conducir.

—Entonces lo dejo para que llegue bien —Robin colgó el celular, mirando al señor Nelson.

—Ya viene.

—Te dije que no lo llamaras. Es un joven muy ocupado.

—Lo sé, pero aparte de ocupado, olvidadizo —comentó Robin, haciendo que Nelson soltara una carcajada.

—Lo considero. Es tan joven y tiene tantas responsabilidades.

—Pero tiene buena cabeza.

—Eso no lo tengo en duda. ¿Sabes qué tendrá pensado?

—Ya verá. Creo que tiene algo en mente para su país.

—¿En República Dominicana? ¿En serio?

—Claro. Eligió a su país.

Pasaron varios minutos después, y Robin volvió a hablar:

—Bueno, que le explique él —Nikolai entró a la oficina como si hubiera venido corriendo.

—Lo siento mucho, señor Nelson. Estaba en otra reunión —le echó un vistazo a Robin, y este se echó a reír.

—No pasa nada, Alteza real —respondió Nelson.

—¿Por qué me miras? —preguntó Robin riéndose.

—No lo sé. ¿Tal vez estabas hablando de mí? Échate a un lado.

—Deberías estar agradecido. Te entretuvo al hombre por largo rato. Además, me estoy riendo por lo sofocado que llegaste.

—¿Qué? Señor Nelson, ¿cuánto tiempo tiene usted aquí? Lo lamento demasiado.

—No les hagas caso. Apenas llegué —Nikolai miró a Robin, y este sonrió desde el mueble frente a ellos.

—Tú y yo hablamos más tarde, hermanito —le guiñó un ojo—. Bien, señor Nelson, no sé si en esas dos horas que no estuve con usted le ha contado algo. Estoy seguro de que no, pero claro, cabe la oración, ¿no?

—Me comentó algo sobre que tiene que ver con mi país.

—Oh, vaya que sí. Tengo pensado hacer cinco fábricas en aquel lugar.

—Es algo interesante, Alteza. Me gusta la idea.




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