Crown, Love And A Cup Of Coffee.

66. Un secreto de hermanos.

Nikolais y Ángela llegaron solos al palacio de Glücksburg. Los tres adolescentes no quisieron acompañarlos, pues aquel palacio les parecía demasiado aburrido. La señora Mercedes también se había quedado en el palacio de Holstein, aunque en su caso fue porque el tío de Nikolais y su esposa habían quedado encantados con su sazón y prácticamente no querían dejarla marchar.

Ellos llegaron a la hora de la cena, momento en el que el rey también deseaba conversar con la futura princesa. Ángela entregó al personal de la entrada la chaqueta que la protegía del frío. Nikolais hizo lo mismo y ambos caminaron hasta el comedor, donde toda la familia ya los esperaba.

—Mira, ella es Alana. No estaba el día que llegaste porque acababa de dar a luz —le presentó Nikolais a su hermana.

Alana le extendió la mano con una sonrisa cálida.

—Es un placer conocerte.

Para sorpresa de todos, lo dijo en un español casi perfecto.

—El gusto es mío —respondió Ángela devolviéndole la sonrisa.

Se sentó a su lado y enseguida su atención fue capturada por los dos pequeños bebés que descansaban en una cuna.

—¿De quiénes son?

—Son míos. Solo quería agrandar la familia —respondió Alana entre risas.

Ángela soltó una carcajada.

—Espero que tengas la suerte de que los tuyos sean gemelos la primera vez.

—¡Ay, no! Por favor —exclamó Ángela llevándose una mano al pecho.

—Alana, no sabía que hablabas español —comentó Nikolais.

—Alisa y yo lo aprendimos juntas. ¿Ella nunca te lo dijo?

—No.

—No hablamos de ti cuando estamos solas, querido —respondió Alisa.

Nikolais levantó las manos en señal de rendición.

—Perfecto. Ya veo que no soy importante para ustedes —dijo en danés para que toda la familia pudiera entenderlo.

—Ya somos dos —comentó Jonathan.

Ángela volvió a observarlo con curiosidad. Cada vez que se trataba de Nikolais, Jonathan reaccionaba de forma distante y defensiva. Ya lo había notado varias veces. Incluso durante la pedida de mano apenas había mostrado entusiasmo, igual que Miguel, el hombre de ojos grises que casi siempre permanecía a su lado.

Ángela se inclinó discretamente hacia su prometido.

—Deberías hablar con él —susurró—. Yo puedo ir a pasear con tus padres mientras ustedes conversan.

Nikolais dejó escapar un suspiro.

—Cariño, ya lo he intentado antes. La última vez pensé que todo había quedado bien, pero cada vez que vuelvo a este palacio siento que nuestra relación empeora.

—¿Pero cuál relación? No parecen hermanos. No tienes la misma confianza que tienes con Alisa o con Joshua, a quien apenas conocí hace poco. Habla con él. Arreglen las cosas... no lo sé. Tal vez debas disculparte si alguna vez lo heriste. Con los dos, de hecho.

—Miguel y yo no tenemos ningún problema. A Miguel solo le causa gracia la rivalidad entre Jonathan y yo.

—¿Ahora susurran? —preguntó Miguel con una sonrisa burlona.

Nikolais sonrió con resignación.

—Lo siento.

Miró primero a Ángela y luego a sus hermanos.

—Al terminar la cena quisiera dar un paseo con ustedes dos.

Ambos levantaron la vista, sorprendidos.

—¿Y eso por qué? —preguntó Jonathan.

—Necesito hablar con ustedes. Hace mucho que no lo hacemos y me parece terrible, porque somos hermanos de sangre. Quiero arreglar cualquier cosa que nos esté impidiendo ser sinceros el uno con el otro.

—¿Nikolais, acaso te estás despidiendo? ¿No te vas a casar aquí? —preguntó Alisa cruzándose de brazos.

—Nuestros padres hablarán con Ángela sobre las normas de un matrimonio real, pero no es por eso. Solo quiero tener una buena relación con ellos. Ángela me hizo reflexionar...

—Es porque Ángela te lo dijo —lo interrumpió Jonathan.

Nikolais negó lentamente.

—No. Es mi deber arreglar las cosas con mis hermanos, sobre todo contigo. Sé que todavía hay algo que no nos permite tener una relación sana.

Jonathan se removió incómodo en su asiento antes de levantarse.

—Ya no tengo hambre.

Salió del comedor sin mirar atrás.

—Quiero hablar contigo, Jonathan.

—Por favor, arreglen las cosas entre ustedes. Son mis hijos y me duele verlos así —manifestó el rey con evidente preocupación.

Ángela observó a Nikolais con ternura. Sabía cuánto deseaba sanar aquella relación.

Miguel también se puso de pie.

—Vamos. Es cierto, hay que hablar. No vale la pena seguir preocupando a nuestro padre... además, no es la impresión que queríamos darle a esta hermosa mujer.

Nikolais no respondió, pero salió detrás de él.

—Cariño, nos vemos más tarde en mi habitación. Alisa, llévala cuando termine de hablar con mis padres.

Ángela asintió mientras veía alejarse a Nikolais.

—Siempre quieres hacer un drama con todo —fue lo primero que dijo Jonathan cuando estuvieron solos.

Miguel soltó una risa.

—Esto me causa gracia.

—Lo sé, Miguel. Eres un idiota.

Nikolais negó sonriendo.

—Solo quiero arreglar las cosas con ustedes. Eso es todo. Vamos al salón.

Los condujo hasta el salón de embajadores del palacio. Una vez allí, los tres tomaron asiento alrededor de una mesa.

Miguel fue el primero en romper el silencio.

—Bien... Nikolais, es como si Dios mismo te hubiera avisado. Sí, hemos hablado de ti... y de tu novia.

Nikolais simplemente escuchó.

—Yo no tengo nada contra ti. Tú y yo nos parecemos más de lo que imaginas. Ambos damos la impresión de ser hombres fríos que no se preocupan por nadie, cuando en realidad ocurre todo lo contrario. Solo que demostramos nuestro cariño de otra manera.

Hizo un gesto hacia Jonathan.

—Siempre le digo que, si hay algo que le molesta de ti, lo arregle. Créeme, jamás lo he incentivado a odiarte. Todo lo contrario. Puedes preguntárselo.

—Lo sé, Miguel.

Nikolais sonrió con sinceridad.

—Y sí... es lógico. Uno no puede preocuparse constantemente por alguien que sabe que está bien. Pero ahora que estamos aquí... ¿cómo te ha ido?




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