Después de aquella entrevista tan fastidiosa, finalmente llegaron al juzgado.
Casi todos los involucrados en el caso estaban presentes en la sala. La mayoría conocía a ambas mujeres y jamás imaginó que entre ellas pudiera ocurrir algo semejante. Durante mucho tiempo su amistad había parecido sólida, sincera e inquebrantable. Nadie comprendía cómo, de un momento a otro, todo se había derrumbado hasta romperse por completo. Los malos sentimientos que habían comenzado a crecer entre ellas nunca fueron sanados, y ahora las consecuencias estaban frente a todos.
La familia de Adalia, algunos empleados del restaurante, el señor Nelson y su esposa, Kevin junto a su esposa, varios criados de Nikolais y algunos periodistas —esta vez sin cámaras, ya que no estaban permitidas dentro de la sala— ocupaban sus asientos con la incertidumbre de conocer el desenlace de aquel proceso, luego de que Adalia se hubiera declarado culpable.
Cuando Ángela entró al salón, todas las miradas se posaron sobre ella.
Se sentó en la primera fila junto a su abogado, el profesional privado que Nikolais había contratado desde el inicio del caso.
Una vez iniciado el juicio, Adalia fue llamada al estrado para confirmar, por décima vez, su declaración de culpabilidad frente al juez, el jurado, los testigos... y Ángela.
—Juro decir la verdad y nada más que la verdad —repitió mientras apoyaba una mano sobre la Biblia.
Levantó la vista y encontró los ojos de Ángela.
Aquella mirada era completamente distinta a la que recordaba.
Ángela solo alcanzaba a verla como la mujer que un día le consiguió su primer empleo en un restaurante; la amiga en quien había confiado durante tanto tiempo. Le resultaba imposible comprender cómo habían terminado enfrentadas en un tribunal.
El juez tomó la palabra.
—Con todas las pruebas presentadas y los testimonios recopilados, señora Adalia Montés... ¿cómo se declara?
La joven permaneció unos segundos en silencio.
Sabía que, si insistía en declararse inocente, el proceso podría extenderse durante meses. Miró nuevamente a Ángela.
La cicatriz en su cabeza, el cansancio reflejado en su rostro y todo el daño que había provocado terminaron por derrumbar la poca resistencia que le quedaba.
Además, declararse inocente a esas alturas solo demostraría ante el jurado que no existía arrepentimiento alguno.
Respiró profundamente.
—Culpable.
Un murmullo recorrió la sala.
Su familia bajó la cabeza con tristeza. Ellos seguían creyendo que Luis la había obligado a participar y esperaban que el juez tomara en cuenta aquellas circunstancias.
El juez volvió a hablar.
—Antes de que el jurado emita un veredicto definitivo respecto a la señora Adalia Montés, escucharemos al único testigo de la señora Ángela Rodríguez, quien no se encuentra en condiciones de declarar debido al trauma sufrido en la cabeza.
Diego se levantó lentamente.
Sus manos temblaban.
Caminó hasta el estrado y tomó asiento.
—Juro decir la verdad y nada más que la verdad.
—Puedes comenzar desde el momento en que fuiste secuestrado por Luis Tapia y la señora Adalia Montés —indicó el abogado de Ángela.
Diego respiró profundamente para reunir valor.
—Recuerdo que era trece... El señor Luis llegó solo a mi casa. Entró con un arma apuntándole a mi mamá. Ella gritó y yo salí de mi habitación pensando que algo malo había pasado.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Cuando me vio... me agarró del brazo. Le entregó un papel a mi mamá y me sacó a la fuerza.
—¿Qué decía mientras hacía eso? —preguntó el abogado.
—Preguntaba por mí. Yo traté de no subir al carro, pero me dio una bofetada tan fuerte que me partió el labio.
Diego tragó saliva antes de continuar.
—Cuando llegamos a la casa donde tenían a Ángela, Adalia preguntó sorprendida: "¿Qué hace él aquí?". Creo que ella no sabía que Luis también me había secuestrado.
La sala permanecía completamente en silencio.
—Ángela estaba dormida cuando llegué. Luis me lanzó sobre ella y entonces despertó. Lo primero que hizo fue discutir con él para que me dejara libre.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro del muchacho.
—Escuché muchas veces que ellos discutían porque no tenían un plan para el secuestro. Luis solo quería llevarse a Ángela... mientras que Adalia quería el dinero.
Respiró con dificultad.
—Ella le pedía que no la golpeara... pero él la golpeaba muy fuerte... hasta hacerla sangrar.
Ángela sintió un profundo nudo en el pecho.
Cada palabra parecía remover algo muy escondido dentro de su mente.
—Luis estaba obsesionado con Ángela. Me decía que viviríamos los tres como una familia. Me llevaba porque sabía que ella hacía todo lo que él quisiera con tal de que no me lastimara.
Diego bajó la mirada.
—Solo comíamos pan una o dos veces al día. Me dolía muchísimo el estómago... y Ángela casi nunca comía. Siempre me decía que pronto saldríamos de allí...
Su voz se quebró por completo.
—...pero creo que ella nunca pensó que también saldría con vida.
Las lágrimas lo vencieron.
—Cuando Adalia se fue...
No pudo continuar.
El abogado esperó unos instantes mirándolo, le pasó el vaso de agua y este tomo un poco.
—Tómate tu tiempo.
Después de beber un poco de agua, Diego volvió a hablar.
—Cuando ella se llevó la mitad del dinero, llegó la policía.
Respiró profundamente.
—Luis decía que Adalia lo había traicionado. Pensaba que había hecho un trato con la policía para arruinarle los planes.
El muchacho cerró los ojos.
—Entonces... golpeó a Ángela en la cabeza tan fuerte que le rompió el cráneo. Ella quedó inconsciente.
Toda la sala permanecía inmóvil.
—Despertó cuando escuchó mis gritos.
Diego apretó las manos.
—Yo traté de defenderla... pero Luis, aunque ya tenía un disparo en un ojo, me golpeó. Me rompió la frente y parte de la mandíbula.
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Editado: 16.07.2026