Crown, Love And A Cup Of Coffee.

73. Más recuerdos

La madre de Diego llenó de besos el rostro de su hijo mientras las niñas observaban la escena entre risas. En cambio, el adolescente tenía una expresión de evidente vergüenza; sentía que su madre lo estaba dejando en ridículo delante de todas las personas que entraban y salían del aeropuerto.

—¡Mamá! Yo también te amo, pero ya...

—¿"Pero ya" qué, mi hombrecito? Apenas llegaste el lunes y hoy miércoles ya te vas otra vez. Dos días no son suficientes para mí.

—Volveré pronto.

—Aun así quiero darte muchos besos.

—¿Mamá, no crees que ya estoy lo suficientemente grande para esto?

Ella sonrió con ternura.

—No. Para mí siempre serás mi bebé.

—Ya llegó nuestro avión —anunció Gabriel mientras regresaba desde el interior del aeropuerto.

—Bien, dele otro beso —comentó Nikolais con una sonrisa divertida.

—¡Mamá, ya!

—Está bien, está bien.

La mujer soltó una pequeña risa, lo abrazó con fuerza y besó su frente.

—Nos vemos pronto, cariño. Te voy a extrañar mucho.

—Yo también. Hasta luego.

Ángela abrazó a la madre de Diego y luego se despidió de sus hermanas. Después caminó junto a su propia madre, quien viajaría a Dinamarca para asistir a la boda entre ella y Nikolais.

Sin embargo, ese detalle permanecía muy lejos de su mente.

No lo había olvidado por completo, pero todos los recuerdos que habían regresado de golpe durante el juicio fluían dentro de ella como un río desbordado. Su mente apenas podía procesarlo todo y, por momentos, algunos acontecimientos vividos en Dinamarca quedaban ocultos entre tantos recuerdos dolorosos, esperando volver a ocupar su lugar.

Antes de abordar, Gabriel se acercó a Rafael y Diego.

—Otra vez los dejaré a cargo del pelotón y de la mansión. Lo han hecho muy bien hasta ahora, así que confío plenamente en ustedes.

—No se preocupe, teniente. Todo estará bajo control. Si ocurre cualquier cosa, lo llamaremos de inmediato.

Gabriel sonrió.

—Volveré pronto con mi novia, ¿de acuerdo? Pórtense bien.

—Desde luego, señor.

Diego hizo el saludo militar y ambos se despidieron antes de ver al grupo dirigirse hacia el avión.

Una vez a bordo, Gabriel tomó asiento junto a Antonia. Diego viajaba unas filas más adelante.

La mujer observaba todo con evidente nerviosismo.

—Es la primera vez que viajo en avión... Estoy un poco asustada. Mira a Ángela... parece que ya está acostumbrada.

Gabriel sonrió.

—Yo diría todo lo contrario. Aunque no lo crea, todos sentimos algo de nervios cuando el avión empieza a moverse. Mire... justo ahora que va a despegar.

Antonia sujetó con fuerza el cinturón de seguridad y se pegó al asiento como si de ello dependiera su vida.

—¡Ay, Dios mío! Debí pedir unas pastillas para dormir. Creo que me va a dar un ataque de nervios.

—Tranquila, Antonia. Respire profundo. Lo más difícil es el despegue; después todo será mucho más tranquilo.

Ella asintió, intentando convencerse de que aquel enorme avión llegaría sano y salvo a su destino.

A unos asientos de distancia, Nikolais observó a Ángela.

—¿Qué sucede, amor?

Ella mantenía los ojos cerrados con fuerza.

—Quiero vomitar...

Nikolais llamó enseguida a una de las azafatas.

—¿Qué sucede, Alteza Real? —preguntó ella en danés.

Como el avión pertenecía a la familia real de Dinamarca, toda la tripulación hablaba únicamente ese idioma.

—Tráigame unas pastillas para las náuseas y una bolsa, por favor. Creo que va a vomitar.

La joven sacó una bolsa de un compartimento y se la entregó.

—Regreso enseguida con el medicamento.

Ángela respiró profundamente mientras sostenía la bolsa.

—No entiendo... desayuné muy bien antes de subir.

—Debe ser el estrés, cariño. Han sido días demasiado difíciles. Las pastillas te ayudarán.

—Gracias.

Minutos después la azafata regresó con el medicamento y una botella de agua. Nikolais abrió el envase, sacó la pastilla y se la entregó.

Ángela la tomó y volvió a recostarse en el asiento, aunque el mareo continuaba.

Nikolais apoyó suavemente su cabeza junto a la de ella.

—Ya verás que pronto te sentirás mejor.

Las horas transcurrieron lentamente.

Cuando finalmente aterrizaron en Dinamarca, ya eran cerca de las ocho y media de la noche.

El avión se detuvo y todos comenzaron a levantarse.

Antonia intentó sacar una maleta del compartimiento superior, pero Gabriel la detuvo.

—Déjela ahí. Ellos se encargan del equipaje. Usted pase tranquila.

Ella sonrió agradecida y salió detrás de Diego.

Apenas descendió la escalerilla del avión, una fuerte ráfaga de viento helado golpeó su rostro.

—¡Dios mío, qué frío!

Ángela soltó una pequeña risa.

—Acabo de recordar este frío.

Nikolais se quitó inmediatamente su chaqueta y la colocó sobre los hombros de Antonia.

—¿Nadie le dijo que debía traer un abrigo? —preguntó Diego.

La mujer negó con la cabeza.

—Nadie me dijo nada.

Gabriel levantó una mano con expresión culpable.

—Pequeño detalle que olvidé mencionar.

—¿Pequeño? ¡Me estoy congelando!

—Y eso que todavía no llega la época de nieve —comentó Nikolais entre risas.

Robin los esperaba junto a los vehículos, con los brazos cruzados... y sin abrigo.

Antonia lo miró horrorizada.

—¡Por Dios! ¡Te vas a congelar!

—No se preocupe —respondió Nikolais antes que él—. Robin está acostumbrado a este clima.

El joven simplemente sonrió y saludó al grupo.

Ángela lo observó unos segundos.

Entonces sonrió.

—Te recuerdo perfectamente.

Robin miró sorprendido a Nikolais.

Este asintió.

—Sí... ya recuperó todos sus recuerdos.

El rostro de Robin se iluminó.

—¡Santos cielos! Me alegra muchísimo escuchar eso.

La abrazó con alegría y Ángela no pudo evitar reír.




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