Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

19. Sueños VS Realidad

—Hoy se cobra… y los ladrones lo saben —dijo Adalia, acomodando una frase popular del país.

Ángela soltó una carcajada mientras organizaba las losas sobre la meseta.

—Un quince de julio y aún no hay tantos comensales… ¿qué les estará pasando? —preguntó una de las cocineras, sentada cerca de la puerta, fumando un cigarrillo.

—Aún es temprano. Desde las cuatro en adelante, pídanle a Diosito que no se les antoje venir a comer camarones, que están en la lista de platos —respondió Adalia, mirando cómo preparaban algunos pedidos.

Luego observó los zapatos de Ángela.
—¿Compraste zapatillas nuevas?

—Sí, en un baratillo. Son muy cómodas. También les compré a las niñas —respondió Ángela, mirándolas con satisfacción.

—Escuchen todos —interrumpió Mauro, logrando que el murmullo se apagara—. El señor Nelson viene al país… con un príncipe.

Un silencio breve se apoderó del lugar.
—¡Dios mío! —exclamó una de las cocineras, llevándose la mano al pecho, exagerando un poco.

—Lo llevará a su finca y quiere que algunas de ustedes vayan a limpiarla, y otras a servir mientras el príncipe esté aquí. Se escogerán las mejores cocineras de todos los restaurantes.

—Eso significa que Mercedes está ahí —comentó Adalia con una sonrisa pícara—. Señora Mercedes, recuerde que ese es el hombre rico que me mandó Dios. Escójame como ayudante.

Las risas no se hicieron esperar.
—Viene con su novia —aclaró Mauro, enfatizando la palabra novia mientras miraba a Adalia.

Ella se encogió de hombros.
—Una latina es una latina… ¿qué importa? Puede enamorarse de mí con solo verme.

Ángela no pudo evitar reír.
—Ya dejen las tonterías —intervino Mercedes—. Si te escojo, no es para que andes de conquistadora, es para que trabajes.

—Escójame a mí también —protestó otra cocinera.

—Como cocinera me eligieron solo a mí. Necesito ayudantes… y además —la miró de arriba abajo— necesito buena presencia.

Las carcajadas estallaron nuevamente.
—Usted es terrible —comentó Kevin, riendo.

—Llegaron más comensales —anunció el guardia del restaurante.

—Bien —dijo Mercedes—. Adalia, Maritza y Ángela vienen conmigo.

—¿Ángela? ¿Está segura? —preguntó Mauro.

—¿Por qué no? —respondió Mercedes—. Estoy segura de que cuando lleguemos, el señor Nelson preguntará por ella.

—Ángela no puede ir. Tiene dos empleos. ¿Cómo va a cumplir con el otro si se va?

—Son solo tres días.

—Aun así… —insistió Mauro.

Ángela, que había estado escuchando, intervino mientras tomaba unos platos.

—No puedo ir. Mis hermanas están en exámenes finales… tengo que estar con ellas.

Sin decir más, salió a atender a los clientes.
Mercedes siguió a Mauro hasta la pequeña oficina.
—¿Quieres que lleve a Andrea entonces?

—No necesitas tantas ayudantes. Irán dos cocineras más de otro restaurante.

—Ellas llevarán su propio equipo.

—Lo siento, pero no. Y ya se terminó esta conversación.

Mercedes salió con evidente disgusto.

Mientras tanto, Ángela regresó a la cocina.

—Ángela, te quedas —le dijo Adalia—. La señora Mercedes no pudo hacer nada.

—Está bien. Además… no sabría con quién dejar a mis hermanas.

—Ver a un príncipe no pasa todos los días.
Ángela sonrió, divertida.

—¿Y qué gano yo con verlo? Ni que fuera a fijarse en mí.

—En ti no… pero en mí sí.
Ambas rieron.

—Estoy segura de que su novia debe ser la mujer más hermosa del mundo —añadió Ángela—. Yo que tú no me hago ilusiones.

—Ay, cállate —respondió Adalia, haciendo un gesto antes de salir con una bandeja.

Las horas pasaron y el restaurante comenzó a vaciarse. Eran cerca de las cinco y media.

—Hoy salimos a la hora normal… y eso es raro en quincena —comentó Kevin.

—Antes esto se llenaba los quince y los treinta —añadió una cocinera, encendiendo otro cigarrillo.

—Bueno… ¿cuánto me deben? —preguntó Kevin, mirando alrededor.

Ángela se escondió bajo la mesa.
—Creo que nadie… —susurró.

—Creo que veo un pejelagarto debajo de la mesa —dijo Kevin, provocando risas.

—¿Sabes qué? Le voy a contar todo esto a tu hija cuando crezca. Tu padre me cobró una receta —dijo Ángela, hablando como si se dirigiera a una niña.

—No te cobro si aceptas ser su madrina.

—Ah, con razón… quieres sacarme algo. Pero está bien, acepto.

—La madrina más pobre —bromeó Adalia.

—No seas envidiosa, nunca serás madrina de mi hija —respondió Kevin.

—No quiero ser madrina… quiero ser mujer de un príncipe.

—Sigue soñando, que soñar no cuesta nada.

—Las mujeres pobres siempre quieren cosas imposibles —intervino Mercedes—. Pidan un plomero, no un príncipe.

—Señora Mercedes, no sea tan dura —murmuró Kevin.
Ángela soltó otra risa.

—¿Y tú de qué te ríes? —preguntó Adalia, molesta.

—Déjenla… soñar no hace daño —dijo Andrea.

—Se enoja porque quiere —añadió Kevin.

—Yo solo me reí —respondió Ángela, encogiéndose de hombros.

Una hora más tarde, todos recogieron sus cosas y se prepararon para irse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.