Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

23. Desde lejos

El autobús se estacionó frente a una gran puerta de metal. A Mercedes le pareció exagerada aquella seguridad. ¿Qué tanto debía proteger una casa de campo de una persona rica? Era prácticamente imposible que algún ladrón llegara hasta allí, sin mencionar que todo alrededor era puro monte.
Desde lejos, observó varios autos extravagantes para su gusto, tan brillantes que, bajo el sol, parecían capaces de iluminar un barrio entero.

—Dios mío —exclamó Adalia—. ¿Será que el príncipe está ahí?

—Tal vez no ha llegado —respondió Maritza, sentada a su lado.

—Ángela debería darse este lujo. Un cambio de ambiente le haría bien… hablaré con el señor Nelson yo misma —comentó Mercedes mientras se bajaba del autobús.

Entraron a la gran casa. El aire era fresco, el lugar hermoso y lleno de luz: una casa campestre, pero claramente de gente adinerada.

—Te preocupas demasiado, Mercedes —dijo Adalia, mirando todo con asombro.

—Claro. La que debería preocuparse por su amiga de hace tres años eres tú, no yo. Pero ahí estás, como si nada. Tal vez no eres tan amiga como pensamos.
Las tres caminaban por el pasillo, guiadas por una empleada, hasta llegar a la habitación. Había camarotes con camas cómodas, televisión, teléfono y un baño con bañera. Era un lugar de ensueño.

—No digas eso, Mercedes. No sabes lo que he estado pasando desde lo de Ángela. Me siento culpable… y, la verdad, estoy empezando a pensar que no somos compatibles.

Adalia dejó su mochila sobre la cama.
—¿Y ahora te das cuenta? ¿Después de tres años?
Mercedes cruzó los brazos. Adalia rodó los ojos y salió de la habitación.

—Tiene razón, señora Mercedes. No creo que ella sea sincera con Ángela —comentó Maritza.

Mercedes asintió, saliendo junto a ella.
En la sala se encontraron con el señor Nelson, acompañado de su esposa y sus dos hijas pequeñas.

—Gracias por venir. No se preocupen, se les pagará como si estuvieran en el restaurante. Mercedes y Aurelia estarán a cargo de las comidas. Las demás ayudarán con la cocina y la servidumbre. ¿De acuerdo?

—Claro que sí, señor Nelson —respondió Mercedes.
Las demás asintieron.

—El príncipe llegará en… —miró su reloj— dos o tres horas como máximo. Espero que la cena lo sorprenda.

—Así será —respondió Aurelia.

—Bien, descansen. Yo haré lo mismo.

—Señor Nelson, un momento —dijo Mercedes, acercándose.

—Mercedes, querida, dime. ¿Cómo estás?

—Bien… pero no quiero hablar de mí.

Ángela levantó una olla para pasársela a Kevin, pero Darleni la tomó antes, ya que el chico estaba concentrado preparando un pollo para hornear.

—Darlin, pásame la sal… no, esa es pimienta… no, esa tampoco…

—Pero es que todas son iguales —dijo encogiéndose de hombros.

—Esa es la sal… sí, esa misma. Gracias, hermosa. Francisco, deja de aprovecharte de que ellas me ayudan y ponte a trabajar.

—Bruno tampoco hace nada —se defendió Francisco.

—No hay muchos clientes —respondió Bruno.

—Aun así, ayuden a la señora Andrea.

—Sí, jefe Kevin.

—Ángela, ven un momento —llamó Mauro desde la oficina.

Ángela dejó lo que tenía y entró.
—¿Pasa algo?

—Recoge tus cosas.

—¿Qué? ¿Qué hice mal?

—No seas tonta, no te voy a despedir. Mercedes no se cansa de insistir contigo. Vendrán a buscarte junto a tus hermanas.

—¿Ahora?

—Sí, ahora mismo.

Ángela salió apresurada.
—Lo siento, Kevin, ya no podré ayudarte.

—¿Cómo así? ¿Me abandonas?

—Me vienen a buscar —Kevin la miro con tristeza fingida.

—Fue la señora Mercedes.

—Bien, contra eso no puedo competir —La joven sonrió.

Minutos después Ángela reunió sus cosas. El autobús la llevó primero a su casa para que preparara lo necesario para tres días con sus hermanas. Dejó la llave a una vecina, quien prometió cuidar el lugar.

Le envió un mensaje a su madre avisándole que estaría fuera por trabajo. No tuvo tiempo de cambiarse de ropa; incluso, sin darse cuenta, se llevó el delantal.

Una hora después, el autobús se detuvo frente a unas grandes puertas de metal.

—¿Y esto qué es?
—Una cárcel.

—Un rancho de ricos.

Las puertas se abrieron y avanzaron hasta la gran casa.

—¡Adalia! —gritó Ángela al verla.

—Bienvenidas al paraíso —respondió ella—. Vengan, les mostraré la habitación.

—Wow… esto está mejor que mi casa —dijo Ángela—. Disfruten, es como unas vacaciones.

—¿No tenemos que trabajar? —preguntó Darleni.
—Supongo que sí —respondió Adalia.

—Yo quiero que no trabajen. Se lo merecen.

—El príncipe viene en camino. Pónganse esto, será el uniforme —indicó Mercedes al entrar.

—¿Puedo bañarme? Todo fue muy rápido…
—Claro, pero no tardes.

Ángela entró a la ducha.
—Nos quedaremos aquí —dijo Darleni señalando un camarote.

—Sí, no trabajaremos —añadió su hermana.

—Disfruten mis niñas —respondió Mercedes, sonriendo.
Minutos después, Ángela salió, terminando de abrochar su delantal rojo.

—¿A dónde se fueron? —Dijo mirando a todas partes, las niñas acomodadas en las recamaras señalaron la puerta.

—Ya se fueron

—Oh Dios.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.