Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

24. Más de lo que aparenta

La señora Mercedes miró de reojo hacia la esquina donde se escondía Ángela y comenzó a llamarla con un leve silbido.
Las compañeras a su alrededor voltearon de inmediato, y los murmullos no tardaron en surgir:
—Qué falta de educación…
—No tiene modales…

Maritza y Adalia no pudieron evitar reírse, mientras el señor Nelson seguía concentrado en su invitado, fascinado por el lugar.

—¿Sucede algo, señora Mercedes? —preguntó al notar el ambiente.
Alisa también echó un vistazo, sin entender del todo lo que pasaba, mientras daba instrucciones para que llevaran las maletas.
Mercedes señaló a Ángela y caminó hacia ella sin dudar.

El príncipe, por su parte, seguía observando cada rincón junto a Francesca: tocaba superficies, se detenía frente a los cuadros, recorría con la mirada cada detalle… completamente ajeno a lo que ocurría detrás.

—Lo siento, señor Nelson —carraspeó Mercedes—. Es que una de mis chicas está algo… perdida.
Ángela sintió cómo el calor le subía al rostro.
Quiso desaparecer.
Mercedes la tomó del brazo con firmeza y la llevó hasta el grupo.

—¿Perdida? ¿Quién está perdido? —preguntó Nikolai, girándose con curiosidad.
—No, alteza, nadie —respondió Nelson rápidamente—. Es un asunto interno.
Mercedes alzó la mirada sin mostrar incomodidad. Las muchachas seguían riéndose, y Ángela se sentía cada vez más expuesta.

—Bien… entonces —dijo Nikolai—. Me encanta todo, señor Nelson. El lugar es muy agradable… y el olor de la naturaleza también.
Su español era torpe, pero comprensible.
—Y además… hay muchas chicas jóvenes… de buen parecer.

Su mirada recorrió discretamente al grupo.
Adalia y Maritza rieron por lo bajo, tanto por el comentario como por su forma de hablar. Francesca, en cambio, se tensó.

—¿Qué te pasa? —preguntó, cruzándose de brazos, en danés.
Nikolai le respondió con una sonrisa ladeada mientras caminaban hacia la habitación.
—¿No lo ves? Cupido me ha flechado.
—Nikolai, no es gracioso para mí —replicó ella, incómoda.
Alisa soltó una risa mirándola y se adelantó.

—No es para tanto —añadió él—. Son hermosas, sí… pero eso no significa nada. No es como si pudiera casarme con todas.

—Bie, como digas. No vine aquí para verte con otra.
—Tranquila. Yo tampoco vine a eso.

Nikolai entró al baño y cerró la puerta. Respiró hondo frente al espejo y comenzó a aflojarse la corbata.

<Pero cuántas bellezas…>

—¡Nikolai! —lo llamó Francesca desde afuera.
Se sobresaltó, se llevó la mano al pecho tomó la corbata en sus manos y salió.

—Has tardado más de cinco minutos para solo quitarte la corbata.

—Tal vez hice otras cosas que no necesitas saber. Francesca ¿Aún sigues con eso? Porque yo ya lo había olvidado.

—Estoy alterada… y tu hermana—
—No le hagas caso a Alisa. No te preocupes.
—Lo siento…

Francesca se acercó y lo abrazó. Él respondió con un beso breve.

...
Ángela miró a Adalia con el ceño fruncido.
Le dolía más de lo que quería admitir.
—¿Es en serio, Adalia? Todas se estaban burlando de mí… y tú también.

—Ay, Ángela, no es para tanto. Te veías graciosa escondida… y cuando Mercedes te jaló… parecías una muñeca.

—Si eso te causa risa, felicidades. A mí no.
—Deberías agradecerlo. Gracias a eso el príncipe nos miró a todas… ¿viste lo guapo que es? Su piel… sus ojos…

—¿Cómo? —Ángela negó varias veces, todavía incómoda.

Después de organizar los grupos, le tocó trabajar en la cocina del lado oeste.
—Dejen de discutir y caminen —Soltó la señora Mercedes.
Ángela respiró hondo y empezó a caminar.
En la cocina, el trabajo comenzó de inmediato: cortar, picar, sazonar.

—Tu amiga es tontita , Adalia —susurró alguien al fondo.
—Oye no te pases, seguro se asustó.

Ángela apretó los labios.
Si vergüenza aún la seguía.
Mercedes la tomó de las manos y la llevó a su lado.
—No hagas caso. No pasó nada malo. Solo no supiste manejar el momento.

Ángela suspiró, era la primera vez que estaba en el mismo lugar que una persona importante y ni siquiera su cerebro la ayudaba a comportarse.

—Además —continuó la señora Mercedes—, ¿quién es él? ¿Acaso no se puede mirar? Yo lo miré sin problema.

Ángela sonrió levemente.
—Es verdad, usted no le teme a nada.
—Si le temes, te vuelves una más del montón. Demuestra que eres más que una simple empleada.
—Tampoco es como que me lo voy a encontrar por ahí…
—Nunca se sabe. Ese tiene ojo alegre.
Ambas rieron suavemente.

Ángela recordó a sus hermanas y guardó algunos trozos de zanahoria en el bolsillo.
—¡Vamos! Dejen la lentitud o cambiaré el grupo —ordenó Mercedes.

—Siempre con prisa… qué fastidio —murmuró Adalia.
Ángela se concentró en el sancocho y le la señora Mercedes aprovechó la ocasión para tener una aprendiz, sería una alivio para ella que otra mujer pudiera conseguir hacer el sancocho tan alabado por todos que ella hacía.

En cambio Angela sabía que Mercedes era la mejor, así que observó cada detalle, siguió cada indicación.
No iba a desperdiciar esa oportunidad.
Memorizo cada paso… y el resultado fue perfecto.

—Es hora de servir —anunció Aurelia.
Las ayudantes tomaron las ollas.
—Mejor quédate aquí, Ángela. Eres muy torpe —susurró Adalia.
Maritza soltó una risa.
Ángela se giró, seria.
—Si sigues fastidiando, te voy a romper la cara aquí mismo. ¿Me oíste?
Adalia soltó una carcajada.
—Era broma. Es broma amiga —Le lanzo besitos en el aire y Ángela los atrapó y se los metió en el bolsillo.

—¿Cómo le fue en su caminata, alteza? —preguntó Nelson, permitiéndole sentarse a su lado.

—Excelente. Me encanta este lugar… la naturaleza, la fauna…

—Te vas a querer quedar. Incluso puedo pedir que te traigan uno de esos loros de colores.

—Me encantaría. Los vi de lejos… son hermosos.




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