Ángela caminó detrás de Nikolais durante todo el trayecto. Pasaron por un lugar donde había muchas piedras y ramas caídas de los árboles. Aunque el camino estaba más limpio que los alrededores, eso permitía que cualquiera que quisiera ir al lago no se perdiera.
Nikolais miraba de vez en cuando hacia atrás, observando a Ángela con su mochila, que parecía un poco pesada. Ángela se detuvo un momento y le metió tres piedras grandes en la parte delantera. Alisa y las niñas se habían detenido con ella y se estaban riendo.
—¿Qué estás haciendo? —cuestionó Alisa.
—Vean lo que haré.
Ángela caminó deprisa para alcanzar a Nikolais y le lanzó la mochila a Francesca.
—¡Atrápala!
—¿Qué estás haciendo, cocinera? —cuestionó Francesca, frunciendo el ceño. El grupo se detuvo de repente para ver a ambas mujeres.
—No seré cocinera por hoy, y tampoco tengo que ser tu sirvienta —miró a Nikolais, y este sonrió sin enseñar los dientes—. Y como tú eres su novia, lo mejor es que seas tú quien lleve la mochila.
—Yo estoy de acuerdo con Ángela, la novia que la lleve —prosiguió Alisa, pasando delante con las niñas.
Nikolais miró a Francesca.
—¿Me la llevas? —preguntó. Luego dio una sonrisita y siguió caminando.
Francesca se colocó la mochila y empezó a caminar. Estaba cansada por la caminata, y el peso era demasiado. Un minuto después, se detuvo, quejándose.
—No puedo seguir. Nikolais, pesa demasiado.
—Ya estamos llegando, miren —dijo el señor Nelson, señalando hacia delante.
Las niñas corrieron hacia el lago junto a dos de sus nietas.
—No entren al lago, solo a las orillas —gritó la niñera de las infantes.
Darlin y Darleni tampoco entraron al agua.
—Pero estoy cansada —volvió a decir Francesca cuando retomaron el paso.
Ángela y Alisa reían mientras la miraban de reojo: sudada y con una expresión de pocos amigos.
Nikolais respiró profundo al llegar al lago; estaba exhausto por la caminata. Era obligatorio caminar, ya que el camino había sido largo y no había espacio para un carro. Aun así, no se arrepentía: el lugar le pareció hermoso.
Había una cabaña al lado del lago, y se dirigieron hacia ella.
—Solo hay una cama —dijo el señor Nelson—, pero no se preocupen, nadie amanecerá aquí. Volvemos a las cinco para la cena.
—Antes de bañarse, coman un poco si tienen hambre —añadió su esposa, Mireya.
Nikolais miró de reojo a Ángela. Ella aún sonreía mientras observaba a Francesca. Entonces pensó que algo andaba mal.
—Francesca, pásame la mochila.
La chica aún la traía en el hombro. Alisa y Ángela salieron deprisa de la habitación, dejando claro que habían hecho algo.
—¿Quieren comer ahora o más tarde? —preguntó el señor Nelson.
Francesca negó con la cabeza. Una trabajadora comenzó a sacar la comida, mientras Francesca se sentaba en una silla de guano, junto a un ventanal, mirando con malos ojos a Ángela y Alisa jugar en la orilla.
De pronto, Nikolais soltó una carcajada al abrir la parte delantera de la mochila.
—¡Santos cielos! Te odian, Francesca.
Sacó las grandes piedras entre risas. El señor Nelson abrió la boca, sorprendido, y su esposa negó con desaprobación.
Francesca se levantó y caminó hasta la cama, furiosa.
—¿Te ríes de esto, verdad?
—Sí, me causa gracia, pero no me estoy burlando.
—¿Y hay que reírte sus gracias? No me respetan, Nikolais. Soy tu novia, exijo respeto.
—Gánatelo. Yo no soy por quien lo harán. Alisa está en ese grupo, empieza por ahí.
Se quitó la camisa y, antes de salir, dijo:
—Señor Nelson, lo invito a una competencia de natación. Soy muy bueno.
—Oh no, alteza, estoy seguro de que lo derrotaré —respondió el hombre.
Ambos salieron casi corriendo, quitándose la ropa en el camino.
Ángela se quedó con la boca entreabierta al ver a Nikolais solo en bóxer. Él la miró, y eso la puso nerviosa. Rápidamente desvió la mirada hacia las niñas.
—¡Chicas! Vamos a hacer una competencia, escojan favorito —gritó el señor Nelson.
—¡Mi abuelo! —gritaron sus nietas.
—¡El príncipe! —dijeron Darleni y Darlin al mismo tiempo.
—Bien, debemos llegar a aquel árbol —indicó Nelson.
Nikolais asintió, pero volvió a mirar hacia donde estaba Ángela. Notó que Francesca estaba frente a ella, probablemente discutiendo.
—Señor Nelson, creo que hay problemas.
Y lo confirmaron cuando Ángela se levantó con el ceño fruncido.
—Repítelo otra vez y verás cómo te parto la cara. ¿Crees que tendré misericordia porque eres una princesa?
—No, Ángela, tranquila. Pero ella no es una princesa, yo soy la princesa —comentó Alisa, comiendo una guayaba con sal.
—¿Quieres que lo repita?
—¡Sí, lo estoy esperando!
—¿Qué sucede? —intervino el señor Nelson al acercarse.
—Exijo respeto. Tú y yo no somos iguales. Eres una bruta desconsiderada y yo soy una mujer de clase alta.
Ángela la miró como si no le importara.
—Ah, Nikolais, es por ti que pelean —comentó el señor Nelson.
Nikolais se cruzó de brazos, esperando la respuesta de Ángela.
—No me gusta tu novio, y no soy una bruta. Que no sea de clase alta no significa que no tenga principios morales. Además, no era a ti a quien quería hacerle la broma.
Se encogió de hombros y se volteó.
—Repite eso y verás cómo se siente que alguien te abofetee.
Ambas se quedaron mirándose con furia.
—Ángela, sé que no eres una chica violenta. Trata de calmarte —intervino el señor Nelson.
—Usted debería saber qué tipo de personas contratar. Somos de alta clase —dijo Francesca, arreglando su cabello.
Ángela miró a sus hermanas. No quería que esas palabras las hirieran. Notó el ceño fruncido de Darleni, y decidió ceder.
—Lo siento, señor Nelson. No quise hacerlo pasar vergüenza. Es verdad, soy una bruta a veces, no sé comportarme delante de ciertas personas.
Miró a Nikolais.
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Editado: 15.05.2026