Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

28. Lo que se rompe por dentro

El helicóptero aterrizó en una zona despejada, a unos minutos de la cabaña. El espacio junto al lago era demasiado estrecho, rodeado de árboles y pequeños arbustos frutales que hacían imposible un descenso seguro.

El sonido de las aspas cortando el aire rompió el silencio de la lluvia, unos minutos después alguien llegó a la puerta de la cabaña.

—Papá, ya estoy aquí —saludó el coronel, acercándose con rapidez para abrazarlo.

—Coronel… menos mal —respondió el señor Nelson, aliviado—. Pero no debiste venir tú mismo. Seguro dejaste muchas cosas pendientes.

—Sabes que te lo debo —dijo el joven con una leve sonrisa—. Además… estás con un príncipe de Dinamarca. Es mejor que ese hombre regrese completo a su país.

El señor Nelson soltó una carcajada.
—Tienes razón.

Caminaron juntos hacia la cabaña. Al entrar, el joven saludó al grupo… pero sus ojos se detuvieron apenas un segundo más en una figura: la princesa, sentada con delicadeza al borde de la cama.

—El helicóptero está a unos minutos —anunció el señor Nelson—. Trajeron focos para alumbrar el camino.

Ángela le dio un leve codazo a Alisa.
—Se te sale la baba —susurró.
Alisa se ruborizó de inmediato.
—¿Qué estás diciendo?

Ángela tomó de la mano a Darlin, mientras Alisa hacía lo mismo con Darleni, y salieron de la cabaña.
Afuera, Gabriel entregaba un foco a cada uno.

—¿Te gusta? —preguntó Ángela en voz baja.
—¿Qué? No… ¿quién? —respondió Alisa, nerviosa—. No.

Ángela sonrió sin insistir.
El grupo comenzó a caminar en fila, uno detrás de otro, iluminando el sendero oscuro. Francesca iba tomada de la mano de Nikolais. El señor Nelson cargaba a una de sus nietas, mientras Gabriel llevaba a la otra.

—Estoy cansada… —murmuró Darlin, haciendo una pequeña mueca.

Nikolais se detuvo. Soltó la mano de Francesca y caminó directo hacia Ángela.
—Ven —dijo, intentando cargar a la niña.

—Falta poco, podemos llegar —respondió Ángela.
—Quiero cargarla. Está cansada.
—Vete con tu novia, Nikolais.

Él dio un paso más, acercándose lo suficiente para rozar su hombro con el de ella.

—¿Qué te cuesta dejarme ayudarla? —su voz fue más suave, casi un susurro—. Por favor… déjame hacerlo.
Ese “por favor” le recorrió el cuerpo como una corriente.
Sus manos sobre su hombro la desarmaron por completo.

Por un instante… ambos se quedaron inmóviles, mirándose.

—¿Y bien? ¿La vas a cargar o no? —interrumpió Francesca con impaciencia—. Quiero irme.
Ángela desvió la mirada.
—Está bien… hazlo. Gracias.

Nikolais levantó a la niña con cuidado y continuaron el camino.

El helicóptero los esperaba, imponente en medio de la oscuridad.

—¡Madre mía! Nunca he estado en uno —exclamó la trabajadora cuando las aspas comenzaron a girar.

—Wow… se ve todo —dijo Darleni—. Pero está oscuro.
—Las subiré un día soleado —gritó Nikolais para que lo escucharan.

Las niñas asintieron emocionadas.
El viaje fue corto.

Al aterrizar, ya los esperaban en la casa.
—¡Llegaron! —dijo Adalia desde la entrada.

Darlin comenzó a estornudar. Nikolais se apresuró a bajarse, cargándola de nuevo.
—Está caliente… creo que tiene fiebre.

—Voy a bajársela con agua —respondió Ángela, tomándola con rapidez.
Se la llevó de inmediato a la habitación.

—Buenas noches, Ángela —dijo Alisa, dándole un beso en la mejilla.
—Buenas noches…

Poco a poco, todos se retiraron.
Todos… menos Nikolais.
Se quedó sentado en el mueble, en silencio.
Pensando.
¿Qué estaba pasando?

—Ahora la carga… —dijo Adalia, cruzándose de brazos frente a Ángela cuando salió de la habitación.

—Darlin estaba cansada.
—Te estás metiendo en su relación.

Ángela frunció el ceño.
—No estoy haciendo eso.

—Entonces deja de permitirle acercarse.

La tomó del brazo antes de que entrara a la cocina.
—Escúchame. Si deja a su novia por ti… ¿qué te hace pensar que no hará lo mismo después con otra?
Las palabras le cayeron pesadas.

—Eso no va a pasar —respondió Ángela con firmeza—. Mañana es el último día. Él se irá… y yo me quedaré aquí. ¿Cuál es tu preocupación?
Intentó seguir caminando, pero Adalia no la soltó.

—Mira a tu hermana. Está enferma… y tú estás distraída.
Eso dolió.
Mucho más de lo que esperaba.
Ángela puso una olla con agua en la estufa. No necesitaba hervirla… pero su mente estaba demasiado agitada.

No sabía que esto iba a pasar —su voz se quebró—. Yo fui por ellas… para sacarlas de aquí. Para que disfruten —Sintio un dolor en la garganta por la presión que sentía en el momento. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo siento —Susurro Adalia mirándola. Ángela
tomó la olla y un paño, saliendo rápidamente sin contestar en el pasillo, se encontró con Nikolais.

—¿Está bien? —preguntó él de inmediato.
—No lo sé… —respondió sin mirarlo, apresurando el paso y dejándolo a solas con Adalia la cual se detuvo en frente de él.

—Deja de perseguirla —dijo Adalia, cruzándose de brazos frente a él—. Tienes novia. ¿Qué pretendes?
Nikolais pasó una mano por su cabello, visiblemente incómodo.

—No quiero hacerle daño… —admitió, bajando la voz—. Estoy confundido.

Adalia lo miró fijamente, sin suavizar su expresión.
—Ella no necesita a alguien confundido. Necesita a alguien libre… y tú no lo eres.

Nikolais apretó la mandíbula. Dudó un segundo antes de hablar.

—Puede ser… —respiró hondo—. Puede ser que me guste.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Adalia soltó una risa corta, sin humor.

—¿Te gusta? —negó con la cabeza—. Eso no es suficiente. Y para ella… puede ser peligroso.
Él no respondió de inmediato.

Porque en el fondo… sabía que tenía razón.
—Aléjate —continuó ella, más firme—. Mientras más cerca estés, más daño le vas a hacer. Nikolais bajó la mirada, sintiendo el peso de cada palabra.




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