Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

31. Heridas que se reconocen

El señor Nelson ayudó a Ángela con la mochila para salir afuera. La chica se encontró con la sorpresa de que las niñas estaban metidas en un juego de fuerza con Nikolais: las cuatro estaban encima de él, riendo y tratando de vencerlo, mientras Alisa y Gabriel gritaban cosas diferentes. Al parecer era una competencia de hombres contra mujeres, pero, viendo bien el panorama, los varones estaban perdiendo.

—Oh, tendrás que esperar a que terminen su lucha —dijo el señor Nelson, observando al grupo.

—Sí… eso creo. Es que de verdad me tengo que ir —respondió Ángela, echando un vistazo alrededor, como buscando a la novia de Nikolais.

El hombre que la llevaría a su casa llegó con el autobús y empezó a subir las bolsas. Las niñas se detuvieron de inmediato y corrieron hacia ella.

—¿Nos vamos ya? —preguntó Darlin, entrecerrando los ojos y cruzándose de brazos.

—Sí, ya es hora.

—Pero, ¿por qué no nos vamos todos juntos? Dijeron que sería a las cuatro —añadió Darleni.

—No podemos. Ustedes saben que tenemos que limpiar la casa y acomodarnos para empezar la rutina mañana sin preocupaciones.

Ambas niñas suspiraron. Miraron por última vez a Nikolais, quien se había quedado observando la escena en silencio. Ángela, en cambio, no lo miró.

—¿Ya te vas? —preguntó la princesa, acercándose a ellas.

—Sí, ya me voy.

—Ah… qué mal. Las voy a extrañar.

—Nosotras también a ti.

La princesa abrazó a Ángela con cariño y luego a las dos niñas. Un minuto después, subieron al autobús. El hombre arrancó, y el vehículo comenzó a alejarse.
Las niñas se despidieron por las ventanillas, agitando las manos hasta que todo quedó atrás.

Ángela se quedó triste durante todo el trayecto. Hubiera querido que las cosas fueran diferentes, pero esa era su realidad. ¿Para qué seguir haciéndose ilusiones? Solo alimentaban un sentimiento que no la llevaría a ningún lado. Era mejor terminar con eso a tiempo, antes de que el mismo destino le recordara que ya todo había terminado.

Nikolais observó cómo el pequeño autobús desaparecía a lo lejos. Un nudo se le formó en el pecho. Debió hablar con ella, aclarar las cosas… pero temía su reacción.

Nunca en su vida se había sentido tan vulnerable con una mujer.

Durante las dos semanas que estuvo con Francesca, se sintió lleno de energía, enfocado en sus metas, con ganas de triunfar. Pero desde que conoció a Ángela, todo había cambiado. Ahora lo único que ocupaba su mente era amarla, quererla, estar con ella. Incluso su negocio había pasado a un segundo plano.

—Señor Nelson, ¿qué pasó? —preguntó, acercándose deprisa. Se cruzó de brazos, con el ceño fruncido.

—¿Sobre qué?

—Ángela…

—Con Ángela está todo bien. Solo necesita limpiar su casa. Eso me dijo la señora Mercedes.

—¿En serio? Bueno… eso es bueno, ¿no?

—No lo sé, alteza. A las mujeres les gusta limpiar —respondió encogiéndose de hombros.

Nikolais sonrió levemente, un poco más aliviado. Luego se despidió y fue en busca de la señora Mercedes. Solo ella podría darle respuestas.
La encontró en el comedor, junto a dos de las empleadas que habían venido con ella. Una de ellas era la misma que le había advertido que se alejara de Ángela. Pero Nikolais no pensaba hacerle caso a nadie. Él quería a Ángela… y haría lo que fuera necesario para conquistarla.

—Señora Mercedes, ¿puedo hablar con usted?
La mujer no se sorprendió al verlo.

—Sí.

Le pasó los platos a Maritza.
—Sigan ustedes.

Caminaron hasta la escalera. Se sentaron en el segundo escalón, uno al lado del otro. Mercedes ya sabía a qué venía.

—¿Quieres saber sobre Ángela? —preguntó, directa.

—Sí… ¿cómo lo sabe?

—Se te nota. Estás desesperado por esa chica.

—¿Tanto así?

—Sé lo que se siente. La primera vez que vi a mi esposo fue en una marcha. Estaba a lo lejos, con pancartas. Nuestras miradas se cruzaron… pero parece que la única que se enamoró fui yo. Y eso me tuvo desesperada por mucho tiempo, hasta que volvimos a encontrarnos. Esa vez fue diferente. Me prestó atención… y aquí estamos, con cinco hijos.
Nikolais sonrió.

—Es una historia bonita. Yo quiero algo así… Dime lo que tengo que saber. Me voy mañana, y de esto depende una decisión importante.
Mercedes lo miró con sorpresa.

—Tiene veintitrés años. Está soltera. Desde los quince ha sido independiente. Vive con sus hermanas desde hace siete años. Se fue de su casa porque su padrastro intentó abusar de ella.
Nikolais se tensó.

—¿Y su madre?

—Una mujer… complicada. La conocí una vez. Es amorosa, pero irresponsable. No defendió a su hija cuando debía. Prefirió a un hombre antes que a ella. Ángela, en cambio, se preparó y sacó adelante a sus hermanas por miedo a que pasaran por lo mismo.

—¿Aún tienen contacto?

—Viven en el mismo barrio.

Nikolais apretó la mandíbula.
—¿Fue a ella a quien…?

Mercedes carraspeó.
—Sí. Pero eso no es algo que debas andar preguntando sin su consentimiento.

El corazón de Nikolais se aceleró.
—Fue víctima de un hombre que sigue libre. Su mente bloqueó el recuerdo.

—Lo imaginaba… —respiró hondo—. Es difícil procesar algo así. Lo importante es que pueda sanar.

—Ella sigue siendo fuerte. Solo… con algunas heridas.

—¿Dónde pasó?

Mercedes dudó, pero cedió.
—En una discoteca.

—Entonces ese hombre sigue ahí… —murmuró Nikolais—. Puede estar haciéndolo otra vez.

—No lo han encontrado.

—Se escondió bien… pero lo van a encontrar. Es una promesa.

Mercedes lo observó con atención.
—¿Por qué te afecta tanto?

Nikolais guardó silencio por unos segundos. Sus manos se entrelazaron con fuerza, como si estuviera debatiéndose entre hablar o no.

—Cuando tenía quince años… tenía una hermana menor —dijo al fin, con la voz más baja—. Se llamaba Elina.

Mercedes lo miró con atención, sin interrumpirlo.
—Era… todo lo contrario a mí. Alegre, confiada… de esas personas que creen que el mundo es bueno porque sí.




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