Ángela suspiró con las manos entrelazadas en su regazo, jugueteando con sus dedos como si en ellos pudiera descargar el peso de lo que pensaba. El aire era tranquilo, casi tibio, y el leve sonido de las risas de las niñas llenaba el espacio. El príncipe sonrió al verlas jugar, balanceándose entre ellas sin preocupaciones, como si el mundo fuera sencillo.
—Y bien —dijo ella.
Su mirada se desvió hacia el banco más a la izquierda. Dos mujeres la observaban, murmurando entre ellas, con ese tipo de mirada que incomoda sin necesidad de palabras. Ángela frunció apenas el ceño. Aquello le recordó a Adalia… y un pequeño nudo se formó en su pecho.
Debía hablar con ella. Intentar arreglar las cosas.
—Pensé que te ibas a casar con ella. ¿Qué pasó realmente?
—No pensé en casarme con ella en todo este tiempo —respondió él con calma—. Además, solo tenía máximo dos semanas con ella de relación, así que… no creo que dos semanas sean suficientes.
Ángela giró el rostro de golpe, sorprendida.
—Espera, ¿dos semanas?
—Sí, dos semanas. Por mucho, mi segunda novia.
—¿Es en serio? —Ángela sonrió, incrédula—. Pensé que tenían tiempo.
—¿Qué te hizo pensar eso? ¿Las peleas tal vez? —hizo una leve mueca—. No… eso solo era un indicio de que no éramos compatibles.
—No solo por eso… no lo sé. Suele ser así —encogió un poco los hombros—. ¿Segunda novia? ¿Usted?
—¡Eh! Primero que nada, no me diga “usted” —replicó, señalándola con ligera acusación divertida—. Además, la primera vez que hablamos me trataste como un cualquiera.
Ángela soltó una risa suave, bajando la mirada al recordarlo.
—Y sí —continuó él—, la primera la tuve en la secundaria. Terminé con ella en penúltimo año. No pensaba cargar con una chica desde ese grado sin saber qué iba a hacer con mi vida.
—Vaya… qué maduro se oyó eso.
—Soy muy maduro desde joven —respondió con una media sonrisa—. Alisa es más alta que yo y parece que soy yo el mayor.
—¿Que es más vieja que tú, dices?
—Sí, me lleva dos años.
Ángela inclinó un poco la cabeza, pensativa.
—Oh… de verdad parece más joven, por su personalidad y también su físico. Parece una niña de dieciséis… con su cuerpo de muñeca.
Nikolais sonrió, negando suavemente.
—No le digas eso. Siempre quiere parecer más vieja porque dice que por esa razón nadie la trata de conquistar. Ella dice: “Busquen en Wikipedia, mi edad está ahí”.
Ambos rieron, dejando que el momento se volviera ligero otra vez.
—Creo que le gustó el hijo del señor Nelson —añadió Ángela.
—¿Cuál? No me digas… ¿el coronel?
—No creo que sea coronel. Es más bien teniente o segundo teniente. No estoy segura… pero coronel no es. Bien, entonces… terminaste con Francesca.
—Sé de rangos —respondió él con seguridad—. Sí, ya terminó.
—Es de la guardia nacional, no es policía.
Hubo un pequeño silencio.
Entonces, sin aviso—
—¿Te gustaría salir conmigo?
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Ángela no respondió. Sus ojos se fueron directamente hacia las niñas, como buscando refugio en algo seguro. Sintió la mirada de él sobre ella, fija, esperando. Su garganta se secó. Intentó aclararla, pero no salió sonido.
—Tuve una sola cita con Francesca antes de pedirle que fuera mi novia —añadió él, con una honestidad que no ayudaba a calmar los nervios.
El silencio se hizo más pesado.
Nikolais se levantó y se colocó frente a ella, bloqueando su vista. Ahora no había escape.
—Dime algo.
El silencio de Ángela lo calcomanía por dentro.
—Si me dices que me vaya, que no quieres nada conmigo, me iré —su voz bajó ligeramente—. Si me dices que me quede, me quedaré. Pero tienes que decidirte… hay un vuelo mañana temprano.
Hizo una pausa.
—Lo dejaría todo por ti.
Ángela levantó la mirada, sorprendida por la intensidad.
—¿Y si haces eso… quién te va a mantener?
—Tú, obvio —respondió sin perder el ritmo—. Con lo que ganas en el restaurante.
—¡Ah! —no pudo evitar sonreír. Estaba nerviosa, demasiado consciente de lo cerca que él estaba, de lo real que se sentía todo—. Tenerte enfrente no es cualquier cosa…
Bajó la mirada, respiró hondo.
—Quédate… si quieres —susurró.
—¿Dime? No escuché.
Ella frunció el ceño, mirándolo.
—Ya sé que lo escuchaste, Nikolais. No me hagas retractarme.
—¿Eso significa que me vas a mantener?
Ángela rodó los ojos, mirando al cielo.
—No. Vete a tu país y arregla tus negocios, Nikolais. Ni que fueras un… no sé, para yo mantenerte.
—Soy un príncipe.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Es una mirada de deseo?
—Vete a la mier…
—Cálmate, estoy bromeando. Adiós, pobre.
Se alejó con una sonrisa y fue hacia las niñas. Se subió a un columpio como si fuera uno de ellos. Darleni comenzó a empujarlo, riendo.
Ángela lo observó por un segundo más de lo necesario.
—¿Y en qué quedaron? —preguntó la señora Mercedes.
—Me invitó a salir… —respondió Ángela, aún procesándolo—. ¿No es raro? Un hombre que terminó con su novia… no sé, tal vez hace un día… y me invita a salir.
—Es raro —admitió—, pero es un príncipe. Sal con él, además es rico… algo le sacas.
—¡Señora Mercedes!
Ángela negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se le escapó.
(…)
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Editado: 21.05.2026