Ángela se quedó mirando fijamente a su futura ex amiga. Estaba segura de romper con aquello. No quería una persona como ella en su vida. No era malagradecida con Adalia; de hecho, haber tenido un buen final como amigas era todo lo que deseaba. Pero, poco a poco, había comenzado a sentir que, por alguna razón, Adalia había dejado de quererla de ese modo.
¿Cómo confiar en alguien así?
¿Qué tipo de pensamientos tenía una persona así?
No esperaría para averiguarlo. Se alejaría antes de que ocurriera algo peor.
—Me mentiste. Sabiendo las buenas intenciones de Nikolais, decidiste intentar alejarnos. Está bien, nuestro acercamiento no fue de la mejor manera, y tal vez lo pague… le quité el novio a una princesa, ¡sí! O no sé, tal vez ellos no eran el uno para el otro. Pero eso no te daba derecho a mentirme. Debiste apoyarme, pase lo que pase, porque al final la que era tu amiga soy yo. ¿Desde cuándo, Adalia? ¿Desde cuándo dejaste de querer ser mi amiga? Porque puedo buscar en mi memoria el momento exacto en que empezaste a comportarte así.
—Tú eres peor, Ángela. Primero dijiste que no le harías caso porque no querías destruir su noviazgo. ¿Que no eran el uno para el otro? Te le metiste por los ojos.
—¡Pero es que no entiendo! A pesar de todo, la que debiste apoyar era a mí, porque me conoces a mí… y eras mi única amiga.
—¡Chicas, no es hora de discutir, están trabajando! —Mauro salió de su oficina al escuchar el bullicio.
—Eres una cínica, Adalia. Si hubieses sido tú, pasaba lo mismo. Te entregas a él desde el primer momento. Al menos yo intenté no hacerle caso porque sabía que tenía novia. En cambio, tú te hubieras lanzado encima de él.
—¡Eso es mentira!
—Nos conocemos, Adalia. No es la primera vez que buscas hombres ricos para conseguir dinero. Yo pensé que éramos amigas de verdad… que tenía buenas cosas que pensar de ti, pero claro… no puedo confiar en alguien como tú.
—¿Qué? ¿Piensas que tu vida mejorará, que dejarás de trabajar aquí de la noche a la mañana?
—No lo sé… pero seré la mujer de un príncipe. Algo va a cambiar.
Ángela le quitó la bandeja y le dio la espalda para irse hacia la meseta, pero Adalia la empujó. Ángela cayó al suelo, golpeándose la frente contra el borde.
—¡Basta, basta! —gritó Mauro justo cuando Ángela se levantaba de golpe.
—¿Adalia, qué te pasa? Ángela no te ha hecho nada —Kevin tomó a Ángela del brazo—. Aléjate de ella, es peligrosa.
—Hazme un favor, Kevin: cállate. Tú no me conoces. Ella también me traicionó a mí.
—¿Cuándo? —Ángela comenzó a respirar agitada, con ganas de llorar.
—¿Y eso que acabas de hacer? Agredir por la espalda a alguien que te hablaba con la verdad es asqueroso. ¿Desde cuándo Ángela y yo somos novios?
—A saber yo… tal vez estoy destapando algo que pasa siempre.
—Adalia, no digas eso. Kevin está casado y tiene una bebé. Su matrimonio podría estar en peligro por tu maldita culpa —musitó Ángela mientras colocaba brownies en la bandeja.
—No me importa.
La chica se cruzó de brazos, tomó un brownie y se apartó a una esquina. Ángela se secó el rostro, tomó la bandeja y salió a repartir.
De pronto, uno de los hombres la tomó por la cintura, riendo. Ángela se volteó y, sin pensarlo, le golpeó con la bandeja, haciendo que los brownies cayeran al suelo.
—¡Oye! —gritó el hombre, llevándose la mano a la frente.
La música bajó. Todas las miradas se centraron en ellos.
—¡Si vuelves a tocarme así, te mato!
—¡Cálmate! —intervino otro hombre. Era el jefe de la empresa. Se acercó y miró a su compañero con severidad.
—¿Alberto, qué estás haciendo? ¿Ahora te vuelves como tu hermano? —susurró.
Alberto respiró hondo, se acomodó la chaqueta, miró a Ángela por última vez y se apartó.
—Lo lamento mucho —dijo el jefe.
—Él tiene boca. Debió disculparse —respondió Ángela, con la voz temblorosa.
—¡No lo haré nunca! No es mi culpa. Tú estás con esa falda corta, tratando de llamar mi atención.
—¡Mire, asqueroso! —gritó Maritza.
—¡Qué falta de respeto! Exijo hablar con su gerente.
—Si va a mencionar un nombre, diga Ángela Rodríguez —respondió ella, firme.
—Alberto, basta. No vamos a arruinar la fiesta. Muchas gracias por todo… sigan en lo suyo. ¡Suban la música! —ordenó el jefe.
Ángela frunció el ceño al ver la sonrisa burlona de Alberto. Luego, junto a Maritza, recogió los brownies del suelo y los tiraron.
—Qué pena… después de todo lo que has pasado, sigan ocurriéndote cosas así —dijo Maritza.
—Es horrible…
Ángela forzó una sonrisa y entró a la cocina. Se apoyó en una esquina… y se quedó paralizada.
—¿Qué pasa, Ángela? —preguntó Andrea.
—No es nada… no es nada malo —respondió con la voz entrecortada.
—Estás temblando, y eso no es normal.
—No llames a nadie…
Ángela se dejó caer al suelo, detrás de un estante lleno de ollas y utensilios.
—Está bien… pero dime qué puedo hacer.
—Es un ataque de ansiedad… estoy acostumbrada —susurró, tratando de respirar.
Andrea se fue y volvió con Kevin, quien le entregó una funda de papel.
—Respira aquí, Ángela. Despacio… eso es… tranquila.
Poco a poco, los temblores disminuyeron. Su respiración empezó a estabilizarse.
Maritza trajo agua, pero Kevin tuvo que sostener el vaso.
—¿Estará bien? —preguntó ella.
—Sí, lo estará… deja de pensar en todo eso, bebe un poco más.
—No es eso, Kevin… es que uno de los hombres…
—No, no, está bien —interrumpió Ángela, levantándose de golpe.
—Claro que no está bien —intervino Maritza—. Uno de los hombres la agarró de una forma que no le gustó, y luego la culpó por su ropa.
Mauro, desde la puerta, frunció el ceño.
—¿Qué rayos?
Salió apresurado.
—Ángela, debiste decírmelo —Kevin se inclinó hacia ella para sostenerla—. no quiero que vuelvas a sentirte humillada. Eres como una hermana para mí.
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Editado: 07.06.2026