Ángela tocó la puerta de la oficina de Mauro dos veces.
Del otro lado, el hombre seguía hablando por teléfono. Su voz era baja, apurada, de esas conversaciones que parecen más urgentes de lo que realmente son. Pero en cuanto escuchó la voz de ella, todo cambió.
—Disculpa… luego hablamos —dijo de inmediato.
Colgó sin esperar respuesta.
El silencio cayó pesado.
Mauro respiró hondo, se levantó de la silla y se acomodó la chaqueta como si también intentara ordenar lo que llevaba por dentro. Caminó hacia la puerta y la abrió.
Ángela entró despacio. Le dedicó una media sonrisa, suave, casi tímida, como si quisiera suavizar el ambiente antes de que las palabras empezaran a pesar.
—Hola, Mauro.
—Hola, Ángela.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, notando su rostro tenso.
Mauro bajó la mirada un instante antes de hablar.
—Vi tu mensaje… y no tienes que protegerme.
Tragó saliva.
—Yo hice algo horrible. Y estoy arrepentido.
Levantó la vista.
—Te vi ese día… allá atrás, entre los calderos… y entendí el daño que todo esto te dejó. Pensé que siendo duro contigo iba a aliviar mi culpa… pero solo la estiré. Y ya no puedo seguir así.
Su voz bajó un poco.
—La única forma de estar en paz… es asumirlo. Pedirte perdón.
Ángela negó suavemente con la cabeza.
—Mauro… ya fue suficiente con lo de ayer con ese hombre. De verdad. No vine por eso.
Su tono era firme, pero tranquilo.
—Y lo que voy a hacer ahora no es por tu culpa. No te preocupes. Ellos van a ir a la cárcel. No tendrás que acercarte a ellos… ni a la fiscalía.
Mauro frunció el ceño.
—A menos que pidan juicio… o testigos. Tú sabes cómo es esto.
—Lo mejor para ellos sería declararse culpables —respondió Ángela—. Un juicio solo alargaría lo inevitable. Las pruebas están ahí. Solo se necesitarán las cámaras del restaurante. Él no puede hacer nada para evitarlo.
Hizo una pausa breve.
—Y no tienes que mencionar lo de la familia. Con lo que hay es suficiente.
Mauro asintió lentamente, como si cada palabra le cayera encima.
—Entiendo… pero dime algo… ¿por qué dijiste que…?
Ángela exhaló, como si ya supiera hacia dónde iba la conversación.
—Es que… el príncipe Nikolais no quiere que siga trabajando aquí.
Mauro la miró de inmediato.
—¿Te está obligando a renunciar?
Ángela soltó una pequeña risa nerviosa.
—No. No es una orden. Es… algo que también estoy considerando.
Bajó la mirada por un momento.
—Este lugar me recuerda cosas que quiero dejar atrás. Quizás suene mal… pero creo que es lo mejor.
Mauro suspiró, resignado.
—Ya me lo esperaba… pero igual, ¿tan rápido? Tu novio es rico, Ángela. No tienes necesidad de trabajar aquí.
—Él lo sabe —respondió ella—. Pero no quiero depender de él.
—Algo hará, supongo —murmuró Mauro—. Mira… es verdad. No tienes por qué seguir aguantando todo esto. Podrías usar este tiempo en algo tuyo. Estudiar, hacer técnicos… crear algo propio. No es aprovecharte del príncipe, es avanzar con lo que tienes.
Sonrió un poco.
—Y bueno… ya vas a ser esposa de un príncipe.
Ángela soltó una risa leve.
—Solo… no nos olvides. Cuando quieran venir a comer, este lugar siempre será suyo.
—Lo tendré en cuenta —dijo ella con una sonrisa suave.
Mauro bajó un poco la voz.
—Por renunciar… solo se te pagará la mitad de lo acumulado. Es la política del lugar.
—Lo sé —respondió Ángela sin dudar—. Está bien. Es lo justo.
Mauro asintió.
—Bien… entonces siéntate. Vamos a hablar con el señor Nelson.
Ángela rió nerviosa.
—Oh sí… el señor Nelson. Espero que no se lo tome mal.
—No lo hará. Él quiere lo mejor para sus empleados —respondió Mauro—. Estará feliz por tu… cambio.
...
Kevin estaba apoyado cerca del príncipe Nikolais, mientras el ambiente en la cocina parecía más una conversación improvisada que trabajo real.
El príncipe sostenía un cucharón de aluminio y removía una habichuela hirviendo con una concentración casi exagerada.
Kevin lo observaba.
—Realmente no tienes que menearla tanto —dijo, intentando sonar casual.
—Las señoras no me dicen nada —respondió Nikolais sin mirarlo.
—Sí… y sé por qué no te dicen nada. Les da pena decirte que la vas a dañar si sigues así.
—¿Te dijeron que tú y Ángela eran novios?
Kevin lo miró sorprendido.
—¿Ángela no te dijo?
—Me dijo que era mentira… no sé. No creo que me mintiera, pero quería confirmarlo.
Hizo una pausa.
—Olvídalo.
—Sí, fuimos novios —respondió Kevin esperando ver si reacción, Nikolais soltó el cucharón y se cruzó de brazos.
Kevin sonrió mirándolo.
—Ángela no me mentiría.
—¿Eso crees? —Nikolais lo miró de reojo—. Tal vez solo tenía miedo de tu reacción y te mintió.
—¿Y por qué reaccionaría mal? Ex es eso un ex. Yo soy el que está ahora.
Kevin soltó una carcajada.
—Qué confianza, hombre.
Nikolais frunció el ceño.
—Es broma —añadió Kevin rápido—. Ángela y yo somos amigos desde hace tiempo, nada más.
Nikolais relajó un poco la postura, rodando los ojos.
—Ni sé por qué te creí.
Kevin se encogió de hombros.
—Es porque aún no confías del todo en ella.
—Sí confío —respondió él—. Confío tanto que estoy aquí. Hice todo sin dudar de ella.
Tomó el cucharón otra vez.
—Solo que… tu mentira fue bastante creíble.
Kevin sonrió.
—Me lo han dicho.
—¿Y cobras por eso?
—No. No podría hacer negocio con eso.
Nikolais lo miró curioso.
—Yo haría negocio con todo lo que vea posible —dijo—. Hablando de eso… quiero hacerle uno a Ángela. ¿Me ayudas?
Kevin lo pensó.
—A ella le gusta vender. Podrías hacer algo para eso… ropa, maquillaje, joyas. Eres famoso, cualquier cosa se hace viral.
—¿Viral?
—Sí. En Dinamarca todos te conocen. Aquí no tanto porque no sales en noticias.
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Editado: 07.06.2026