Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

41. Pizza, mareo y regalos

Ángela observaba desde una esquina junto a la esposa de Kevin y la princesa Alisa mientras los tres hombres y las dos niñas gritaban cada vez que la máquina descendía de golpe.

—Yo no entiendo cómo pueden subirse a eso —cuestionó la princesa haciendo una mueca de disgusto cada vez que el juego bajaba violentamente.

—Yo tampoco, de verdad. Eso es una pérdida de dinero —comentó Ángela.

La bebé dormía tranquilamente en el cochecito, bien arropada mientras las luces del parque iluminaban su pequeño rostro.

—Pues se ve divertido —murmuró la esposa de Kevin.

Alisa y Ángela voltearon a verla al mismo tiempo.

—No me digas que estás pensando montarte en eso —Ángela abrió los ojos exageradamente.

—¡No, no! ¿Cómo crees? Pero sí… se ve divertido.

—Tenemos que seguir haciendo resistencia. Ellos ya se han montado en como cinco juegos y nosotras aquí aburridas, y ni siquiera han comprado algo de comer —se quejó Ángela cruzándose de brazos.

Justo en ese momento Nikolais, Kevin y Gabriel regresaron riéndose junto a las niñas.

—Ese fue el más divertido de todos, ¿no creen? —dijo Kevin apenas llegó frente a ellas.

Las tres mujeres seguían con los brazos cruzados.

—Sí, definitivamente fue mi favorito —añadió Nikolais.

Gabriel le dio un golpe amistoso en ambos hombros y los tres terminaron mirando las caras largas de las mujeres.

—¿Qué sucede? —preguntó Kevin.

—Tenemos hambre —contestó Alisa—. Ya no sabemos ni qué hacer.

—Con el mareo que tengo, si como ahora mismo voy a terminar vomitando —comentó Nikolais riéndose.

Kevin y Gabriel afirmaron enseguida.

—Sí, yo también estoy mareada —dijo Darleni.

—Cojan ahí por estar montándose en esas cosas —respondió Ángela.

Luego volvió a cruzarse de brazos. Nikolais le lanzó un beso al aire antes de empezar a caminar buscando mesas libres.

—Yo no me siento mareada —dijo Darlin.

Todos giraron a verla.

—¿En serio? Eres resistente entonces —dijo Ángela abrazándola mientras caminaban.

—Sí, solo tengo hambre.

—Eso significa que vamos a comer —Ángela miró a los demás, que tenían cara de sufrimiento—. Realmente no me importa. Vomiten si quieren. Ustedes tres creen que todavía tienen veinte años.

—Pero Darleni también tiene náuseas, eso significa que no es por jóvenes —se defendió Nikolais.

—Yo sí puedo comer, no importa —dijo la adolescente encogiéndose de hombros—. Compren pizza.

Los tres hombres arrugaron el rostro inmediatamente.

—¿Ven, viejitos? —soltó Ángela divertida.

Encontraron una mesa y todos se sentaron. Nikolais mandó a Ángela, a la esposa de Kevin y a Alisa a comprar comida alegando que ya no podían caminar porque sentían que iban a “vomitar la hiel” en cualquier momento.

Ángela negó con el ceño fruncido.

—Yo te pago otra vez para que te montes en eso, Nikolais.

La esposa de Kevin le dio un beso a Kevin y acomodó el cochecito al lado de la mesa. Alisa soltó una carcajada al ver la cara de borracho mareado que tenía Gabriel antes de irse junto a las demás.

Cuando se quedaron solos, Nikolais miró a Gabriel.

—¿Sabes qué? Yo pensé que tú no me ibas a agradar.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? Yo pensé que te había caído bien desde que te rescaté en la hacienda. Por cierto, es Gabriel.

—Sí, sí… soy un poco malagradecido. Pero lo pensé.

—No te preocupes. Prometo cuidarla.

—No lo digo por eso. Sé que eres buen muchacho. Solo que… Ángela piensa que eres muy atractivo. Y la esposa de Kevin también —dijo señalándolo.

—Sí —confirmó Kevin mientras acomodaba a la bebé incómoda en el cochecito.

Gabriel soltó una carcajada.

—Dios… eso no me lo esperaba.

—Sí, esas mujeres son un caso. Suspiran contigo. Y ellas también —señaló a las dos niñas que estaban concentradas viendo videos en el celular de Nikolais.

Gabriel siguió riéndose.

La bebé despertó llorando y Kevin intentó calmarla rápidamente.

—Ay, se despertó de mal humor. Está sintiendo nuestra mala vibra y los vómitos —comentó Nikolais.

Kevin se rio despacio, pero enseguida hizo una mueca porque hasta reír le provocaba arcadas.

Nikolais y Gabriel terminaron riéndose más fuerte al ver el rostro morado de Kevin.

—Ríete, hombre.

—No puedo…

—¿En serio?

Kevin cargó a la bebé y ella se calmó inmediatamente en sus brazos, entretenida con las luces brillantes de los juegos.

—¿Y ustedes tres de qué se ríen? —preguntó Ángela llegando con las cajas de pizza.

Las puso sobre la mesa mientras la esposa de Kevin preparaba la fórmula de la bebé. Las cinco comenzaron a comer delante de ellos, disfrutando cada mordida lentamente.

Lo peor era que los tres hombres sí tenían hambre… pero el estómago todavía les daba vueltas.

De pronto los tres se miraron entre ellos, se dijeron algo en voz baja y se levantaron al mismo tiempo.

—¿Y ahora a dónde van? —preguntó Alisa.

—Queremos vomitar, pero también tenemos hambre. No nos vamos a quedar aquí sufriendo, no señor —contestó Kevin.

—Vayan, viejitos —dijo Alisa.

—Alisa, te estás saliendo de tu casilla. Mira que te mando de vuelta a Dinamarca —respondió Nikolais.

Ángela lo miró con el ceño fruncido.

—Yo quisiera saber a dónde van ustedes.

—A buscar nuevas esposas que sí nos quieran de verdad —contestó Kevin.

Su esposa le lanzó una mirada de desaprobación y Alisa soltó la pizza cruzándose de brazos.

—Siéntate, Nikolais, y cómete un pedazo —ordenó Ángela seriamente.

—Que voy a vomitar, mujer.

—No me importa. Siéntate, cómete el pedazo y vomita después si quieres.

Nikolais arrugó el rostro.

—Chicos… misión fallida.

Los tres volvieron a sentarse.

Nikolais miró a Ángela casi suplicándole con la mirada, pero ella sabía perfectamente que no estaban realmente enfermos; solo estaban asustados por el mareo.




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