Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

42. Mensaje en la pared

La fiesta terminó a las diez y media de la noche. Pasaron por diferentes juegos, se tomaron fotografías y, por si fuera poco, a Kevin se le ocurrió comprar un Brugal dominicano para que el príncipe Nikolais lo probara.

Grave error.

El alcohol le pegó muchísimo más fuerte de lo esperado y terminaron llevándolo prácticamente arrastrado hasta el hotel donde Alisa se quedaría esa noche.

—Este hombre no tiene remedio… —Kevin no podía aguantar la risa viendo a Nikolais hablar disparates mientras Ángela le pasaba un pañuelo húmedo por el cuello y la frente.

—Definitivamente la champaña y el Brugal son cosas muy diferentes —comentó Gabriel.

Él tampoco estaba completamente sobrio; su voz sonaba extraña y arrastrada.

Kevin soltó una carcajada y, sin entender exactamente qué estaba pasando, Nikolais empezó a reírse también.

—Bueno, bueno… ¿pero qué es esto? —murmuró la esposa de Kevin mirando primero a su esposo y luego a Nikolais.

Ángela negó con la cabeza divertida.

—Amoo… yo no estoy ebrio. Hola… —Nikolais intentó acomodarle un rizo detrás de la oreja, pero sus manos eran completamente inútiles en ese estado.

Seguía insistiendo en que no estaba borracho mientras apenas podía coordinar los movimientos.

Ángela volvió a negar con la cabeza, sonriendo.

Las niñas ya se habían acomodado en la cama del centro de la habitación y la esposa de Kevin acostó a la bebé junto a ellas.

—No creo que nos dejen amanecer todos aquí en la misma habitación —comentó Ángela mirando alrededor.

—Kevin está borracho y ni hablar de Gabriel. ¿Quién va a conducir? —preguntó la esposa de Kevin señalando a los hombres, que ahora estaban burlándose de las luces parpadeantes de una lámpara.

—Yo todavía no sé manejar —comentó Alisa.

—De todos modos debes quedarte aquí. ¿A quién fue que se le ocurrió traernos?

—Dale ese crédito a Kevin —contestó la princesa quitándose los tacones y lanzándolos al suelo.

—La dirección estaba puesta. Él solo siguió lo que decía la voz del GPS y nosotras no dijimos nada —añadió la esposa de Kevin.

—Es verdad. Debimos decirle que nos llevara a mi casa. Allí al menos no tendríamos problemas.

—Pero nadie ha venido a investigar nada, así que supongo que podemos quedarnos. Aunque puedo averiguar si hay otra habitación.

—No, está bien. Yo solo necesito una almohada. Tú duerme con las niñas por si la bebé se despierta —dijo Ángela señalando a la esposa de Kevin—. Alisa, vas a dormir por primera vez en un mueble.

Le señaló el sofá de la habitación y la princesa simplemente se encogió de hombros.

—Nikolais se queda ahí mismo en el suelo por borracho. Y detrás van sus secuaces.

—Yo creo que ellos ni saben dónde están —comentó la esposa de Kevin mientras cargaba a la bebé para darle pecho.

—No lo dudes. Vamos a comprobarlo.

Ángela se acercó a Nikolais y le dio pequeños golpes en el hombro.

—Nikolais… ¿cómo te llamas?

El joven levantó apenas la cabeza.

—Nicho.

Alisa soltó una carcajada inmediata.

—¿Te llamas Nicho?

Luego miró hacia Gabriel, que dormía sentado torcido en una silla.

—Le va a doler el cuello.

—Vamos a tirarlos al suelo a los tres. Se lo merecen.

Entre Ángela y Alisa arrastraron a los hombres hasta una esquina de la habitación y los dejaron acostados juntos.

—Ya verán mañana cuando se despierten preguntando cómo llegaron ahí. Nadie diga nada.

—Está bien —respondió Alisa riéndose mientras caminaba hacia el sofá.

Ángela tomó una almohada y se acostó boca arriba sobre la alfombra.

—Estoy en el suelo… pero esto se siente cómodo. O sea, el ambiente.

—Sí, tienes razón.

Hubo unos segundos de silencio.

—Mi casa está sola. Espero que nadie entre a robar.

—Nadie hará eso.

—Si conocieras mi barrio dirías lo contrario.

—No te preocupes. De todos modos mañana te mudas a la nueva casa de Darlin.

Alisa soltó una pequeña risa.

—Tu hermano es un caso serio, Alisa.

Ángela sonrió suavemente, cerró los ojos y poco a poco el sueño terminó venciendo el cansancio.

Al día siguiente, el primero en despertar fue Gabriel.

A las cinco en punto ya estaba abriendo los ojos; estaba acostumbrado a levantarse temprano por el trabajo. Pero cuando notó que no estaba en su casa, se levantó de golpe y terminó tropezando con Nikolais.

El ruido despertó al príncipe inmediatamente.

—¿Qué pasa? —murmuró todavía medio dormido.

Gabriel lo miró confundido.

—¿Quién eres?

—No lo sé.

—¿Nikolais? Dios… debo prepararme para ir a trabajar.

—Lo siento, es mi culpa.

—¿Por qué?

—No lo sé… quiero vomitar.

Gabriel soltó una carcajada.

—Yo también. Ah… ya recuerdo. Nos emborrachamos.

—¡Ah! Es verdad. Bueno… no recuerdo bien, pero sí pasó.

Nikolais se levantó sintiendo la cabeza enorme. Se sostuvo el rostro con ambas manos y accidentalmente pateó a Kevin.

Kevin despertó de golpe.

—¡Ángela!

—Kevin, cállate, vas a despertar a las niñas —murmuró Ángela desde el suelo.

—Es que nos van a botar del trabajo.

—A ti solo. Yo renuncié hace una semana. Además son las cinco de la mañana.

Ángela se incorporó mirando el reloj de la mesa de noche.

La bebé empezó a llorar y terminó despertando a todos.

—Yo debo irme. Tengo que prepararme; entro al pelotón a las seis y media —comentó Gabriel buscando la puerta.

—¿Eres sargento? —preguntó Ángela sorprendida.

Nikolais se acercó a ella y prácticamente se dejó caer abrazándola.

—Sí, desde hace un año —respondió Gabriel.

—Qué bien.

—Princesa, siento mucho si anoche tuve un comportamiento raro. No suelo beber tanto —dijo Gabriel mirando a Alisa.

—No te preocupes. El que más hizo el ridículo fue Nikolais.

Nikolais se separó de Ángela lentamente.

—¿En serio? Qué vergüenza. No vuelvo a beber jamás, te lo juro.




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