Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

43. Ojos en la oscuridad

Ángela agarró a Nikolais por un brazo para intentar calmarlo. Su madre le había dicho que olvidara aquello, pues no podían saber con certeza si esos delincuentes eran los responsables. Aunque una amiga le había comentado que cierto hombre había hablado de romper una puerta, tampoco sabía si se refería específicamente a esa casa.

—¿Pero, Ángela, cuál otra casa? ¿Acaso hay más casas con la puerta rota? No lo hago por las cosas que se llevaron, porque eso puedo volver a comprarlo. Lo que me molesta es la falta de respeto. Ángela, tú vives aquí, naciste aquí, y mira lo que hicieron.

—Nikolais, hay gente así en el barrio. De eso se trata. Somos personas de bajos recursos y algunos harían lo que fuera por conseguir lo que necesitan —dijo ella, sujetándolo del brazo—. Además, tampoco podemos asegurar que fueron ellos.

—No, no es justo que esto se quede así. Voy a llamar a Gabriel.

Nikolais sacó el celular y marcó el número de Gabriel. Al no obtener respuesta inmediata, le envió un mensaje.

"¿Puedes venir a la casa de Ángela? Le han robado y escribieron cosas horribles para ella. Te mando la dirección en un momento."

—Yo te voy a decir dónde viven. Vamos, sé quiénes son —intervino la madre de Ángela.

Ángela negó con la cabeza.

—Mami, por favor, olvídalo. No quiero problemas.

—Hija, tu novio tiene razón. Ellos nos conocen. Además de robarte, te faltaron el respeto. Mira lo que escribieron.

La mujer negó con la cabeza y miró a Nikolais.

—Vamos.

Ambos salieron de la casa y se montaron en el vehículo. La madre de Ángela le indicó la dirección mientras conducía. Minutos después se detuvieron en una esquina desde donde podían ver a varios hombres reunidos, conversando y riéndose.

—¿Crees que fueron ellos? —preguntó Nikolais.

Los observó con atención. No se parecían a los delincuentes que había imaginado. Esperaba encontrar hombres con apariencia intimidante, pero veía jóvenes aparentemente normales, algunos con tatuajes y otros simplemente conversando como cualquier vecino.

—Son los únicos delincuentes de esta zona. Son quienes controlan este lado del barrio.

—Voy a bajar. Solo quiero hablar con ellos.

—No deberías hacer eso. Esa gente es peligrosa. Espera a tu amigo.

—No puedo esperar. Necesito investigar. Además, seré educado.

Nikolais salió del vehículo y caminó hacia el grupo. La madre de Ángela permaneció dentro para evitar que la reconocieran.

—Hola.

Algunos respondieron el saludo; otros simplemente lo observaron.

—¿Ese carro es suyo? —preguntó uno.

Nikolais asintió.

—No debería estar por aquí, gringo. ¿Está perdido?

—No, para nada. Conozco parte de este lugar.

—Entonces, ¿qué busca? Vino directamente hacia nosotros.

—Hubo un robo en una propiedad cerca de aquí.

—¿Y usted piensa que fuimos nosotros?

—La gente dice cosas.

—La gente puede decir toda la mierda que quiera. Nosotros vendemos, no robamos. Puede que existan algunos ladroncillos por ahí, pero no roban dentro del barrio. Yo me encargo de eso.

—Entonces, ¿cómo es que vacían una casa entera y nadie se entera? Al parecer no tienes tanto control sobre tu gente.

El hombre lo observó fijamente.

—Mira, gringo. Eres valiente por venir aquí a señalarme por algo que no sé, pero no voy a aceptar que me eches esa culpa.

—No te culpo. Solo digo que alguien entró a tu territorio, robó una casa y ustedes no lo supieron. Vaya control.

Nikolais cruzó los brazos.

El hombre se levantó lentamente de la silla.

—No hubo ningún robo. Este gringo solo quiere atención.

Uno de los hombres sacó un arma y la acarició con la mano.

—Dale la atención que quiere.

—Adelante —respondió Nikolais sin moverse—. Pero sí hubo un robo. Se llevaron hasta la caja de fósforos y escribieron mensajes en la pared de la casa de mi novia. Fue algo personal. Ya llamé a un colega para investigar, aunque se supone que los que tienen el control aquí son ustedes. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Dime Deivi.

El hombre se volvió hacia los demás.

—El gringo dice la verdad. No tiene sentido venir aquí a inventar algo así. Alguien robó una casa y yo no sé nada de eso. ¿Qué está pasando? ¿Desde cuándo dejamos de enterarnos de lo que sucede en nuestro propio barrio?

El ambiente cambió por completo.

Deivi arrebató el arma a uno de sus compañeros.

—¿Quiere llevarme a la casa?

—Claro.

Junto a otros tres hombres siguieron a Nikolais.

Cuando llegaron, Gabriel ya se encontraba allí acompañado por seis agentes armados.

Los dos grupos se observaron en silencio.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Gabriel.

—Una pandilla. Y no fueron ellos.

Nikolais señaló las frases escritas en la pared.

Deivi las leyó detenidamente.

—Eso es una cobardía. Escribirle esas cosas a una mujer... Esto fue personal. Alguien que conoce a la dueña de la casa.

Al girarse, se encontró frente a frente con la madre de Ángela.

—Ángela no merece pasar por esto.

—Sí, pero César dijo que ustedes hablaban de romper una casa.

—¡Ese maldito César! Ese viejo me va a meter en problemas algún día.

Negó con la cabeza.

—Conozco a Ángela desde niño. Nos criamos juntos. Ni por un millón de pesos le haría algo así.

En ese momento, Ángela salió de la habitación.

—Fuimos compañeros de escuela. Deivi es un amigo de la infancia.

—Y también fui un hombre enamorado de ti durante años —bromeó él, mirando a Nikolais—. Pero ella nunca me hizo caso.

Ángela sonrió apenas.

—Yo sé que nunca lo harías, Deivi. Pero alguien sí lo hizo y quería hacerme daño.

Señaló las palabras escritas en la pared.

Deivi las observó una vez más.

Su expresión cambió.

—Voy a subir para arriba.

—No —lo interrumpió Ángela—. No te metas en problemas con esa otra banda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.