La conversación con Magaly dejó a Ángela inquieta el resto de la tarde.
Intentó concentrarse en otras cosas mientras Gabriel continuaba investigando y Nikolais hablaba con varias personas por teléfono, pero las palabras de su vecina seguían regresando una y otra vez a su mente.
"Ese hombre fue quien intentó hacerme daño."
Todavía le costaba creer que, después de todo lo ocurrido meses atrás, Antonio Tapia pudiera seguir pendiente de ella.
—¿Estás bien? —preguntó Nikolais acercándose.
Ángela levantó la vista y asintió.
—Sí.
—Estás mintiendo.
Ella sonrió con cansancio.
—Un poco.
Nikolais se sentó a su lado.
—Gabriel va a encargarse de eso.
—Lo sé.
—Y yo también.
Ángela observó la casa una vez más.
Las paredes rayadas.
La puerta rota.
Los cajones abiertos.
Las cosas desaparecidas.
Aquella casa había sido humilde, pero era su hogar.
Allí había pasado gran parte de su vida. Había visto crecer a sus hermanas, había compartido incontables momentos con su familia y había aprendido a salir adelante incluso cuando las cosas parecían imposibles.
Ni siquiera los ladrones podían llevarse esos recuerdos.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó de repente.
—¿Qué?
—Que no estoy triste por las cosas que se llevaron.
—Entonces, ¿por qué estás triste?
Ángela bajó la mirada.
—Porque siento que me echaron de mi casa.
Nikolais no respondió de inmediato.
Simplemente tomó su mano.
—Nadie te está echando de ningún lugar.
—Ya no quiero dormir aquí.
—Y no tendrás que hacerlo.
La joven apoyó la cabeza en su hombro.
Por primera vez desde que había descubierto el robo, sintió ganas de llorar.
No por las pérdidas materiales.
Sino porque aquella etapa de su vida estaba terminando.
Al día siguiente comenzaron a recoger lo poco que había quedado.
Las niñas corrían de un lado a otro ayudando como podían.
Darling insistía en cargar una caja más grande que ella.
—Mira, Ángela, yo puedo.
—Darlini, esa caja pesa más que tú.
—Pero soy fuerte.
—Claro que sí —rió Ángela—. Eres la más fuerte de todas.
La niña sonrió orgullosa.
Mientras tanto, su hermana menor se dedicó a rescatar juguetes, cuadernos y algunas fotografías familiares que milagrosamente no habían desaparecido.
Varias vecinas se acercaron a despedirse.
Algunas llevaron comida.
Otras ofrecieron ayuda.
Incluso quienes apenas hablaban con Ángela se detuvieron para desearle suerte.
Aquello la conmovió más de lo que esperaba.
—Te vamos a extrañar.
—Yo también.
Y era verdad.
El barrio tenía problemas.
Muchos problemas.
Pero también era el lugar donde había crecido.
Donde conocía cada calle.
Cada colmado.
Cada vecino.
Era el único hogar que había tenido durante años.
Cuando el vehículo estuvo listo, Ángela regresó una última vez al interior de la casa.
Las habitaciones estaban vacías.
El eco de sus pasos resonó suavemente.
Miró alrededor en silencio.
Recordó las tardes jugando con sus hermanas.
Las noches calurosas sin electricidad.
Las conversaciones con su madre en la cocina.
Las risas.
Los llantos.
Los momentos en los que creyó que no podría seguir adelante.
Y, aun así, había seguido.
Aquella casa había visto la mejor y la peor versión de ella.
—Gracias —susurró.
No sabía exactamente a quién se lo decía.
Quizás a la casa.
Quizás a Dios.
Quizás a la vida.
Luego salió y cerró la puerta.
Sin mirar atrás.
El trayecto fue más tranquilo de lo que esperaba.
Las niñas estaban emocionadas hablando sobre sus futuras habitaciones.
Nikolais conducía mientras escuchaba cada una de sus ocurrencias.
—Yo quiero una cama rosada.
—Yo quiero una cama de princesa.
—Las dos quieren camas de princesa —comentó Ángela.
—Entonces tendremos dos camas de princesa —respondió Nikolais.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó él mirándola por un instante.
Ángela observó por la ventana.
El paisaje iba cambiando poco a poco.
Las calles conocidas quedaron atrás.
El barrio desapareció en la distancia.
Pensó durante unos segundos.
—Paz.
Nikolais la miró.
No dijo nada.
Solo tomó su mano.
Y continuó conduciendo.
Cuando finalmente llegaron, el sol comenzaba a descender.
Los tonos anaranjados iluminaban los árboles y el jardín.
Las niñas fueron las primeras en bajar.
Corrieron hacia adelante gritando de emoción.
Ángela permaneció unos segundos dentro del vehículo.
Observando.
Respirando.
Intentando asimilar que aquel lugar sería ahora su hogar.
Después de todo lo ocurrido, le parecía extraño pensar en la palabra hogar.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, también le parecía posible.
Nikolais abrió la puerta.
—¿Lista?
Ella lo miró.
Luego observó nuevamente la casa.
Y sonrió.
—Creo que sí.
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Editado: 07.06.2026