Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

45. La primera noche

Ángela echó un vistazo a toda la casa junto a sus hermanas.

Todavía le parecía extraño estar allí.

Está mañana había abandonado la casa donde había vivido durante años y, aunque estaba feliz por aquel nuevo comienzo, una parte de ella seguía inquieta. Las palabras de Magaly no dejaban de rondarle la cabeza.

"Ese hombre ha estado pendiente de ti."

Sin darse cuenta, observó a Darling y a su hermana menor mientras corrían por la casa explorando cada rincón.

¿Qué tanto había visto Antonio?

¿Las habría observado también?

La idea le produjo un escalofrío.

Sacudió la cabeza intentando apartar aquellos pensamientos y volvió a concentrarse en el lugar.

La propiedad era enorme.

Tenía ocho habitaciones, cada una con su propio baño, una cocina espaciosa, un patio trasero con piscina y un patio delantero que fue lo que más le gustó de todo.

A la izquierda había un jardín y, a la derecha, un pequeño parque que le recordó aquel donde habló por primera vez con Nikolais en la hacienda del señor Nelson. Podría decirse que era parecido, aunque aquí no había monte ni culebras. Más allá se veía el sol iluminando dos árboles de mango con una hamaca amarrada entre ambos. Después venían otros terrenos separados por una división natural.

Al frente crecían más árboles que dejaban pasar una agradable brisa y el camino por donde habían entrado estaba rodeado de pequeños arbustos.

Ángela pensó que Nikolais se había esmerado demasiado con todo aquello.

Y ni siquiera estaba hablando solo de la casa.

Era de dos plantas.

Las habitaciones estaban arriba y abajo había una sala de juegos, la única habitación completamente equipada por el momento. También había otra habitación vacía cuyo propósito desconocía, una sala enorme con un televisor gigantesco y un espacio central tan amplio que ni siquiera sabía cómo podrían llenarlo.

¿Cuántos muebles harían falta para ocupar todo aquello?

—¡Nikolais, te pasaste! —exclamó al llegar a la sala.

—¿No te gusta?

—Es muy grande.

—Bueno, está bien. Te compraré una más pequeña. Recuerda que esta casa no es tuya, es de Darling.

—Es verdad —respondió la niña con una sonrisa.

—¿Por qué mencionas su nombre con ese acento al final? —preguntó Ángela colocándose frente a él con los brazos cruzados.

—¿Te vas a burlar de mi acento danés? A veces se me olvida que soy dominicano. Darlin.

—Exacto.

Ángela soltó una carcajada.

—Bueno, siento mucho todo lo que has pasado. Quizás es un poco triste que se hayan robado todas tus cosas.

Hizo una pausa.

—Tus pantaletas.

Ángela volvió a reírse.

Pero la sonrisa desapareció tan rápido como llegó.

Recordó quién podía tener ahora aquellas pertenencias.

Nikolais lo notó enseguida.

—¿Qué pasa?

—Es que... hablé con mi vecina por WhatsApp en la mañana. Me dijo que probablemente quien tenga mis cosas sea esa persona.

—¿Cuál persona?

—El hombre que intentó abusar de mí.

La expresión de Nikolais cambió de inmediato.

—¿Me estás hablando en serio, Ángela? Por Dios...

Se pasó una mano por el rostro.

—Voy a llamar a Gabriel.

—No, espera. Tengo que ir a la fiscalía.

—No vas a hacer nada sola. Déjanos encargarnos de eso. ¿Cómo se llama?

—Antonio Tapia. Y también pregúntale qué ha pasado con la denuncia que hice.

—Está bien.

Nikolais sacó el celular y comenzó a escribir.

Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en todo aquello.

¿Cuánto tiempo llevaba ese hombre observándola?

¿Sabía dónde trabajaba?

¿La había seguido hasta el barrio?

¿Y las niñas?

La sola idea hizo que sintiera un nudo en el estómago.

—Ángela, mañana vendrán unas personas para instalar cámaras de seguridad. También llegarán varias cosas para la casa y para las habitaciones.

Miró alrededor.

—Y hoy vamos a dormir...

Hizo una pausa teatral.

—Hoy vamos a acampar.

Las niñas lo miraron confundidas.

—¿Acampar?

—Sí. Dentro de la casa porque no tenemos carpas.

Las tres soltaron una carcajada.

Poco después se sentaron en el suelo, justo en el centro de la sala.

La madera todavía conservaba el calor del día.

—Nikolais, siento mucho que estés pasando por esta situación. En tu país estarías acostado en tu cama hace rato, bien calentito y arropado, tus trabajadoras sirviendo te, dándote cosas de príncipe —se disculpó Ángela mientras lo observaba desde el suelo.

Él se sentó a su lado y besó su mejilla.

—No me importa nada de eso. Duermo todos los días en una habitación de hotel y lo único que quiero es que amanezca para poder estar a tu lado. Realmente no me interesa nada de eso. La vida contigo es más...

Se quedó pensando unos segundos.

—Yo diría que es más divertida. Más asombro.

Ángela sonrió.

—En mi vida me había imaginado dormir en el piso, pero la primera vez...

—Estabas ebrio —lo interrumpió ella entre risas.

Las niñas se acomodaron sobre algunas de las cajas y regalos que habían logrado rescatar.

—No me lo recuerdes, por favor. Vomité el alma al día siguiente.

—Estabas hablando muchísimo disparate. Me decías: "noooestoyebrio".

Ángela intentó imitar su voz y las niñas estallaron en carcajadas.

—Ay, no. Yo no hablo así.

—Claro que sí, cuando estás borracho.

Nikolais la miró divertido y volvió a besar su mejilla.

—¿Cuándo me vas a dar un beso en la boca?

Ángela soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Sigue esperando.

—Eso hago todos los días.

Antes de que pudiera responderle, el sonido del timbre llamó la atención de todos.

Nikolais tomó en brazos a la menor de las niñas y fue a abrir la puerta.

Al otro lado estaban Alisa y Gabriel, cargando varias bolsas grandes.

—Hola —saludaron ambos.




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