Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

46. La inauguración

Ángela se despertó a las siete en punto cuando sonó la alarma de su celular.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, confundida.

Luego recordó dónde estaba.
Habían pasado su primera noche en la nueva casa.
La enorme sala seguía medio vacía. Varias colchas estaban extendidas sobre el suelo y algunas cajas permanecían apiladas cerca de una pared.

La noche anterior habían improvisado una especie de campamento dentro de la casa.
A su lado, Darlin seguía profundamente dormida.
La pequeña abrazaba una almohada contra el pecho y tenía el cabello completamente revuelto.
Ángela sonrió.

Más allá ya no estaba Darleni.
Seguramente había sido la primera en levantarse.
Con cuidado se incorporó para no despertar a la niña y caminó hacia el baño.

Al menos el lavamanos ya tenía agua y alguien había comprado cepillos y pasta dental.
Se cepilló los dientes y se lavó el rostro varias veces con agua fresca.

Cuando terminó, escuchó la puerta abrirse.
Al voltearse encontró a una adormilada Darlin bostezando.

—Buenos días, dormilona.
La niña apenas respondió con otro bostezo.
Ángela le señaló uno de los cepillos nuevos y la esperó mientras se arreglaba.

Poco después ambas salieron juntas del baño y bajaron las escaleras.
La casa parecía otro lugar.
Personas entraban y salían cargando cajas, muebles y herramientas.

—Hola, buenos días —saludó Nikolais desde la antesala.

Tenía una cafetera nueva entre las manos mientras intentaba entender algo que Darleni le explicaba. Finalmente se rindió, le entregó la cafetera a la adolescente y caminó directamente hacia Ángela.
La abrazó con fuerza.

Luego le dio un beso en la mejilla y acomodó algunos mechones rebeldes de su cabello.
Después revolvió el cabello de Darlin.
La pequeña sonrió.

—¿Cuándo pasó todo esto? —preguntó Ángela observando el movimiento dentro de la casa.

—Es una empresa que se dedica a esto. Gabriel me la consiguió. Me preguntaron cuántas personas vivirían aquí, los colores que les gustan para las habitaciones y cómo quieren decorar la casa.

Se encogió de hombros.
—No quise despertarte, así que Darleni me ayudó.
—¿En serio?

—Sí. Ah, otra cosa. Tu hermana te compró unos jeans, una blusa, dos vestidos y algunas cosas más para que puedas ir al curso.

—Vaya... es bastante. ¿Y los vestidos para qué son?
—Para la inauguración de las fábricas.

Ángela parpadeó.
—¿Es hoy?
—A las tres de la tarde. Por eso tendrás que intentar salir más temprano del curso.

—Claro que sí.
—Y otra cosa. Alisa quiere tener una habitación aquí hasta que compre su propia casa.

—Ni siquiera tienes que preguntarme eso. Sabes que le diré que sí.

—Ángela, cariño, no te estoy preguntando a ti.
Miró a Darlin.

—Estoy hablando con la dueña de la casa. Recuerda que todavía no nos hemos casado.
Ángela le dio un suave golpe en el hombro antes de alejarse hacia la cocina.
Nikolais sonrió.

—Yo digo lo mismo que Ángela —declaró Darlin con importancia.

—Perfecto. Entonces tenemos permiso oficial.
Más tarde, mientras Ángela asistía al curso, Nikolais llevó a las niñas de compras.

Necesitaba ropa para la inauguración y, para su desgracia, había decidido dejar que ellas escogieran.
—¿Y este? —preguntó por décima vez.

—El negro se te ve más guay —respondió Darleni.
—¿Qué significa guay?
—Es una expresión de España.
Darlin la miró.

—¿Y para qué la usas si no eres española?
—Porque puedo decir lo que me dé la gana mientras sepa lo que significa.

Nikolais decidió ignorar la discusión.
Regresó al probador y salió unos minutos después usando un pantalón negro, una camisa rosa, una corbata negra y una chaqueta negra.

—¿Qué tal?
—Perfecto —dijo Darleni.
—La camisa la elegí yo.

—¿Y por qué la corbata también tiene que ser negra? —protestó Darlin cruzándose de brazos.

Nikolais intentó mirarse a sí mismo y luego recordó que tenía un espejo justo al lado.

—Una blanca no combina y una rosa sería demasiado rosa —intervino Darleni—. Déjalo así.

—Está bien —aceptó Nikolais—. La próxima vez tú eliges todo mi atuendo.

Darlin sonrió inmediatamente.
—¿Y cuándo será esa próxima vez?

—Pronto.
Nikolais volvió al probador, se cambió y entregó la ropa seleccionada a la encargada.
O, mejor dicho, la ropa que Darleni había seleccionado.

Unos minutos después abandonaron la tienda para seguir comprando otras cosas.

Ángela miró el reloj.
Las dos y media de la tarde.

Se levantó de su asiento y entregó la invitación a la maestra como prueba de que tenía un compromiso importante.

La mujer sacó la tarjeta del sobre y comenzó a leerla.
—Tu novio va a inaugurar unas fábricas. ¿De qué son?
—¿Cómo lo sabe?

—Está escrito aquí detrás.

Ángela abrió mucho los ojos.
Nikolais había añadido una nota personal suplicando que la dejaran salir temprano.
Menos mal que ella no había abierto el sobre.
De lo contrario jamás se lo habría entregado a la profesora.

—Ah, sí. Son fábricas textiles. Realmente no sé mucho sobre eso.

—¿Es el joven que siempre viene a buscarte?
—Sí.
—Es bastante guapo.
Ángela soltó una pequeña risa.

—Está bien. Nos vemos mañana.
—Gracias por todo.

Salió rápidamente del aula y recorrió el pasillo hasta llegar al exterior del edificio.
Sacó el teléfono y llamó a Nikolais.

Él respondió en apenas unos segundos.
—Hola.

—Sé que estás ocupado, pero ¿podrías venir a buscarme o mandar a alguien?

—No estoy ocupado para ti, amor. Voy ahora mismo.
Ángela sonrió.

—Pero no irás directamente a la casa.
—¿No?

—Quiero darte una sorpresa con todos los muebles y las cosas que han llevado.

Se escuchó la voz de Darleni al fondo.
—¡Vas a flipar!




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