Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

47. Bajo luces y flores blancas

Ángela terminó de prepararse a las tres y diez. Estaba sola en la habitación, pero cuando salió, algunos miembros de seguridad la esperaban afuera de la puerta. Ambos hombres la llevaron hasta el territorio donde estaban las fábricas, a varias cuadras del hotel.

El vehículo se estacionó y ella bajó observando la multitud frente a las instalaciones: reporteros, camarógrafos, empresarios importantes e incluso el presidente del país. Supuso que ese tipo de eventos debían repetirse en cada nación que Nikolais visitaba para inaugurar nuevas fábricas.

Nikolais apareció a su lado. Ángela le echó un vistazo, admirando lo bien que se veía con aquella ropa, y se lo hizo saber. Él respondió con una sonrisa, aunque no era la reacción que ella deseaba. Lo que realmente quería era decirle: «Mírame a los ojos, Nikolais».
El joven tomó sus manos y la condujo hasta el centro del lugar, donde se encontró con el presidente. De inmediato, reporteros y camarógrafos comenzaron a trabajar.

—Buenas tardes, presidente.
Ambos se dieron un firme apretón de manos.

—Nos volvemos a ver, y veo que ya aceptó ser su novia.

Ángela sonrió tímidamente y escondió el rostro detrás del hombro de Nikolais como una niña avergonzada.
—Es un alivio que lo haya hecho —contestó Nikolais entre risas.

Un empleado les acercó las enormes tijeras con las que cortarían el listón. El hombre que las sostenía era muy alto, de piel blanca y ojos azules. Ángela tuvo que alzar un poco más la cabeza para verlo bien.

—Mucho gusto, soy Robin.
Su acento danés y su dominio limitado del español hacían que algunas palabras sonaran juntas.

—El gusto es mío. Soy Ángela, la novia...

—Ya lo sé. Él es mi jefe y me ha hablado de usted más de lo que imagina.

Ángela abrió los ojos con sorpresa. Nikolais nunca le había mencionado a Robin, o al menos ella no lo recordaba.

—Robin, ya estás aquí —exclamó Nikolais.
Ángela le pasó las tijeras a Nikolais, quien las tomó junto al presidente. La joven estaba un poco tímida rodeada de tantas personalidades públicas y el foco de las personas.

—Ambos lo haremos. Es una tijera muy grande —Comento el joven al presidente, el cuál sonrió satisfecho, Nikolais miró con cariño y observó lo tímida que estaba en medio de ellos y le acaricio las mejillas.

—Parecen un matrimonio feliz sosteniendo esas tijeras juntos —comentó Angela sonriendo.
A la derecha vio a las niñas junto a Alisa. También estaban algunos militares de Gabriel y varias personas importantes.

El presidente pronunció el discurso que originalmente pertenecía a Nikolais, pero este se lo había cedido para que el pueblo comprendiera mejor el propósito del proyecto. Todavía estaba perfeccionando el idioma y no quería cometer errores, especialmente cuando sus nuevas maestras eran dos adolescentes.
Al terminar el discurso, se tomaron fotografías y luego el presidente invitó a Nikolais a cortar la cinta que permitía el acceso a las fábricas y al enorme buffet preparado para los invitados.

Después de varios intentos, Nikolais logró cortar el listón y una ronda de aplausos llenó el lugar.
El presidente tomó a su esposa de la mano y Nikolais hizo lo mismo con Ángela. Caminaron juntos hacia el interior del complejo.

El lugar era sorprendentemente acogedor. Árboles decoraban toda la zona, había espacios de descanso para los empleados y áreas verdes que hacían que el ambiente resultara agradable y moderno.
Al entrar a la primera instalación, pudieron observar las máquinas y los equipos necesarios para la producción. Nikolais permitió que los reporteros fotografiaran todo lo que consideraran importante.

—Me ha sorprendido, alteza real. Esto es mucho más avanzado que cualquier fábrica que tengamos en el país —comentó el presidente.

Salieron de la tercera fábrica después de varias horas de recorrido. Los encargados cerraron las instalaciones y todos se dirigieron al patio central para disfrutar de la velada.

—Los empleados que tengo en Dinamarca trabajan con estas máquinas. Realmente no sabía que existía otro método.

El presidente se colocó a su lado.
—Hay otro método donde podrías emplear más personas.

—¿Cuál?
Los cuatro tomaron asiento en una mesa. Ángela observó a las niñas sentadas con la princesa, acompañadas por varias personas de la alta sociedad, Pero esto no le causó temor ya que; había sabido educar bien a sus hermanas.

—En lugar de máquinas, humanos. Pero las máquinas hacen mucho más trabajo. Lo que veinte personas realizan en un día, tus máquinas lo hacen en minutos. Ahora entiendo tu método.

—Es el único que conozco. Me habría gustado hacerlo de otra forma, pero es mejor así. Como usted mismo dice, las personas no pueden ser maltratadas; las máquinas sí, y solo necesitan mantenimiento para seguir funcionando.
El presidente asintió con una sonrisa.

—Tienes razón. Aún no contamos con esa tecnología en nuestras fábricas.

—Cuente conmigo para eso.
Ambos estrecharon sus manos.
Poco después les sirvieron platos exquisitos y bebidas para acompañar la cena.

Las niñas y Alisa reían sin parar por una historia que una señora estaba contando sobre un perro que ladraba cuando tenía hambre. En realidad, no era la historia lo que resultaba gracioso, sino la manera exagerada y divertida en que la mujer la interpretaba.

—¿Qué provoca tanta risa en esta mesa? —preguntó Nikolais acercándose.

Las personas presentes saludaron al príncipe.
—Alteza real, estamos muy felices de que haya elegido nuestro país para realizar sus proyectos —dijo el esposo de la mujer.

—Realmente me tienen muy entretenido.
Tomó la mano de Ángela y la acercó a su pecho. El hombre mayor sonrió al verlos.

Ángela suspiró nerviosa. Se negó a mirar a Nikolais porque sabía que él tampoco lo haría. La había estado torturando durante toda la velada.

—¿Chicas, ya se van? —preguntó él.
—Sí. Puedes irte tranquilo, nosotras nos iremos con Gabriel —contestó Alisa.
—Recuerden a Robin —dijo señalándolo entre el grupo.
—Está bien. Vayan con cuidado.




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