Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

48. El sabor del hogar

Unos minutos más tarde llegaron dos personas con bandejas. Colocaron los platos frente a ellos y retiraron las tapas con elegancia.

—Wow, camarones. Se ven apetitosos —dijo Ángela, observando el plato. Los había probado en el restaurante, pero servidos de aquella manera lucían mucho más tentadores.

—Prueba a ver qué tal —respondió él.

El joven que había retirado las tapas les sirvió champaña en las copas y luego se retiró junto a su compañero. Ambos se quedaron a cierta distancia, cerca de una carpa donde parecía haber una tercera persona.

—Bien.

Ángela probó uno de los camarones. El sabor de los condimentos le resultó extrañamente familiar. Frunció el ceño mientras intentaba recordar dónde había probado algo así antes.

—Tranquila, no tienes que adivinar. Conoces muy bien a esa persona. Solo disfruta la velada.

Ángela lo miró con curiosidad mientras él comenzaba a comer como si nada. Bebió un pequeño sorbo de champaña y se sorprendió al notar que no era tan fuerte como había imaginado. Por un instante recordó lo ocurrido en el restaurante y volvió a preguntarse por qué aquel hombre había reaccionado de aquella manera. Quizá no se trataba del alcohol después de todo.

Uno de los jóvenes regresó llevando una botella de vino.

—Recomendado por la cocinera —anunció mientras retiraba las copas de champaña y servía el nuevo vino.

—La señora Mercedes —dijo Ángela al reconocer la etiqueta—. Es ella.

Alzó la cabeza tratando de distinguir algo en la oscuridad. Buscó en la dirección equivocada, pero incluso si hubiera mirado correctamente, la distancia no le habría permitido ver a la tercera persona que los acompañaba.

Nikolais sonrió y se encogió de hombros.

—Tal vez sea ella. No lo sé... o tal vez no.

—Sé que fue ella quien cocinó estos camarones. No hay nadie que los prepare así.

Se echó a reír. Aquel sabor le traía recuerdos de los días más difíciles de su vida, cuando la señora Mercedes siempre encontraba la forma de ofrecerle un plato caliente y una palabra amable.

Minutos después terminó de comer. Los ayudantes retiraron los platos y regresaron con nuevas bandejas.

—¡El sancocho de la señora Mercedes! —exclamó Ángela apenas retiraron las tapas.

La emoción iluminó su rostro.

Nikolais sonrió.

—Sabía que te hacía falta.

Aquellas palabras tocaron algo profundo dentro de ella. Extrañaba muchas cosas de su antigua vida: las personas que la habían apoyado, las costumbres sencillas y los pequeños momentos que antes daba por sentados.

Conmovida, le acarició el rostro.

Ambos comenzaron a comer con entusiasmo. El aroma, el sabor y la calidez del plato hicieron que Ángela sintiera una inesperada sensación de hogar.

Cuando terminaron, los jóvenes retiraron nuevamente los platos. Entonces la tercera persona apareció frente a ellos.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exclamó Ángela al verla.

La señora Mercedes la abrazó inmediatamente.

—Ya me hacías falta, muchacha. Y cuando este hombre me hizo la oferta no pude decir que no. Además, sé que me vas a ayudar.

—¿Ah? ¿Pero ya terminó todo o no? —preguntó Ángela confundida.

—No, amorcito —respondió Nikolais divertido.

—Seré la cocinera real, cariño. Él quiere que trabaje para ustedes y, sinceramente, ya quiero salir de este país —explicó la mujer.

Ángela se cubrió la boca, sorprendida.

—Pero...

—Pero nada —la interrumpió la señora Mercedes—. Ya te dije que no puedo dejar de trabajar. Me encanta cocinar. Y no soy una anciana indefensa que necesite ayuda. Además, el señor Nelson fue quien me recomendó con el príncipe.

Ángela volvió a abrazarla.

—Claro que sí. Usted sabe que siempre le daré una mano. Ha sido muy considerada conmigo durante años. No sé cómo agradecerle.

—Yo sí sé: dejándola trabajar tranquilamente en tu casa —intervino Nikolais.

Las dos mujeres sonrieron.

—Y me gusta mucho la casa. La habitación que me dieron está preciosa. Parezco una reina en su palacio.

—Usted es un ángel, señora Mercedes.

Ángela le dio otro abrazo. Sentía una enorme gratitud. A veces la vida le parecía increíble. Personas que habían formado parte de una etapa difícil de su historia seguían apareciendo para acompañarla en la siguiente.

—Vamos, que aún no termina la noche —dijo Nikolais.

Tomó a Ángela de la mano y ambos se despidieron.

La casa quedaba a varias cuadras de la galería y una persona se encargaría de acompañar a la señora Mercedes y a los ayudantes hasta allí.

Nikolais había sido muy cuidadoso al elegir a quienes trabajarían en la residencia. No le molestaba contratar mujeres, pero quería personas de confianza y jóvenes que realmente necesitaran una oportunidad.

—Dime, ¿a dónde vamos ahora? —preguntó Ángela mientras caminaban juntos.

La noche estaba fresca y el aire tenía ese aroma limpio que dejaban los árboles después del atardecer.

A la distancia pudieron ver varios vehículos estacionándose frente a la casa.

No distinguían bien los rostros, pero sí algunas siluetas.

La princesa entró cargando a Darleni mientras Robin sostenía a la pequeña Darlin en brazos. Ambos las llevaron hasta la habitación.

—Me voy a dormir. Estoy medio ebrio —avisó Robin.

Gabriel soltó una carcajada.

Los tres abandonaron la habitación después de acomodar a las niñas.

Aunque tenían camas separadas, ambas habían confesado que no estaban acostumbradas a dormir solas. Aquella noche Darleni volvió a acostarse junto a su hermana.

Tal vez con el tiempo se acostumbraría.

—¿Cómo va la mudanza? —preguntó Gabriel a la princesa.

—Todas mis cosas vienen en el ferry. Tardarán unos dos meses en llegar. Tendré que usar la misma ropa hasta entonces.

—No importa si tienes que repetir ropa tres veces. Igual te ves hermosa. Además, no dejaré que mi princesa repita ropa si no quiere.




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