Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

49. No todo es color de rosa

La madre de Ángela se mudó a la casa tres días después de su visita. Al principio se sentía algo incómoda. No tenía nada que ver con la confianza que tenía en su hija; de hecho, desde el momento en que Ángela le dio el sí a Nikolais, sintió un gran alivio. Lo que realmente la hacía sentir extraña era toda la atención que recibía dentro de aquella enorme propiedad.

Ni ella ni sus hijas estaban acostumbradas a algo así.

A veces se preguntaba si aquellas personas pensaban que era una mujer incapaz de hacer las cosas por sí misma. No lograba comprender el propósito de tanta servidumbre. Había quienes se encargaban de la limpieza, otros de la cocina, algunos del jardín y hasta de acomodar cosas que ella apenas había tocado.

En más de una ocasión pensó que Ángela había pedido demasiado. O quizá era el destino compensándolas después de tantos años de dificultades.

Ya era suficiente con tener un yerno que resultaba ser príncipe de un país lejano y desconocido para ella. Más que suficiente.

Aun así, se dijo que tendría que acostumbrarse.

Después de todo, no estaba tan mal que alguien se encargara de los quehaceres de vez en cuando. Aunque, siendo sincera, extrañaba mantenerse ocupada. Era una mujer acostumbrada al trabajo constante y quedarse sin nada que hacer le producía una sensación extraña.

—¿Entonces? —preguntó Nikolais.

Miró a su novia, que se encontraba sentada en el columpio del pequeño parque que había en el patio de la propiedad. Él permanecía de pie frente a ella. La tarde estaba calurosa, pero una agradable brisa refrescaba el ambiente.

—¿De verdad quieres eso? —preguntó Ángela.

El joven afirmó con la cabeza.

Le había propuesto viajar a Dinamarca para conocer a sus padres.

Solo pensarlo hacía que el estómago de Ángela se encogiera.

Ni siquiera tenía pasaporte. No entendía cómo podían organizar algo así de un momento a otro. Tampoco sabía cuándo exactamente él pretendía hacerlo.

—¿Por qué no habría de quererlo?

—Porque tenemos muy poco tiempo siendo novios. Presentarme a tus padres es algo importante.

Nikolais tomó sus manos y se arrodilló frente a ella, apoyando los brazos sobre su regazo.

—Ángela, ya te dije que esto es para siempre.

Ella bajó la mirada.

Aquellas palabras siempre lograban conmoverla, pero también despertaban ciertos temores.

—A veces me da miedo... no sé. Que tus padres no me consideren suficiente para ti. O tus hermanos. O la gente que te rodea. O que un día simplemente... dejes de quererme.

Nikolais la observó con ternura.

—Ángela, ¿cómo voy a dejar de quererte? No puedo dejar de quererte. Y otra cosa: mi familia no es así. Ellos solo quieren conocerte. Lo demás no importa.

Ella sonrió ligeramente.

—Bien, bien... pero ¿cómo me voy a ir? Para conseguir una visa hay que hacer un montón de papeleo.

El chico soltó una pequeña risa.

—A veces pienso que realmente no sabes quién está sentado a tu lado.

—Claro que sé quién eres.

—Entonces deja de preocuparte. Tengo contactos con el embajador de Dinamarca.

Ángela negó con la cabeza.

—No quiero que andes pidiendo favores por mí a tus colegas.

—Ay, por favor, amor. No son favores. Recuerda que soy un príncipe. Lo único que no puedo conseguir es aquello que el Creador no me permita.

Se puso de pie, sacó su teléfono y escribió rápidamente un mensaje.

Luego la miró.

—Listo. Ya tienes una cita en la embajada para mañana.

Ángela soltó un suspiro.

A veces todo aquello la asustaba.

El poder que rodeaba a Nikolais era inmenso. Bastaba una llamada, un mensaje o una palabra para resolver situaciones que para otras personas tomaban meses.

Sabía que podría convencerlo de muchas cosas si quisiera.

Y eso le daba miedo.

Temía que tanta facilidad terminara llenándola de ambición o despertando en ella un orgullo que nunca había tenido.

—Gracias, amor.

—Lleva a las niñas y a la señora Mercedes.

Ángela abrió los ojos con sorpresa.

—¿De verdad, Nikolais?

—Claro.

—Eso es genial. Aunque supongo que no terminarás en bancarrota después de pagar tantos impuestos.

—Todavía no —respondió él sonriendo—. Te avisaré cuando tengas que volver a trabajar en el restaurante.

Ella soltó una carcajada y le dio un beso en la mejilla.

En ese momento Robin salió de la casa llamando a Nikolais.

—Bien, hablamos más tarde, cariño. Tengo que arreglar algunas cosas.

—Está bien.

Nikolais le dio un beso en los labios antes de alejarse.

—Robin, amigo. ¿Qué me cuentas?

Los dos se estrecharon la mano.

—Estoy cansado de las vacaciones. Quiero trabajar.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—Además conseguí una novia y ya quiero verla.

Nikolais abrió los ojos.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¡Felicidades!

Robin sonrió.

—Se llama Vanesa. Vive en mi residencia. Apenas la vi me enamoré. Solo la había visto una vez, pero resulta que siempre ha vivido allí.

—Suele pasar. A veces el amor está justo delante de nosotros y no somos capaces de verlo hasta que aparece de verdad. Me alegra que en tu caso haya sido lo primero.

—Es un alivio.

Robin le entregó una carpeta.

—Aquí está tu agenda de este mes. La preparé porque sé que vamos a estar separados por mares.

—Estoy pensando ir a Dinamarca contigo. Mañana Ángela irá con mi colega Gil para que le agilicen el proceso de la visa.

—Hay que hacer mucho papeleo para eso. Es horrible.

—Tú pasaste por todo eso porque no hablaste conmigo.

—Quería hacer algo por mí mismo sin tu ayuda, Nikolais.

—Vete a la...

—No me mandes a la mierda por mis razones —interrumpió Robin.

Ambos comenzaron a reír.

—Tu novia tiene razón. Te has vuelto muy dominicano —Robin se cruzó de brazos mirándolo de lado.

—Lo admito.

—Y admito también que siempre consigues lo que quieres.




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