Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

50. A pocos metros de ella

Ángela se despertó temprano. Se duchó, se vistió con la ropa que había preparado la noche anterior y se miró por un momento en el espejo.

Entonces recordó algo.

No les había dicho a sus hermanas que debían levantarse temprano para la salida de ese día.

Suspiró y tomó el celular para llamar a su madre.

—¿Podrías ir a despertar a las niñas y ayudarlas a cambiarse? Tengo que ir al curso a poner una excusa.

—Está bien. ¿Y la excusa hay que llevarla directamente?

—Todavía no tengo el número de la maestra. Dile a las niñas que me recojan antes de las ocho. Encárgate de eso y, por favor, también dile a la señora Mercedes que venga con ellas.

—Está bien, Ángela. Yo me encargo.

—Gracias, mami.

Colgó la llamada y salió de la habitación.

Bebió un poco de café mientras observaba el movimiento de la casa. Aún le parecía extraño que todo estuviera tan organizado. Había personas encargándose de cosas que antes ella hacía por sí sola.

Minutos después salió de la propiedad.

Uno de los jóvenes encargados de la seguridad le abrió la puerta del vehículo.

—Buenos días, Rafael. ¿Cómo amaneciste?

—Muy buenos días, señora. Muy bien. ¿Y usted?

—También muy bien. Oye, cuando me dejes en el curso vuelve a la casa y trata de recordarles a las niñas que deben venir a buscarme antes de las ocho. Sé que todavía es temprano, pero prefiero asegurarme.

—Sí, el príncipe Nikolais ya me avisó.

Ángela soltó una pequeña risa.

—Siempre un paso delante de mí.

El muchacho sonrió.

Poco después llegaron al edificio donde ella tomaba el curso.

El vehículo se detuvo frente a la entrada.

Ángela bajó del automóvil, se despidió de Rafael y entró al edificio.

El joven esperó hasta verla desaparecer por el pasillo.

Entonces ocurrió algo.

Un hombre apareció caminando apresuradamente y se acercó al vehículo.

—¿Eres militar? —preguntó.

Rafael lo observó con cautela.

—Sí. ¿Qué desea?

—¿A qué hora sale la mujer que acaba de entrar?

El tono de la pregunta no le gustó.

—¿Quién es usted?

—Soy primo de ella. No pude alcanzarla.

Rafael frunció el ceño.

—Salió justo cuando ella entró. ¿Cómo se llama?

—Andrés.

—¿Andrés qué?

—Andrés Rodríguez. Ya le dije que soy su primo. Sé que está con un príncipe y quería pedirle una ayuda para comprar una casa.

Rafael siguió observándolo.

No parecía nervioso.

Eso era precisamente lo que le resultaba extraño.

—Normalmente sale a las cuatro, pero ahora debo retirarme.

—Muchas gracias.

El hombre se marchó doblando por una calle cercana.

Rafael lo observó desaparecer.

Algo no estaba bien.

Tomó inmediatamente el teléfono y llamó a Gabriel.

—Rafael, háblame.

—¿Ángela tiene un primo que se llama Andrés?

—No lo sé. Deberías preguntárselo a ella.

—Está dentro.

—¿Qué ocurre?

—Me dijo que fuera a buscar a sus hermanas, pero apareció un hombre preguntando por ella. Dice que es su primo. No me siento tranquilo dejando el lugar.

Hubo unos segundos de silencio.

—Quédate ahí. Voy a pedirle a Diego que recoja a las niñas.

—Perfecto.

—Bien hecho, Rafael.

La llamada terminó.

El joven regresó al mismo lugar y permaneció vigilando la entrada.

Mientras tanto, Ángela esperaba que la maestra terminara de hablar con algunas personas.

Cuando por fin pudo acercarse, le explicó la situación.

La mujer le entregó su número de teléfono.

—Así la próxima vez no tendrás que venir personalmente.

—Muchas gracias por todo. De verdad aprecio sus consejos.

La maestra había pasado varios minutos explicándole detalles sobre las entrevistas en embajadas y algunos aspectos culturales de Dinamarca.

—Luego me cuentas cómo te fue. Dinamarca... jamás se me ha ocurrido viajar tan lejos.

—Nikolais no quiere perder tiempo. Ya quiere que conozca a su familia.

—Tienes mucha suerte.

Ángela sonrió.

—También la vi en televisión. Todavía no puedo creer que una de mis alumnas tenga relación con la realeza.

Ángela soltó una pequeña risa.

Miró la hora.

7:50 de la mañana.

—Ya vete. Se te hará tarde.

—Gracias, maestra.

Salió del edificio y encontró a Rafael esperándola junto al vehículo.

Tenía los brazos cruzados y una expresión seria.

—¿Y esa cara?

—Sube al carro.

El tono fue suficiente para preocuparla.

Cuando ambos estuvieron dentro, Rafael recibió un mensaje.

Un segundo vehículo apareció y se estacionó más adelante.

Diego bajó observando los alrededores.

—¿Qué pasa, Rafael?

—Nada grave. Solo quería esperarte.

Ángela lo miró desconfiada.

—¿Y por qué?

—Tu primo vino a buscarte.

Ella parpadeó.

—¿Mi primo?

—Sí.

—¿Y dónde está?

—Ya se fue.

Ángela frunció el ceño.

—Qué raro. Habría llamado a mi mamá.

—¿Cómo se llaman tus primos?

Ángela comenzó a enumerarlos.

Cuando terminó, Rafael negó lentamente con la cabeza.

—Ninguno de esos nombres.

—¿Entonces quién era?

—Dijo llamarse Andrés Rodríguez.

La sonrisa desapareció del rostro de Ángela.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Mis primos son Mora. Mi abuelo se llama Andrés, pero vive en el campo. Y mi papá tampoco tiene sobrinos con ese nombre.

El silencio llenó el vehículo.

Por primera vez aquella mañana sintió un nudo en el estómago.

—¿Crees que sea él? —preguntó en voz baja.

—¿Cómo era tu acosador?

Ángela tragó saliva.

—Alto. Cabello marrón. Ojos marrones. Piel canela.

Rafael la observó.

—Entonces creo que ya sabes la respuesta.

El corazón de Ángela dio un vuelco.

Durante meses había intentado convencerse de que aquel hombre estaba lejos.

De que no volvería a verlo.




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