Ángela abrió lentamente los ojos. Le costaba enfocar la vista y sentía el cuerpo pesado, como si cada músculo hubiera dejado de responderle. Un desagradable sabor amargo permanecía en su boca. Intentó incorporarse, pero descubrió que tenía las manos atadas y un pañuelo amordazando sus labios.
Al levantar la mirada encontró a Adalia observándola desde una esquina.
—No te preocupes. Ya le dije que no podemos hacerte daño. Solo queremos el dinero que vamos a pedir.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de Ángela. Quiso hablar, suplicar, pero el pañuelo apenas le permitía emitir pequeños gemidos.
—Nadie te va a escuchar, Ángela. Estamos al final de un callejón. En serio... deja de llorar. No vamos a hacerte daño.
En ese momento alguien abrió la puerta y volvió a cerrarla rápidamente.
Ángela sintió que el corazón se le detenía.
Al reconocer a Luis, empezó a temblar sin poder controlar el miedo.
Recordó los últimos minutos antes de perder el conocimiento. Cuando Adalia la llevó hasta el automóvil, alguien había colocado un pañuelo sobre su nariz y su boca. Un olor extraño la había adormecido casi de inmediato.
Jamás imaginó que quien la esperaba era precisamente él.
—Luis, tardaste demasiado. Tengo hambre —dijo Adalia mientras tomaba la bolsa de comida que él llevaba.
Luis caminó lentamente hasta quedar frente a Ángela.
—Hola... ya despertaste.
Intentó acariciarle el rostro.
Ángela giró la cabeza con fuerza y rompió a llorar.
—Quítale eso de la boca —pidió Adalia mientras comenzaba a comer.
—No se puede.
—Los vecinos están muy lejos de aquí, Luis.
Adalia se levantó y le quitó el pañuelo.
Ángela respiró desesperadamente.
—Por favor, Adalia... sácame de aquí. Por favor...
—¡Cállate! —gritó Luis.
Se volvió hacia Adalia.
—¿Ves? Por eso te dije que no se lo quitaras.
—Ya pide el dinero, Luis. Llama a la casa.
Sin responder, Luis volvió a amordazar a Ángela con brusquedad.
—No puedes taparle la boca hasta que nos dé el número de su novio.
Luis lanzó una mirada de molestia.
—Adalia, eres estúpida. Hay que esperar. Debemos dejar pasar veinticuatro horas para que la policía pierda nuestro rastro por completo.
Tomó una colcha vieja y cubrió parcialmente a Ángela.
Ella negó repetidas veces con la cabeza, incapaz de apartar la vista de él.
—Vete y vuelve mañana.
—No puedo. Ella no te tiene confianza. Me quedaré hasta mañana.
—Da igual. Desde hoy tampoco confiará en ti. Fuiste tú quien la trajo hasta aquí. Ah... y, por cierto, tráeme balas. La única que tenía la gastaste.
—¿Y qué querías que hiciera? Era la única forma de abrirme paso.
—Ve al punto. Allí venden. Mañana me las traes.
Adalia guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Luis... no la puedes tocar. Ese fue el trato. Solo queremos el dinero. No le hagas más daño del que ya le hiciste una vez.
Al escuchar aquellas palabras, Ángela rompió nuevamente en llanto. Los sollozos ahogados resonaban en la pequeña habitación y hacían aún más desgarradora la escena.
Cuando Adalia abrió la puerta para marcharse, Ángela negó desesperadamente con la cabeza, suplicándole con la mirada.
Pero Adalia solo la observó por última vez...
...y se fue.
El detective Contreras revisó por última vez el expediente de Adalia.
Buscó cualquier antecedente que pudiera relacionarla con un delito semejante.
No encontró ninguno.
Ni siquiera aparecía registrada por una falta menor.
—¿Era su amiga? —preguntó mientras dejaba la carpeta sobre la mesa.
La madre de Ángela respiró profundamente, intentando contener el llanto.
La noticia había sido tan fuerte que horas antes tuvieron que administrarle un tranquilizante. Por suerte, ya se encontraba en casa.
—¿Lo era? No creo que una persona que te haga algo así pueda seguir llamándose amiga.
Gabriel tomó la palabra.
—En las cámaras de seguridad se observa que Adalia saca el arma cuando ya iban a mitad del camino, Angela confiaba demasiado en ella, la obligó a caminar más deprisa. Al llegar al control, le apunta a la cabeza mientras amenaza al guardia. Cuando se da cuenta de que Braulio también está armado, le dispara en el hombro.
Miró las imágenes una vez más.
—Por la trayectoria del disparo no creo que quisiera matarlo. Se acercó lo suficiente para dispararle y quitarle el arma. Después obligó a Ángela a abrir la barrera de acceso y la hizo subir al vehículo. Braulio asegura que no pudo ver si había otra persona esperándolas porque quedó tendido en el suelo.
Gabriel suspiró.
—Desde ese momento perdimos completamente el rastro.
Varios agentes ya habían sido enviados a distintos puntos de la autopista para localizar el Honda Civic, pero ninguno había tenido éxito.
—Que no hayamos encontrado el vehículo significa que probablemente sigue cerca de la ciudad. Solo debemos buscar con mucha cautela. Las noticias ya difundieron el caso y quizá ellos creen que todavía no sabemos por dónde empezar.
Rafael levantó la vista de su celular.
—Acabamos de recibir un aviso anónimo. Alguien dice haber visto el Honda Civic en un barrio cercano.
Todos guardaron silencio.
—Creemos que podrían estar escondidos allí.
Nikolais levantó la mirada.
—¿Adalia se llevó el arma de Braulio?
—Sí. Ahora tiene la suya y la de él.
Nikolais apretó la mandíbula.
—Está doblemente armada...
El detective cruzó los brazos.
—Ese barrio es enorme. Tal vez convenga esperar a que pidan el rescate. Si todo esto es por dinero, llamarán tarde o temprano.
—Pero pueden empezar a buscar desde ahora —insistió Nikolais.
—Los oficiales lo harán... durante la noche. De día sería demasiado arriesgado. Si realmente están allí, podrían escapar apenas vean movimiento policial.
#4298 en Novela contemporánea
drama amor humor, amor odio romance pasion, realeza futuro romance secretos
Editado: 01.07.2026