Ángela no logró pegar los ojos en toda la noche. Ver a Luis caminar de un lado a otro dentro de aquella casa abandonada le provocaba un terror constante. Cada paso que él daba hacía que su corazón se acelerara, imaginando que en cualquier momento volvería a acercarse a ella.
Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a colarse por la pequeña ventana trasera, una silenciosa súplica nació en su corazón.
Por favor, que llegue Adalia...
Era cierto lo que Luis había dicho. Si lograba salir con vida de aquel lugar, jamás volvería a confiar en ella. Sin embargo, en esos momentos era la única esperanza que tenía. Necesitaba convencerla de que cambiara de opinión, hacerla entrar en razón y lograr que la ayudara a escapar.
Unos minutos después alguien llamó a la puerta.
Luis se levantó de inmediato, miró por un pequeño agujero y, al reconocer a la visitante, abrió sin preocuparse.
Adalia entró sosteniendo una funda con ropa. Dentro había un vestido blanco y varias prendas de vestir.
Lo primero que hizo fue mirar a Ángela.
—No le hice nada —aclaró Luis.
Adalia dejó la funda sobre la mesa.
—Cárgala y llévala al baño.
Ángela negó con la cabeza de inmediato. No quería que ese hombre volviera a ponerle una mano encima. Murmuró varias veces intentando resistirse, pero Luis ignoró por completo sus quejas.
La levantó entre sus brazos y la llevó hasta el baño.
Adalia entró detrás de ellos y cerró la puerta con seguro.
Las manos de Ángela permanecían amarradas a la espalda. La misma cuerda rodeaba su torso y descendía hasta sus tobillos, inmovilizándola casi por completo.
—No tardes tanto. Y si se pone rebelde, me llamas —gritó Luis desde el otro lado de la puerta antes de alejarse.
La vivienda era grande, pero estaba prácticamente vacía. Nunca terminaron de construir las divisiones de las habitaciones; únicamente existía el baño. Según contaban los vecinos, el dueño decidió no seguir invirtiendo dinero porque en esa zona solo vivían personas dedicadas a los vicios y la prostitución.
En una esquina había una mesa plástica plegable con una sola silla. En otra descansaba un viejo colchón de espuma donde Ángela había pasado la noche.
Nada más.
Adalia abrió la llave de la ducha y dejó que el agua comenzara a caer.
Sacó unas tijeras y cortó la parte del vestido que no podía retirar debido a las cuerdas. Después terminó de quitárselo y retiró la mordaza que cubría su boca.
—Adalia... por favor...
La joven bajó la voz.
—Escúchame.
Mientras el agua caía sobre el cuerpo de Ángela, comenzó a susurrar.
—Sé que he cometido un error... pero necesito ese dinero.
Ángela la miró con incredulidad.
—Si me lo hubieras pedido... te lo habría dado. No tenías que hacer esto.
Adalia negó lentamente.
—No es tan sencillo, Ángela. Tú no entiendes.
La terminó de desvestir por completo y la dejó bajo la ducha.
—Me uní a Luis porque él tiene razón.
Ángela frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Por el simple hecho de haber sido un intento de abuso... hoy tienes un príncipe enamorado de ti. Y ni siquiera te violó.
Aquellas palabras la dejaron sin habla.
—¿Qué...?
Adalia continuó hablando mientras le echaba agua sobre los hombros.
—Tú no entiendes. Mil pesos que puedas darme no se comparan con los millones que puedo conseguir por tu rescate. Después desapareceré del país... y ni creas que voy a decirte adónde.
Metió la mano detrás de su espalda y sacó un arma.
—¿Y sabes qué más?
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—Mataré a ese perro y me quedaré con todo el dinero yo sola.
Ángela sintió un escalofrío.
Miró fijamente sus ojos.
Ya no reconocía a la muchacha que había conocido.
La avaricia había terminado por consumirla.
Adalia volvió a vestirla, acomodando el vestido por encima de las cuerdas que seguían sujetándola.
Luego llamó a Luis.
Él entró sin decir una palabra, volvió a cargarla entre sus brazos y la llevó hasta el colchón.
Antes de dejarla en el suelo, acercó el rostro a su cuello.
—Ahora hueles mucho mejor.
Ángela comenzó a sacudirse desesperadamente.
Luis perdió la paciencia.
La lanzó al suelo con brusquedad.
—¡Maldita perra!
La sujetó del cabello y la arrastró hasta el colchón.
Un grito ahogado escapó de la garganta de Ángela.
—Luis, ya te dije que no hay necesidad de maltratarla.
—¡Cállate, Adalia!
Luego miró nuevamente a Ángela.
—Dame el número de tu novio, el príncipe.
Entre lágrimas, la joven intentó responder.
—No... no lo sé...
—¡Habla!
Ella negó una y otra vez con la cabeza.
—No...
Luis le dio una fuerte bofetada que le abrió nuevamente la herida del labio.
—¡Mientes, maldita sea!
—¡Luis, basta! —intervino Adalia.
—¡Tú cállate!
Respiró con frustración.
—¿Dónde está la maldita bala que te mandé a comprar?
Adalia sostuvo su mirada.
—Fui esta mañana, pero me dijeron que todavía no tenían para ese tipo de arma. Debo regresar más tarde.
Había mentido.
Ángela lo entendió al instante.
Temblaba de miedo mientras Adalia se acercaba para darle unos pequeños golpes en el hombro.
—Cálmate.
Aquellas palabras no lograban tranquilizarla en lo más mínimo.
Luis comenzó a caminar de un lado a otro.
—¿Y ahora qué vamos a hacer?
—Esperar a que las noticias hablen del secuestro y publiquen algún número para negociar el rescate.
Luis soltó una risa incrédula.
—¿Y dónde demonios veremos las noticias? ¿Acaso tenemos televisión?
Sus ojos volvieron a posarse sobre Ángela.
—Habrá que buscar otra víctima del grupo.
—Claro que no —respondió Adalia con rapidez—. A estas alturas todos deben tener mucha más seguridad. Todavía tengo el número de la señora Mercedes. Voy a escribirle.
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Editado: 01.07.2026