Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

55. Un plan

Adalia se sorprendió cuando Luis llevó a Diego a la casa. El joven estaba inconsciente; probablemente había utilizado la misma maniobra que usó con Ángela para dejarlo dormido. Sin embargo, notó un moretón que comenzaba a oscurecer el lado izquierdo de su rostro.

—¿Lo golpeaste?

—Es un adolescente malcriado. ¿Qué querías que hiciera? —respondió mientras lo acostaba junto a Ángela y le amarraba las manos.

—¿Qué harás con él aquí? —preguntó Adalia, cruzándose de brazos.

—Acabo de mandarle un mensaje muy directo al príncipe.

—¿Qué tienes contra él? Simplemente necesitamos el dinero. No me vayas a salir con otra estupidez, Luis. Yo te ayudé por el dinero.

—¿Y de qué crees que trata el mensaje, tonta?

—No lo sé, pero no debiste involucrar a otra persona. ¿Cómo escaparemos después?

—Enviaremos al chico a buscar el dinero. Ya verás, hice un plan maestro. Todo saldrá bien.

—Entonces cuéntamelo.

Luis dirigió la mirada hacia Ángela.

—Ella está dormida, ¿ves? En mí confía más que en ti.

—¿Cómo sabes que no está fingiendo?

—Si supiera que estás aquí, no tendría los ojos cerrados —respondió con seguridad mientras cruzaba los brazos.

Se acercó a Ángela y permaneció observándola durante unos segundos.

—Iré con el niño a buscar el dinero al lugar que preparé para que dejen todo allí. Quiero los veinticuatro millones de pesos dominicanos en papeletas de mil. No necesito más. Doce millones para ti y doce para mí. Creo que es suficiente. El punto de entrega será en la cabaña La Lancha.

—¿En la cabaña La Lancha de tu hermano? ¿No es peligroso involucrarlo en esto?

—Les dije que no pueden perseguirnos. Los amenacé con matar a Ángela si lo hacen. Mi hermano no sabe absolutamente nada.

—¿Y en qué momento devolvemos a Ángela y al niño?

Luis sonrió con una frialdad que hizo estremecer a Adalia.

—Esa es la parte más linda del plan. A ella no la vamos a devolver. Al niño sí... lo dejaré abandonado en cualquier parte.

—Ese no fue el plan, Luis.

—No me interesa. Él...

—¿Mamá?... ¿Mamá?... —susurró Diego.

El muchacho comenzó a abrir los ojos lentamente. Todo le daba vueltas y una incómoda sensación recorría su cuerpo. Al intentar hablar descubrió que estaba amordazado. El miedo lo golpeó de inmediato. Comenzó a llorar desesperadamente mientras trataba de pedir ayuda con sonidos ahogados.

Sus sollozos despertaron a Ángela.

—¿Diego?... —murmuró al verlo. Sus ojos se abrieron de par en par—. ¿Pero qué hacen? Por favor... no hagan esto. Es solo un niño.

—¡Cállate! ¡Tú no me vas a decir lo que tengo o no tengo que hacer, maldita perra! —rugió Luis.

—Por favor, Adalia...

Luis caminó hasta ella, la sujetó con fuerza por el cabello y la arrastró fuera del colchón.

—¡Déjala ya, Luis! —gritó Adalia.

—Vas a tener que elegir: o esta perra o el dinero. Porque si no consigo el dinero, no la devolveré... ¡la mataré! Así que decide de una vez. ¿La quieres viva o prefieres perder el dinero? ¡Y deja de defenderla!

—Te dije que no hay necesidad de maltratarla.

—¿Y matarla no sería mejor? Mentirosa... nunca estuviste de acuerdo conmigo. Más te vale que seas sincera o tendrás problemas, maldita estúpida.

Luis la soltó bruscamente. Ángela cayó al suelo, justo donde él la había arrastrado.

Luego caminó hacia Adalia, la levantó de la silla donde estaba y la empujó hasta una esquina de la casa.

Ángela permaneció llorando en silencio, con el rostro apoyado contra la fría pared. Sentía las muñecas entumecidas por las cuerdas y todos los músculos completamente tensos por el miedo. Respiraba con dificultad, intentando no derrumbarse delante de Diego.

El muchacho temblaba sin control.

Adalia se acercó y le dio unos suaves toques en el hombro, igual que había hecho con Ángela, intentando tranquilizarlo.

Pero Diego desconfiaba de ella. Se apartó cuanto pudo y volvió a acostarse en el colchón mientras las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas.

—Tranquilo. Vamos a salir de aquí pronto. Solo tenemos que esperar a que entreguen el dinero —susurró Ángela desde la esquina.

Quería darle fuerzas, aunque la distancia y la mordaza apenas le permitían hacerse escuchar.

—Entonces, Luis, ¿cómo sabremos que recibieron el mensaje? —preguntó Adalia sin dejar de observar a Ángela.

—Una madre haría cualquier cosa por su hijo. Es obvio que, al no poder comunicarse con nosotros, irá exactamente donde le dijimos.

Sacó el arma y comenzó a introducir las balas una por una.

Ocho en total.

—¿Solo ocho?

—Están caras. Además, todavía no me has devuelto el dinero que te di.

—Lo usé para comprarle ropa a Ángela y comida para varios días. Yo sí pienso las cosas. No podemos estar entrando y saliendo de aquí constantemente. La gente podría sospechar.

—¿La gente? Los únicos que viven cerca son drogadictos. Aunque se den cuenta, estarán demasiado ocupados buscando cómo conseguir droga para prestar atención a otra cosa.

Luis volvió a sujetar a Ángela por un brazo. Ella lanzó un gemido de dolor cuando las cuerdas se clavaron aún más en sus muñecas.

La arrastró hasta el colchón y la dejó caer junto al adolescente.

Ángela acercó su cabeza a la de Diego.

—Te prometo que vamos a salir de aquí, ¿sí?

El muchacho respondió con un leve movimiento de cabeza.

Las horas transcurrieron con una lentitud desesperante hasta que la noche terminó por envolver la casa.

La nota no era tan clara como el detective y el equipo policial habían imaginado.

—Está diciendo... algo así como que llevemos veinticuatro millones de pesos, ordenados en una valija negra, en billetes de mil, hasta la casona del bulevar número veintisiete... "en La Lancha". ¿Qué significa "La Lancha"? —preguntó Gabriel mientras releía el mensaje con el ceño fruncido.

—Tal vez construyeron una casona hace poco. Paso por ahí cuando voy al trabajo y nunca me fijé. En esa esquina hay una casa... podría ser —comentó Rafael.




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