Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

56. Inesperto

El agente estacionó el vehículo a varias cuadras de la cabaña La Lancha. El detective, que ocupaba el asiento del copiloto, observó el lugar con atención. La construcción era reciente y, por la poca cantidad de vehículos estacionados, parecía tener muy pocos clientes.

El dueño de aquellas tierras había sabido aprovechar la ubicación. La cabaña se encontraba justo en una esquina estratégica, junto a una autopista por la que circulaban decenas de automóviles: hacia un lado, quienes salían de la ciudad; hacia el otro, quienes regresaban a ella.

El vehículo de los agentes encargados de entregar el dinero pasó unos minutos después por el carril contrario. El detective y su equipo actuaron con cautela. Avanzaron en sentido opuesto sin llamar la atención de los conductores que transitaban normalmente por la vía.

—Primero que nada, quiero que averigüen si el hermano de Luis sabe algo sobre los secuestros, más allá de lo que ha informado la televisión. Cuando entreguen el dinero, hablen directamente con él antes de retirarse. Nosotros nos quedaremos de este lado de la autopista para no levantar sospechas. Además, contamos con un francotirador preparado. Si ven que necesitan apoyo, no entren. Esperen la orden —indicó por la radio al agente que encabezaba el grupo encargado de llevar el dinero.

—La verdad es que Luis es muy tonto. Su plan es absurdo. Está poniendo en riesgo el negocio de su propio hermano, suponiendo que realmente no sepa nada de esto —comentó Gabriel mientras observaba cómo su teléfono seguía recibiendo mensajes de Nikolais, uno tras otro, preguntando si había alguna novedad.

—No lo sé. Algún as bajo la manga debe tener para creer que nos la pondrá tan fácil. Tal vez esconda a Ángela y al muchacho en alguna habitación mientras va por el dinero... o quizá entregue primero al chico e intente escapar usando a Ángela como rehén. No logro descifrar cómo piensa actuar.

—Tienes razón. Debemos contemplar todas las posibilidades. La casona es esa casa de madera que está junto a la cabaña La Lancha.

—Ya la veo.

Los agentes llevaron las valijas hasta la casona. Revisaron cuidadosamente el interior y comprobaron que estaba completamente vacía. Lo único que encontraron fue una cámara de seguridad instalada en una de las paredes.

Después cruzaron hasta la cabaña, pero descubrieron que el hermano de Luis no estaba allí.

Investigaron un poco más y averiguaron que el menor de los hermanos ni siquiera había sido visto por los alrededores durante los últimos días. En cuanto al hermano mayor, permanecía en su casa junto a su familia. Había avisado al encargado del negocio que no pensaba regresar hasta que capturaran a Luis y que, por seguridad, prefería mantenerse alejado de todo.

Cada una de esas novedades fue llegando al detective Contreras por medio de la radio.

Cuando los agentes terminaron su trabajo, se alejaron del lugar. Contreras permaneció junto a su equipo dentro del vehículo, dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.

Luis abrió los ojos al sentir el peso del cansancio sobre su cuerpo.

Miró el reloj de su muñeca.

Las nueve de la mañana.

Se había quedado dormido en una esquina de la casa después de que Adalia saliera durante la noche.

Aquella vez, la presencia de Diego había cambiado un poco el ambiente. Ángela, aunque seguía aterrada, ya no se sentía completamente sola frente a Luis. Aun así, el miedo seguía oprimiéndole el pecho. Cada vez que él se movía por la casa, su cuerpo se tensaba por instinto.

Luis se acercó al adolescente y lo despertó de un leve empujón.

El movimiento también hizo que Ángela abriera los ojos.

Él le desató los pies a Diego y lo obligó a levantarse sujetándolo por el cuello del polo.

—Debemos revisar si ya dejaron el dinero.

Ángela sintió un nudo en el estómago.

—¿Me vas a dejar aquí? —preguntó con evidente preocupación.

No era por ella.

Era por Diego.

Si el muchacho salía con Luis, no tenía idea de lo que aquel hombre podía hacerle.

—Ángela, tengo que asegurarme de que cumplirán con el trato para poder devolverte. Mientras tanto, solo me llevaré al muchacho.

Ella dirigió una mirada a Diego. El adolescente intentaba aparentar valentía, pero sus ojos lo delataban. Estaba asustado. Muy asustado.

Quiso decirle que todo estaría bien, pero las palabras no salieron. Solo pudo dedicarle una leve sonrisa, esperando transmitirle un poco de tranquilidad.

Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse.

—¿Ya te vas? —preguntó Adalia al entrar a la casa cerca de las once y media de la mañana.

—Sí. Dales algo de comer a los dos. ¿Viste las noticias? ¿Qué dicen?

—Nada importante.

Tomó unos panes de la mesa y les entregó uno a Diego y otro a Ángela. Ambos tuvieron que sostenerlos con dificultad debido a las amarras.

—Solo que ahora los cuatro somos famosos. Mira... tengo que salir con esta gorra y este abrigo para que no me reconozcan por la calle.

—Dame las llaves del carro.

Adalia obedeció.

Luis las tomó y sujetó nuevamente a Diego, que todavía terminaba de comer.

El muchacho sintió cómo el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

No sabía adónde lo llevaba.

No sabía si volvería a ver a su madre.

Ni siquiera sabía si regresaría con vida.

Luis lo empujó hasta el vehículo y lo hizo subir con las manos todavía amarradas.

Después ocupó el asiento del conductor y encendió el motor.

—Escúchame bien. Si haces algo raro, te juro que te disparo. Si intentas escapar, también te disparo.

Sacó el arma y la levantó apenas unos centímetros.

—No estoy jugando. Lo único que vas a hacer será revisar si en la casona hay valijas negras. Si las encuentras, las traerás como puedas, las pondrás en el asiento de atrás y luego subirás delante. Eso es todo.

Diego tragó saliva con dificultad.




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