Adalia abrió una de las valijas y comenzó a sacar la mitad del dinero. Fue acomodando cuidadosamente los fajos de billetes en otra maleta, la única que pensaba llevarse.
Antes de cerrar el cierre, levantó la vista.
Ángela la observaba con los ojos llenos de lágrimas.
Negó lentamente con la cabeza.
—No nos dejes aquí... por favor.
Adalia sintió un ligero nudo en el estómago, pero enseguida apartó la mirada.
—Lo siento. Ya no seguiré metida en esto. Conseguí lo que quería.
Cerró la maleta, la levantó con esfuerzo y salió de la casa.
Luis aseguró la puerta con llave y volvió la vista hacia los dos jóvenes, que permanecían sentados sobre el colchón.
Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—¡Dijiste que nos dejarías ir! —gritó Diego, incapaz de seguir guardando silencio.
Luis soltó una carcajada.
—Mentí. No pienso dejar ir a ninguno de los dos.
Se acercó lentamente a Ángela.
—Tú te quedas conmigo. Te necesito. Mi plan siempre fue llevarme solo a ti... pero desde que ese muchacho está aquí te haces la fuerte. Cuando él está cerca, dejas de llorar.
Ángela sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Aun así, respiró hondo y volvió a colocarse delante de Diego de forma instintiva, intentando protegerlo.
—Estás loco... por favor, déjanos ir. Ya tienes el dinero.
En ese instante alguien golpeó la puerta.
Luis frunció el ceño.
Con el arma en la mano se acercó lentamente y miró por el pequeño orificio de la madera.
Del otro lado estaba Adalia.
Antes de que pudiera reaccionar, ella levantó el arma y disparó.
El proyectil impactó de lleno en uno de sus ojos.
Luis cayó hacia atrás lanzando un grito de dolor.
Ángela y Diego gritaron aterrorizados.
El disparo no lo había matado.
—¡Dios mío! —susurró Ángela, completamente paralizada.
Luis se retorcía mientras se llevaba ambas manos al rostro. La sangre comenzaba a correr entre sus dedos, pero, aun herido, seguía consciente.
Parecía que ni un disparo era suficiente para detenerlo.
Afuera, los agentes del detective Contreras y los miembros de la Policía Nacional escucharon la detonación.
Ya no podían esperar más.
Era el momento de intervenir.
—¡Suelte el arma y levante las manos! —ordenó una voz masculina detrás de Adalia.
Ella se quedó inmóvil.
Miró por encima del hombro y encontró a varios policías apuntándole.
Confundida, dejó caer el arma al suelo.
Dos agentes corrieron hacia ella para esposarla.
En ese mismo instante, desde el interior de la casa comenzaron a escucharse varios disparos.
Los tres se lanzaron al suelo por instinto.
Las balas atravesaron la puerta de madera.
Durante unos segundos nadie supo si alguno había sido alcanzado.
Dentro de la vivienda, Luis respiraba con dificultad.
El dolor era insoportable.
Con manos temblorosas arrancó un pedazo de su camisa y lo presionó contra el ojo herido mientras maldecía entre dientes.
Luego se levantó tambaleándose.
Su rostro estaba cubierto de sangre.
Con un movimiento brusco tomó a Ángela por el cabello después de desatarle las manos y los pies.
Ella lanzó un grito de dolor.
Luis le propinó un puñetazo.
Antes de que pudiera recuperarse, la golpeó con la culata del arma en la cabeza.
Ángela cayó al suelo.
Sintió un fuerte zumbido en los oídos y un calor húmedo comenzó a deslizarse por un costado de su rostro.
Diego rompió a llorar.
—¡Déjala! ¡Por favor, déjala!
Su voz se quebró por completo.
El muchacho quería correr hacia ella, pero el miedo lo mantenía inmóvil.
Luis lo ignoró.
—Tu amiguita debe estar muerta. ¿Ves? Todas las mujeres son iguales.
Después señaló una de las maletas.
—Levántala.
Mientras tanto, afuera, los agentes alejaban rápidamente a Adalia de la vivienda.
Había recibido un disparo en el costado derecho durante el intercambio de disparos.
Uno de los policías también estaba herido en el brazo izquierdo.
La ambulancia llegó pocos minutos después para atenderlos.
—Está armado y no podemos disparar porque tiene a Ángela y al muchacho. Pero estoy casi seguro de que todavía no sabe que rodeamos la casa —informó uno de los agentes.
El detective Contreras tomó el megáfono que llevaba la patrulla.
Justo cuando iba a hablar, un policía terminaba de leerle los derechos a Adalia mientras los paramédicos contenían la hemorragia de su costado.
Dentro de la casa, Luis permaneció inmóvil al escuchar la sirena de una ambulancia.
Su expresión cambió por completo.
Entonces la voz del detective retumbó por todo el lugar.
—¡Luis Tapia! ¡Está completamente rodeado por la Policía Nacional! ¡Es hora de entregarse y liberar a las víctimas!
Luis apretó los dientes con rabia.
Golpeó la pared con el puño sano.
—¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! ¡Maldita Adalia! ¡Seguro me estuvo traicionando todo este tiempo!
—Por favor... déjanos ir —susurró Diego con la voz quebrada.
Ángela permanecía sentada en una esquina. Sentía la cabeza pesada y un intenso dolor le recorría el costado donde la habían golpeado. La sangre descendía lentamente por su cuello, nublándole la vista.
El muchacho reunió valor para ponerse de pie.
Quería acercarse a ella.
Quería ayudarla.
Pero Luis reaccionó antes.
Lo empujó con violencia contra el suelo.
—¡No... Diego! —exclamó Ángela con un hilo de voz.
El adolescente golpeó la frente contra el piso.
Un ardor intenso le recorrió la piel mientras sentía la sangre comenzar a deslizarse por su rostro.
Las lágrimas brotaron sin que pudiera contenerlas.
Luis respiraba con dificultad.
Había perdido un ojo, pero seguía siendo rápido y peligroso.
El detective volvió a utilizar el megáfono.
#4298 en Novela contemporánea
drama amor humor, amor odio romance pasion, realeza futuro romance secretos
Editado: 01.07.2026