Crown, Love And A Cup Of Coffee En edición

59. Cuando el corazón recuerda lo que la mente olvidó

Ángela se levantó de la cama y abrió lentamente el armario. Encontró un vestido color rosa pastel y, después de observarlo durante unos segundos, decidió ponérselo.

No sabía si aquella ropa realmente le pertenecía.

Tampoco entendía por qué había tantas prendas.

Los médicos le habían explicado que sufría una pérdida de memoria temporal, así que simplemente aceptó que muchas cosas aún tardarían en tener sentido.

Cuando terminó de vestirse, caminó hasta el balcón de la habitación.

El paisaje la dejó sin aliento.

Frente a ella se extendían montañas cubiertas de un intenso verde, iluminadas por la suave luz de la mañana. El viento hacía danzar las hojas de los árboles y el silencio solo era interrumpido por las risas de las niñas, que corrían de un lado a otro junto a un joven.

—Darlin...

El nombre apareció de pronto en su mente.

Frunció el ceño.

Sabía que conocía a aquellas personas.

Lo sentía en lo más profundo de su corazón.

Pero había un muro invisible que le impedía alcanzar los recuerdos completos.

Nadie había querido contarle exactamente qué le había ocurrido.

¿Había sufrido un accidente?

¿Se había golpeado la cabeza?

¿Por qué no recordaba aquella casa?

Lo único que permanecía claro en su memoria era una pequeña casa de zinc completamente vacía, donde la primera noche tuvo que dormir sobre el suelo. Y no solo aquella noche, sino durante casi una quincena entera, soportando el frío porque su madre no la había apoyado cuando el hombre con quien vivía intentó sobrepasarse con ella. Había preferido marcharse antes que seguir soportándolo.

Se preguntó si su madre aún continuaría con aquel hombre.

También se preguntó cuándo la había perdonado.

¿Cuándo empezó a vivir en aquella enorme residencia?

¿Y cuándo conoció a ese hombre tan atractivo?

¿Cómo había logrado enamorarlo?

Una sonrisa avergonzada apareció en sus labios.

Conociéndose, jamás habría dado el primer paso con alguien como él.

También se preguntó cuándo dejó de trabajar en el restaurante.

¿Por qué había renunciado?

No le gustaba depender económicamente de ningún hombre. Desde pequeña había visto a su madre sufrir demasiados abusos por depender de otras personas, y aquella idea seguía profundamente arraigada en su corazón.

—Ángela...

La voz de Nikolais interrumpió sus pensamientos.

Había llamado varias veces a la puerta antes de entrar, pero ella estaba tan absorta contemplando el paisaje que ni siquiera lo escuchó.

—Hola... Perdón. Estaba admirando este lugar. Es muy bonito.

—Sí, lo es. Aunque cuando llegamos por primera vez dijiste que había exagerado.

Ángela lo miró sorprendida.

—¿En serio? ¿Yo dije eso?

—Más o menos. Ya sabes cómo eres. No te gustan las exageraciones.

Ella sonrió con timidez.

Nikolais caminó hasta la terraza. Ángela dudó unos segundos antes de acercarse y colocarse a su lado, dejando entre ambos una prudente distancia.

—Lo siento... No debería ser así. Tal vez deba aprender a ser más agradecida.

Él negó suavemente con la cabeza.

—No es que no seas agradecida. Es que muchas veces no sabes reconocer las bendiciones que Dios pone delante de ti... y tampoco te gusta aprovecharlas. Eres diferente a todas las mujeres que he conocido. La mayoría disfrutaría de mi fortuna sin pensarlo, pero contigo tengo que suplicarte para que aceptes dinero.

Ángela soltó una pequeña risa.

—Entonces cambiaré. Lo prometo. Desde ahora aceptaré todo el dinero que quieras darme.

Nikolais no pudo contener la carcajada.

Por un instante deseó abrazarla.

Besarla.

Decirle cuánto la había extrañado.

Pero se obligó a contenerse.

No quería asustarla.

Todavía no veía en sus ojos el brillo del reconocimiento que tanto anhelaba.

Aun así, confiaba en que ese momento llegaría.

—Ya recordé otro nombre. A este paso, antes de que termine la semana recordaré a todos... aunque todavía no recuerde qué pasó ni cómo llegué a esta casa.

—Lo harás poco a poco, como dijo el doctor. Cuando los noticieros dejen de hablar del accidente podremos visitar algunos lugares que ya conoces. Tal vez eso ayude a despertar más recuerdos. Después nos iremos a Dinamarca. Allí estaremos más tranquilos.

Ángela levantó las cejas.

—¿Dinamarca?

—Sí... porque debo contarte algo que aún no sabes.

—¿Qué cosa?

Nikolais respiró hondo.

—¿Sabías que eres una princesa?

Ella abrió los ojos de par en par.

—¿Que soy... qué?

Lo observó con incredulidad.

"Debe estar loco", pensó.

Su madre jamás había pertenecido a la realeza, y mucho menos su padre.

—No... eso no me lo creo.

Nikolais sonrió.

—Créeme. Falta muy poco para que lo descubras.

Ángela negó lentamente.

—No te creo.

—No importa. Ya llegará el momento. No necesito convencerte ahora.

Se apoyó sobre el barandal mientras seguía observándola.

Ángela dio un pequeño paso hacia él.

—Que eres rico es evidente... pero lo de princesa no.

—Eres inteligente. Aunque podría estar hablando literalmente... o tal vez de forma metafórica.

Ella sonrió.

—Puede ser.

Después señaló hacia el jardín.

—¿Cuál de las dos es Darlin?

Nikolais sintió una inmensa ternura.

Sin pensarlo demasiado, se inclinó y depositó un suave beso sobre su mejilla.

Ángela se sobresaltó ligeramente.

Él actuó como si nada hubiera ocurrido.

—Es ella.

Señaló a la niña.

—Vamos a hacer un ejercicio. ¿Qué crees que hizo que recordaras su nombre?

Ángela permaneció pensativa.

—No lo sé... Creo que cuando habló de la casa apareció el recuerdo.

—¿Y el café?

Ella frunció el ceño.

—Una pregunta... ¿A ti no te gusta el café? Vi tu cara cuando la niña entró con la taza.

—La verdad... no. Prefiero el té.




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