Nikolais había sido convencido... al menos un poco.
Todavía no podía cantar victoria. El olor del café seguía desagradándole, pero comenzaba a aceptar lo delicioso que resultaba cuando llevaba los ingredientes adecuados. Esta vez incluso le había agregado algo nuevo que encontró en la tienda.
—No me lo puedo creer... —exclamó Alisa al verlo dar otro sorbo a la taza.
Era la taza número once desde que Ángela le había preparado la primera aquella mañana.
—Le dije que no bebiera tanto. Le enseñé a prepararlo esta mañana y se ha pasado toda la tarde tomando café. Fíjate que ni siquiera ha comido nada. El café quita el hambre cuando lo bebes así.
Ángela lo observó con preocupación.
Los dedos de Nikolais temblaban ligeramente.
—Y pensar que antes no te gustaba...
Apoyó la cabeza sobre el respaldo del sofá.
—Acepto que fui un mentiroso que no sabía lo que se estaba perdiendo. Ya puedes cantar victoria.
—¡Hombre, que no puedes beber tanto! Mira cómo estás de raro.
Alisa le quitó la taza vacía de las manos.
—Si hubiera sabido que esto iba a pasar, nunca se lo enseño —añadió Ángela.
La señora Mercedes le entregó el antibiótico. Ángela, distraída, lo tomó y lo dejó sobre la mesa sin darse cuenta.
Toda la familia permanecía reunida en la sala observando cómo Nikolais caminaba de un lado a otro sin poder quedarse quieto.
—Ahora entiendo por qué mi cuerpo rechazaba el café. De verdad no puedo controlarme... Prometo que no volveré a beber tanto. ¿Me pueden llevar al médico? ¿Me voy a morir?
Gabriel soltó una risa.
Desde que Ángela había perdido la memoria, Nikolais había pedido que evitaran llamarlo por su nombre frente a ella. Esperaba que, tarde o temprano, fuera ella quien lo recordara por sí sola.
Aunque, siendo sinceros, en cuanto llegaran a Dinamarca descubriría toda la verdad.
—Lo que pasa es que te excediste en un solo día. Era la primera vez que tu cuerpo probaba café y terminaste bebiendo lo que una persona tomaría en dos días. Es normal que estés así. No te vas a morir...
Hizo una pausa.
—...Creo.
Nikolais se llevó ambas manos al pecho.
—Preparen el viaje de mañana... No puedo seguir sintiéndome así.
—Está bien. ¿Quiénes van? —preguntó Gabriel mientras revisaba su celular.
—¡Todos! ¡Nos vamos todos!... Sí... Pero todavía no compres los boletos... Todos... Bien...
Gabriel lo observó unos segundos.
—Gabriel, si tú no entiendes a mi hermano...
—Está bien —la interrumpió Gabriel con una sonrisa—. Yo sé lo que quiere decir tu hermano. Está medio loco, pero le entendí perfectamente. Me pidió que no compre los boletos... pero igual los compraré más tarde. Ahora solo hay disponibles para las seis de la mañana.
—¡Muy temprano! —protestó Alisa—. Vamos a terminar amaneciendo en el aeropuerto. Mejor viajemos otro día.
—Él quiere que sea mañana.
—¿Ves cómo está? Mejor cómpralos para pasado mañana.
Gabriel asintió.
—Creo que deberías dormir un rato —comentó Diego, uno de los agentes.
El pequeño Diego, junto a su madre y sus hermanas, seguía hospedado en la residencia desde el rescate. Nikolais había insistido en que permanecieran allí hasta que disminuyera el interés de la prensa.
La psicóloga había recomendado mantener al niño lejos del acoso de los periodistas.
—No va a dormir. Créeme. Va a pasar toda la noche así y tendré que vigilarlo hasta que se le pase el efecto de la cafeína.
En ese momento, Nikolais salió de la casa.
Gabriel fue detrás de él y lo sujetó del brazo antes de que siguiera caminando.
—Ven para adentro.
Lo hizo regresar.
—Ya sé que te sientes raro.
Sonrió divertido.
—Eso te pasa por inventar.
Ángela soltó una pequeña risa.
—Tan lindo... medio drogado.
Todos la miraron con desaprobación.
Ella simplemente se encogió de hombros.
—Bueno... tengo razón.
—Y tú tampoco estás muy bien de la cabeza desde el accidente —respondió Antonia.
Ángela abrió los brazos resignada.
—Bueno, bueno... ya dejen de atacar a los dos —intervino la señora Mercedes.
Luego miró a Ángela.
—¿Ya te tomaste el medicamento?
Ella asintió automáticamente.
Mercedes tomó la pastilla que seguía sobre la mesa.
—¿Y esta de quién es?
Ángela abrió mucho los ojos.
—¡Ah!... No... todavía no.
Tomó el vaso de agua y finalmente se la bebió.
—Ángela, tú sí deberías descansar para que no vuelva a dolerte la cabeza —comentó su madre.
Ella asintió.
Antes de subir las escaleras volvió la mirada hacia Nikolais.
—¿Y qué va a pasar con él?
Señaló al joven, que ahora vaciaba un estante completo, colocando unos objetos en el suelo y otros sobre la mesa como si estuviera reorganizando el mundo entero.
—No te preocupes. Yo me encargo —respondió Gabriel.
Sonrió.
—Alisa y yo no tenemos nada que hacer esta noche.
Alisa se sonrojó de inmediato.
—¿Qué estás diciendo?
Le dio un golpe suave en el hombro antes de subir apresuradamente a la habitación.
Ángela se despidió de todos con la mano y caminó junto a sus hermanas hasta el dormitorio.
Las tres se acomodaron sobre la cama.
—Cuando tu novio todavía estaba normal nos dijo que mañana viajamos a Dinamarca —comentó Darlin.
—¿Sabes? Si nos hubiéramos ido aquella vez, quizá nunca habría ocurrido tu accidente —añadió Darleni.
Ángela la miró confundida.
—Había un viaje planeado... pero Niko...
Se detuvo de golpe.
—Bueno... él decidió cambiar la fecha.
—¿Niko?
—Como sea...
Darlin intervino rápidamente para cambiar de tema.
—Pero... ¿qué clase de accidente tuve? Me da curiosidad que nadie quiera contármelo.
—Él dijo que no debíamos decirte nada.
Ángela permaneció unos segundos en silencio.
Luego sonrió.
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Editado: 04.07.2026