Oeste de la Región
Castillo Karlsen, un mes después…
Caminó pisando ramas, viendo un sendero de huesos y cuernos como señal de poder. La sangre estaba derramada en los bosques, y un animal herido, con el pecho abierto y la ausencia de corazón, alargaba su mano para alcanzarla.
Era un lobo negro gigantesco que no podía sentir y veía el mundo con una frialdad inhumana.
Era su compañero, y lo peor, venía a por ella.
Ella podía ver su corazón sellado por un hechizo, y elegir si lo liberaba o lo destruía.
—¡NO! —gritó.
Ava despertó empapada en sudor, sintiendo dolor en los huesos y el corazón por reventarle en el pecho.
Otra vez ese sueño. Otra vez esa visión.
Era él, su destino, el último descendiente puro del Ancestral, el portador más poderoso y más condenado.
Ella pertenecía a la línea de las Mujeres Lunares; mujeres que pueden ver la forma verdadera de todos los hijos de la Diosa, capaces de caminar entre hombre y bestia, y las únicas que pueden ser marcadas por un lobo negro sin morir.
Entonces, era solo cuestión de tiempo que él diera con ella y se la llevara.
Miró por la ventana y el sol estaba ausente, como era habitual. Sin embargo, sabía que era tarde. Su visión o pesadilla, la habían vuelto a sumir en un profundo sueño.
Se levantó, fue al tocador y se empapó la cara provista de pecas. Se aseó como de costumbre y luego bajó al comedor para tomar el desayuno. Sin embargo, nadie estaba. El castillo parecía desierto.
De repente, oyó unas voces, parecían discutir y siguió el eco del sonido hasta la puerta del despacho de su padre.
Apoyó el oído en la madera, y entonces los escuchó.
—Se dice que es despiadado, que es el propio engendro del diablo. —Shondra, la mujer que crió a Ava, miró encolerizada a su alfa, Antor Karlsen que no dijo nada y siguió bebiendo como si nada—. ¡No puedes enviar a la muchacha con ese hombre, sabiendo que es un asesino de sangre fría! —insistió la mujer.
Antor tomó otro trago de brännvin, aparentemente indiferente al reclamo de Shondra. Sin embargo, terminó con su bebida y quebró entre sus manos el vaso que sostenía, volviendo su enfurecida mirada a su fastidiosa empleada.
—Me tiene sin cuidado si Eric Ragnarsson es el propio diablo o si el bastardo ha asesinado a manadas enteras. Ha hecho una oferta matrimonial por Ava, y es una oferta que no puedo rechazar.
—No puedes entregarle tu hija a un hombre de quien se dice que no tiene ni corazón ni alma —la voz de Shondra se elevaba con cada palabra—. ¡No lo permitiré!
Antor rió a carcajadas.
—¿Qué tú no lo permitirás? Te estás sobrepasando, mujer. Controla tu lengua o te enviaré con ella al infierno del demonio del que hablas.
Detrás de la puerta del estudio de su padre, Ava escuchaba imperturbable cómo su padre y su querida nana discutían sobre su destino.
Un destino ya decidido y sellado por la Diosa.
Lo había visto en sus sueños desde que era pequeña. Algunas noches eran más perturbadoras que otras, pero desde que se dio cuenta del extraño regalo que le otorgó la Diosa, las imágenes llenaron su mente mientras dormía, incomodándola y preocupándola más que si hubiera sufrido mil pesadillas.
Con el tiempo, había aprendido a suprimir las visiones en su mente, pero la vívida imagen de un lobo mortalmente herido, con el pelaje negro empapado con su propia sangre, su corazón arrancado fuera de su cuerpo, apareció en sus sueños esa mañana, y volvió a vivir la espantosa escena que había soportado durante casi toda su infancia.
Sin embargo, su premonición fue completa hace unos días, cuando había decidido ir a correr fuera del fuerte y, de repente, la visión la alcanzó como un rayo caído del cielo, sacudiendo con fuerza su cuerpo.
Vívidamente se vio acercándose al lobo, esperando aliviar su dolor. Pero antes de que pudiese ayudarlo, el animal se había transformado en un hombre. Un guerrero feroz pero hermoso, y como el lobo, estaba cubierto de sangre, y con el pecho izquierdo vacío.
El hombre había empotrado sus ojos rojos en ella, llenos de dolor, suplicándole que lo salvara. Había extendido su mano hacia ella, pero el terror la embargó y ella se escapó, abandonándolo a su suerte.
Ahora deseaba hacer lo mismo; correr de aquella aterradora criatura que estaba muy cerca de alcanzarla. Casi podía sentir sus ensangrentadas manos sobre su carne, volviendo a implorar por su ayuda.
Ava sacudió la cabeza y regresó de sus pensamientos. Nunca sospechó que su destino estuviera tan cerca, y mucho menos que fuera Eric Ragnarsson, el despiadado monarca de las cuatro regiones.
Realmente, su padre la odiaba para entregarla a ese hombre.
Afiló el oído y esperó escuchar más.
—Ava es diferente, desconoce de las responsabilidades protocolares de una Luna. Siempre ha sido libre, ha aprendido a ser una guerrera mientras correteaba tras sus hermanos, no sabe nada de los deberes de una esposa y se rumorea que Ragnarsson es un hombre… despiadado, tanto en el campo de batalla como en la cama —insistió Shondra, buscando que su alfa entrara en razón—. ¡No puedes odiar tanto a su hija como para lanzarla a un matrimonio sin futuro!
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Editado: 13.05.2026