Cruel

CAPITULO 2

Ava solo empacó una daga y el vestido de novia de su madre. Se apresuró escaleras abajo de la torre tan rápidamente como se atrevió, después corrió a través del Salón sin más que una mirada a la puerta del despacho de su padre.

Por el espacio de un latido, casi dudó, casi se rindió a la ridícula idea de entrar y decirle adiós. Pero el impulso se desvaneció tan rápido como apareció.

¿Por qué debería molestarse? Él sólo se quejaría de que hubiera interrumpido su trabajo. ¿Y no estaba satisfecho de haberse deshecho de ella? Peor, su padre la había vendido al Rey de la manada del Norte, al amo y señor despiadado de las cuatro Regiones, que para rematar y por lo que escuchó de los rumores, era un hombre favorecido por la Diosa en todo sentido. Sin embargo, sólo la quería para utilizar y la perspectiva de aquello, ni la halagaba ni le prometía un matrimonio soportable.

¿Qué destino le deparaba al lado de aquel demonio?

Tomó una última bocanada de aire lleno de bruma, mientras permanecía ante la maciza puerta de roble que la llevaría a las afueras del fuerte.

Quizás, en su nuevo hogar no sufriría tantos desprecios como los que soportaba por parte de su padre. Tal vez, si hacía lo que el rey del norte le pedía, la dejaría llevar una vida pacífica y sin complicaciones, hasta podría permitirle marcharse si encontraba a su pareja predestinada. Una de segunda oportunidad.

Porque, en sus visiones, el lobo negro era su mate, aunque si era verdad que su corazón estaba maldito como lo vio en sus sueños, él podría no sentir la conexión. Aunque no estaba segura si aquello sería bueno o malo para ellos, o si sus lobos lo soportarían. Tampoco si podría rechazarlo sin sentir el vínculo.

Antes de que pudieran sentirse peor, ordenó que abrieran la puerta revestida de acero y salió.

Cinco todoterrenos esperaban por ella, junto con sus hermanos que habían intentado hacer cambiar de opinión a su padre, pero todos sabían que era imposible que el Alfa del Oeste se retractara y para ser honestos con ellos mismos, tenían la esperanza de que ella, siendo Reyna del Norte, tuviera un mejor futuro del que le deparaba deambulando alrededor del castillo del Oeste.

—Es hora, pequeña —musitó Karl, el segundo de sus hermanos—. Si tienes problemas, no dudes en hacérnoslo saber. Iremos de inmediato a pedirle cuentas a ese hombre.

Ava solo asintió. Tenía un nudo en la garganta que le resultaba imposible pasar sin derramar unas cuantas lágrimas y no estaba dispuesta a llorar.

—Vamos. Los hombres del rey del Norte ya están en la frontera —informó Astrid y ella subió a una de las camionetas.

Shondra no se despegó de ella y les juró a sus tres hermanos que les haría saber sobre cualquier situación.

Cuando llegaron a la frontera, sus hermanos y sus hombres la observaron con expresiones tristes y permanecían en silencio, aguardando a que las camionetas de la manada a la que se uniría Ava, se acercaran para que su rey se llevara a su futura esposa.

Cuando vieron las todoterrenos acercarse, Ivar, su tercer hermano, la tomó de la mano para infundirle valor. Ella lo miró a los ojos y afirmó con la cabeza, para después levantar el mentón, mientras varios hombres descendían de los vehículos.

—Demuéstrales de qué estas hecha, no te dejes amedrentar por nadie. Serás su Reyna, Ava, la monarca de las cuatro regiones. Nunca lo olvides —murmuró Astrid, sin apartar su mirada de enfrente.

—Cuando seas alfa, regresaré, hermano. Lo prometo —juró por lo bajo, con el enorme nudo que tenía en la garganta—. Juro que estarás orgulloso.

Ava tomó aire y comenzó a andar con sus hermanos siguiéndola. No se había puesto un vestido como lo sugirió Shondra, ni tampoco maquillado. Llevaba unos pantalones ajustados de cuerina y una camiseta blanca junto con unas botas militares. Su pelo rojo fuego lo trenzó y lo dejó cayendo sobre su hombro derecho.

Ahogó un sollozo mientras las dos comitivas se acercaban, porque tenía el presentimiento de que simplemente estaba cambiando un infierno por otro. Y, que el cielo la ayudara, no sabía cuál prefería. Sin embargo, se negaba a mirar hacia atrás. Su futuro estaba adelante, con una nueva manada.

«¿Crees que le gustaremos?», escuchó a Inga, su loba, que había estado callada en su cabeza por todo ese tiempo.

«No lo sé, pero no te hagas ilusiones, Inga. Él nos quiere para otro propósito, no para que seamos su verdadera pareja», contestó ella y la escuchó gruñir.

«Estoy segura que le gustaremos», replicó Inga, y Ava se dijo a sí misma que esperaba lo mismo por el bien de ambas.

—¡Larga vida al rey! —entonaron los guerreros que formaban una fila doble, formando dos columnas que avanzaba hacia ellos, hasta detenerse y abrirse.

Ava tembló por dentro cuando sintió un aura poderosa acercarse y presionó sus puños.

—No te preocupes. No pueden hacerte nada. Además, eres una loba alfa. Nunca lo olvides, Ava, nunca titubees delante de ningún subordinado o no dudarán en faltarte el respeto y pisarte la cabeza —insistió Astrid, colocándose a su lado.

—Me has instruido bien y no fallaré.

—Pero… —la voz de Astrid, siempre tan segura, titubeó y Ava sintió un fuerte dolor en el pecho—. Si no estás contenta, puedes regresar, pequeña. Me haré responsable de las consecuencias —aseguró.




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