Cruel

CAPITULO 6

Ava había intentado mantener la calma hasta que el avión aterrizó. Sin embargo, que Ragnarsson volviera a subir con ella, permaneciendo muy cerca, en la camioneta que los trasladaba hasta el imponente castillo del Norte, la hizo sentir una tirante incomodidad corporal que le molestaba demasiado y le costaba controlar, pues no podía ignorar el fuerte impacto físico que ese hombre tenía sobre ella. Después de todo, era su destino.

Perturbada ante sentimientos tan extraños y contrarios, especialmente aquellos que él había despertado en ella en el jet, se retorció e inmediatamente sintió como él la sujetaba con fuerza de la mano. Giró la cabeza y lo vio durmiendo. Debía estar exhausto; había dormido cuando salieron de la frontera y de nuevo ahora.

Resopló con frustración por el hormigueo que sentía en sus manos, por el intenso aroma a vetiver; amaderado, amargo, seco, terroso y con un toque cítrico refrescante, que desprendía de su cuerpo y se impregnaba en sus fosas nasales, burlándose de ella, torturándola, provocándola.

Quería tocarlo, moría por besarlo.

Volteó a mirar a través del cristal de la ventana de la camioneta, observando ensimismada el paisaje. A lo lejos se veía el mar, y un precioso lago antecedía la entrada principal al castillo. El clima estaba gris, lo que contribuyó en el desánimo de Ava.

El vehículo rodeó el lago y vio que, en la orilla, un ave llamaba a su compañera. El solitario sonido la llevó de vuelta a recordar su propia situación de desolación por no saber qué le esperaba, pues, mientras que la solitaria ave procuraba encontrar a su compañera, su propia pareja predestinada estaba tan cerca, y sin embargo, nunca se había sentido tan sola como en aquel momento.

Volvió a mirar a su futuro marido; su semblante, aun durmiendo, era severo. También lo consideraba escaso de palabras, pero parecía tan despiadado como había escuchado. No obstante, era un hombre hermoso.

«Es nuestro mate…», susurró Inga en su cabeza, entusiasmada.

«Pero él no lo puede sentir».

«Debe amarnos para romper el hechizo que envuelve a su corazón», advirtió Inga.

Ava lo sabía, pero, ¿cómo podía amar alguien que no era dueño de su propio corazón?

«Se molestará cuando sepa que debe amarnos para que se rompa el sello, que no solo debe esperar que lo amemos. El sentimiento debe ser mutuo…».

«La profecía es tan ambigua… y tan cruel: si tú lo amas y él no, él morirá. Si él te ama y tú no, tú morirás. Destinados a vivir en agonía por la pérdida del ser amado», suspiró Inga. «No se lo digas aún. Deja que pase tiempo con nosotras», insistió su loba.

«No puedo ocultárselo; recuerda que nos buscó y pagó un alto precio por eso».

«Solo no le digas aún, lo quiero cerca, me encanta su olor…».

Al parecer, Inga estaba decidida y ella debía intentar sobrellevar su matrimonio si quería darle resultados a su futuro rey. Además, la angustia y el deseo que sentía no podían ser ignorados tan sencillamente. Ella no podría rechazarlo, ambos eran alfas, los dos sufrirían peligro de muerte, y las consecuencias eran inimaginables; además, nunca había oído de un caso similar, en el que dos alfas se rechazaban mutuamente, y no podía predecir qué les depararía.

Era extraño. Ni una sola premonición, no sentía ni veía nada sobre su propio futuro.

Sin embargo, quizás, si él se animaba a cortejarla, a enseñarle sobre la pasión y se dignaba a aparearse con ella, podría existir aquella posibilidad de que la amara y sintiera el vínculo que lo unía a ella, antes de tomar la decisión de marcarla.

La todoterreno se detuvo y el imponente castillo que se alzaba frente a ella sólo podría ser la guarida del lobo negro, y su nuevo hogar.

Amenazantes paredes de piedra gris se elevaban entre la bruma que lo hacía parecer un lugar muerto, desprovisto de vida y de calor.

Aun a distancia, Ava pudo percibir como un manto helado se cernía sobre el austero castillo que Eric Ragnarsson llamaba casa. La frialdad que emanaba y una impresión tan intensa le levantó los vellos finos detrás de su cuello y le recorrió la columna vertebral, haciéndola temblar como una hoja.

Una frialdad vacía que nada tenía que ver con el lugar, la embargó de repente y sudó frío.

Abruptamente y sin previo aviso, el hermoso y severo hombre rubio cuyo nombre aún no sabía, la tomó de la mano y regresó en sí.

Ava se sacudió, abrumada por la sensación del repentino toque que la tomó desprevenida, y sus ojos se encontraron.

Sintió algo electrizante. Una corriente inexplicable que subió por su espina dorsal.

—Lo siento, no quise asustarte. Soy Alarik —dijo con voz demasiado cortés, que no concordaba con su aspecto fiero. Antes de que pudiera pronunciar una palabra de protesta, el hombre alto y de cuerpo poderoso la tomó por la cintura y la bajó a tierra firme con demasiada facilidad—. Al menos, no intentaste devanarme el cuello… —murmuró con una sonrisa torcida que lo hacía parecer aún más hermoso.

—¿Perdón?

—Solo bromeaba sobre tu pequeña interacción con Eric en el avión. —Alarik miró sobre el hombro de Ava y ella giró la cabeza, encontrándose con el escrutinio severo de su prometido.




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