Cruel

CAPITULO 7

Una fina lluvia caía con una tortuosa calma. Ava, sentada en el alfeizar de la ventana de su impresionante alcoba, vestía una bata de seda blanca sobre el camisón corto que encontró en el cuarto de baño. Su cabello estaba húmedo y sus pies descalzos.

Sumida en sus pensamientos, no escuchó que alguien tocó la puerta hasta que su visitante carraspeó, devolviéndola a la realidad. Volteó y sus ojos verdes se tornaron cálidos cuando se encontró con una mirada azul. Sus labios se curvaron al ver a Alarik.

—Lo siento, toqué, pero no respondías… —Se excusó, mojando sus labios antes de hablar. Verla de aquella manera tan natural le resultó irreal; sintió una impresionante tensión que inquietó aún más a su lobo y lo llevó a sentir remordimientos por aquellos sentimientos encontrados.

Ava solo caminó con suavidad hasta él, con una hermosa sonrisa en sus labios húmedos y sonrosados, ajena a todo lo que Alarik estaba experimentando.

—No te disculpes, estaba sumida en mis pensamientos y no te escuché. —La mirada de Alarik se deslizó desde sus pies hasta su cabello de color fuego de un modo extraño y ella arrugó el ceño—. ¿Tengo algo malo? —indagó con inocencia, mirándose a sí misma.

Alarik se sacudió mentalmente y negó con la cabeza.

—No… —susurró con la voz ronca— para nada.

Ava volvió a levantar la cara y le sonrió nuevamente, cuando Shondra ingresó al dormitorio, y lo que la mujer vio, la inquietó en demasía.

—Mi señora… —murmuró, quitándose el chal que llevaba puesto sobre sus hombros y cubrió a Ava con él—. No es apropiado que recibas visitas con este aspecto… —miró a Alarik, interrogante—. Estoy segura que a tu prometido no le gustará saber que otro hombre visita tus aposentos.

Alarik arqueó ambas cejas, comprendiendo la insinuación de la mujer y tosió.

Pero más le sorprendió la reacción de Ava que rompió en una dulce y sutil carcajada.

—Por favor, nana. Sabemos perfectamente por qué se casará conmigo y dudo mucho que le importe quien entre y salga de mis habitaciones, ni cómo recibo a mis invitados —respondió como si nada—. Además, Alarik solo se está ocupando de algo que le pedí.

Shondra solo bufó, mirando burlona a Alarik.

—Precisamente a eso he venido —dijo él, recordando el motivo de su visita a los aposentos de la futura esposa de su amigo. Palmeó las manos y unas diez omegas ingresaron al dormitorio con paquetes y bolsas—. He traído lo indispensable, pero mañana llegará todo lo que encargué y necesitarás. Las sirvientas lo acomodarán y puedes elegir a una de ellas para que sea tu sirvienta personal y te ayude con lo indispensable.

—Yo me ocuparé personalmente de la futura reina, señor. Descuide —volvió a intervenir Shondra, apartando la innegable simpatía que sentía por el segundo al mando—. Lo acompaño a la salida —dijo, señalando la puerta.

Alarik comprendió que lo estaba echando y se despidió de Ava con un asentimiento de cabeza. Caminó hasta la puerta, sintiendo que la nana de la pelirroja lo seguía de cerca. En cuanto cruzó el umbral, la mujer cerró la puerta y le habló.

—Mi señor —musitó con una voz más relajada. Alarik se volvió a ella y la observó con atención—. Ava no es como las otras lobas, sus pensamientos aún son inocentes…

Alarik arqueó una ceja, haciéndose el desentendido.

—¿Qué quiere decirme exactamente?

—No quiero que tome a mal mis palabras, pero tampoco se haga el que no las comprende —la mujer suspiró—. Para Ava, presentarse de la manera en que se presentó hace momentos delante de usted, es algo normal porque creció entre guerreros y entre hermanos varones. Desconoce de cuando un hombre la mira de un modo diferente… del mismo modo en que usted acaba de mirarla.

Alarik frunció el ceño y se cruzó de brazos, pero la mujer no se intimidó.

—Me cae muy bien, señor Alarik, y creo que mi niña estaría mejor con alguien como usted que con un hombre como sir Ragnarsson, pero el destino ya ha dispuesto el futuro de Ava. No le complique las cosas con lo que siente y recuerde de quién es prometida antes de dar un paso en falso, porque sabe las consecuencias de codiciar algo que no es suyo.

La mujer realizó una leve reverencia y volvió a entrar al dormitorio, dejando un tanto culpable a Alarik que suspiró.

«¡Él no la quiere, nosotros sí!», Ake apareció en su cabeza, protestando furioso por la advertencia de aquella plebeya. ¿Cómo se atrevía?

«Calma, amigo, ella tiene razón. Es de Eric. Debemos olvidarla».

«¡No!», rugió Ake, feroz como nunca antes, revelando lo que él supo en cuanto la vio recién bañada y con su olor natural a flores silvestres y madera fresca.

«Ella… ella se siente como nuestra compañera…», confesó con agonía. «Lo siento, aunque… ella no puede», aulló con dolor por no poder reclamarla.

Alarik se sintió devastado. No comprendía absolutamente nada, pues, si Ava era la compañera de Eric, ¿Cómo era posible que sintiera un vínculo tan fuerte hacia ella?

Sí tenía un vínculo con Ava, ella debía romper el suyo con Erick para poder reclamarla. Porque el brujo que le había recomendado a Eric casarse con ella, juró que era su destino, y aunque vio un destello de interés en los ojos de su amigo, él le aseguró que no sentía el vínculo.




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