Cruel

CAPITULO 8

En el comedor, Eric esperaba impaciente junto con Alarik a que su futura esposa bajara. Las palabras que le había proporcionado lo dejaron devastado.

«Sí, morirás».

La crueldad con que lo dijo, lo dejó más vacío y miserable que nunca.

Esa muchacha lo dejó descolocado por completo y solo le bastó pronunciar las palabras que no quería oír.

Cuando se alejó tan altiva con Alarik, quiso pensar que mentía, pero era imposible que ella supiera aquellos detalles, si no fuera porque su visión se lo había revelado.

—Pareces nervioso… —musitó Alarik para romper el tenso silencio que abarcaba el amplio espacio del comedor elegante, adornado con cuadros de los antepasados del alfa y cortinas en color azul real que resplandecían por los destellos de la araña colgada del techo.

Eric no respondió de inmediato. Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre la mesa de roble macizo, mientras su mirada se clavaba en la escalera por donde Ava debía aparecer en cualquier momento. El castillo entero parecía contener la respiración junto a él.

—No estoy nervioso —mintió al fin, con la mandíbula tensa—. Estoy irritado.

Alarik no lo contradijo. Lo conocía demasiado bien para hacerlo.

—Dijiste que querías resolverlo cuanto antes —continuó con cautela—. Ella… ¿No era lo que esperabas?

Eric apretó los dientes y Magnús gruñó en su interior, inquieto.

«Ella lo afecta», le reveló su lobo. «No bajes la guardia».

Eric cerró los ojos un instante, respirando hondo. No tenía intenciones de ponerse a pensar en las palabras que su lobo lanzó en su mente. Alarik sería incapaz de traicionarlo.

Desde que Ava había cruzado las puertas del castillo, algo se había alterado en el aire, en su sangre, en su condena cuidadosamente controlada. No era solo atracción. Era una molestia constante, una presión incómoda en el pecho, donde ya no había nada.

—Ella… ¿te gusta? —insistió el rubio.

«No te confíes…», insistió su lobo en su cabeza.

—No siento el vínculo de pareja, ya te lo dije, pero eso ya lo sabías —resopló Eric con fastidio y bebiendo un sorbo de su copa—. Sabes perfectamente que no siento nada… y que dependo absolutamente de lo que ella siente.

—Aunque no sientas un vínculo, te sientes atraído… —afirmó su amigo, tenazmente y su lobo insistió con lo mismo.

Arqueó una ceja y escrutó con fijeza a Alarik.

—Mmm… —fue lo único que respondió, mientras Magnús comenzó a ronronear en su cabeza y un olor a flores silvestres y hierba fresca inundaron sus sentidos.

El sonido de pasos suaves descendiendo por la escalera hizo que ambos alfas levantaran la vista.

Eric sintió un golpe seco en el estómago, cuando siguió silenciosamente con la mirada las escaleras, y entonces la vio, descendiendo con una innata elegancia y llevando puesto un sencillo vestido blanco con las mangas por debajo de los hombros. Ella se había dejado el pelo suelto, permitiendo que se derramara sobre sus hombros desnudos para que cayera como una cortina brillante de bronce, ondeando hasta su cintura.

Emitió un juramento por lo bajo, furioso consigo mismo, porque por una fracción de segundo, se había preguntado qué se sentiría al pasar sus manos a través de su cabello.

Por la Diosa, ¡le gustaban los rizos flameantes de sus cabellos!

Él nunca había sospechado que ella tendría ese glorioso cabello.

Un maravilloso sentimiento de ansiedad abrumadora, lo clavó punzante en el pecho vacío y su cabeza se aturdió.

«Me gusta…», dijo Magnús con anhelo.

Eric no le replicó, solo se concentró en escrutarla, mientras una sensación extraña que él no había imaginado sentir, que nunca esperaba alcanzar, comenzó a recorrerle las venas.

No solamente con Ava, sino con cualquier otra loba, después de conocer su destino como descendiente puro del Ancestral.

Sin embargo, en medio de todo ese aturdimiento desconocido, recordó la mirada desafiante y las palabras hirientes de la joven pelirroja, y se obligó a regresar en sí, a despertar del delicioso deseo que estaba experimentando.

Le quedaba claro que a ella no le agradaba, y él no pensaba aceptar, ni siquiera en su interior, que Ava Karlsen era, sin duda, la loba más encantadora que había visto en toda su jodida vida.

A medida que sus sentidos se llenaban con su olor, se juró que encontraría una razón para desechar aquellas sensaciones. Jamás pensó que se sentiría tan irritado y tan atraído al mismo tiempo, cuando Alarik aseguró que la muchacha era sencilla y poco atractiva.

Sin embargo, su futura luna, no solo era feroz, sino también era muy hermosa.

—Buenas noches —saludó Ava con educación, llamando la atención de los dos caballeros—. Lamento la demora.

—No importa —respondió Eric con voz grave—. Siéntate.

La orden fue clara. Ava arqueó una ceja, pero obedeció, tomando asiento frente a él. Shondra se mantuvo unos pasos atrás, vigilante como una loba vieja y experimentada.




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