Cuando baje el sol de enero (estaciones #1)

4. Dime tu nombre

Tras su saludo, la joven tardó todavía un par de segundos en reaccionar, sin creer que justo la primera persona en llegar a la fiesta fuese alguien que ella conocía en la capital. ¿Era posible?

—¿Beni? —preguntó, por si acaso se estaba equivocando.

No obstante, su sonrisa inmediata algo cargada de ironía le confirmó que en efecto se trataba del ex compañero de cuarto de su hermano. Seguía como le recordaba de su última visita, con el mismo físico atlético, la enorme estatura de jugador base de baloncesto y los ojos verdes jaspeados y chispeantes de energía. El pelo rubio ceniza lo llevaba algo más corto y menos revuelto, pero era él sin duda.

—Eso dicen —bromeó el aludido como primera respuesta, antes de acercarse, pasar bajo el dintel y que ambos intercambiaran dos besos de saludo con naturalidad—. ¿Cómo estás?

Repuesta de la sorpresa, Lorena sacudió la cabeza y sonrió casi sin pretenderlo. De alguna manera, le agradaba volver a verlo. Después de haber oído a Fran hablar bien de él hasta la saciedad y olvidando sus reticencias del día anterior de un plumazo, en aquel momento la zaragozana se sentía como si se reencontrara con un viejo amigo, aunque apenas se hubieran visto una vez en la vida.

—Bien, bien —repuso, apartando apenas la vista cuando notó las mejillas algo acaloradas—. Por favor, pasa.

Sin hacer alusión a su turbación, el hombre avanzó sin dudar y Lorena cerró tras él.

—Gracias —aceptó, mirando a su alrededor con curiosidad—. ¿Soy el primero?

—Diría que sí —repuso ella, tratando de frenar los latidos de su corazón súbitamente acelerado. ¿Por qué estaba tan nerviosa?— ¿Qué tal estás? —preguntó, tratando de distraerse a la vez que de ser educada.

Beni, por su parte, se encogió de hombros con naturalidad mientras avanzaba como si estuviera en su casa.

—Bien, sin grandes novedades por aquí —repuso, antes de girarse hacia ella sin violencia e inquirir a su vez—. ¿Qué tal la llegada a Madrid?

Lorena inspiró hondo.

—Bien, de momento bien —repuso, algo más tranquila—. Yo…

—¡Beni! ¡Joder, ya era hora! Que ¡te necesitamos en la cocina!

Ante la imprecación, el aludido se rio con ganas mientras encaraba a la figura rubia y ceñuda que los encaraba desde el fondo del pasillo, los brazos en jarras.

—Sigo sin saber cómo sobrevivís, en serio —manifestó, con cálida sorna.

El ceño de Marcos pareció acentuarse, sin parecer apreciar el humor en absoluto.

—Oye, no seas gallito, pucelano —le espetó, señalándolo con un dedo que pretendía ser acusador—. Sólo es que he oído que tu guacamole compite con el de los ángeles y queremos saber si es cierto.

Beni se rio con más fuerza y puso los ojos en blanco.

—Vale, vale, segoviano. Ya voy —replicó, divertido. Aun así, se demoró un instante en girarse hacia Lorena y sonreír con camaradería antes de indicar—. Te veo ahora, que me reclaman por allí. Bienvenida.

Ella procuró devolverle el gesto, turbada sin motivo aparente, antes de susurrar:

—Gracias.

No obstante, mientras lo veía alejarse por el pasillo y reunirse con sus otros compañeros, la joven no pudo dejar de pensar en el extraño aleteo de su corazón que había empezado nada más verlo. Tratando de ser racional, por supuesto, lo asoció a la emoción de justo haberse reencontrado de buenas a primeras con alguien a quien ya conocía en aquella enorme ciudad y nada más llegar. Aun así, la joven no tuvo mucho tiempo para pensar en ello. Puesto que, un segundo después, el timbre sonó de nuevo y más invitados de Hernán empezaron a llegar. Fuera como fuese, la fiesta de bienvenida de Lorena Díez de Sanmillán a Madrid no había hecho más que empezar.

***

«Madre mía».

Dos horas después del comienzo de la celebración, la homenajeada se dejó caer contra la pared del salón; abrumada a más no poder tras responder por vigésima vez a la misma tanda de preguntas por parte de la última pareja que ya se alejaba entre el gentío sin mirarla dos veces. Tampoco había tanta gente como Hernán y Fran habían estimado; sin embargo, eso no hacía que lo que a primera vista de Lorena siempre había parecido un salón-comedor bastante amplio, se antojase incluso diminuto con tanta gente moviéndose y parloteando en su interior. Y lo peor de todo es que salvo por su hermano y su compañero gallego, la joven se sentía poco menos que un objeto decorativo que la gente sólo hubiese ido a admirar y para comentar sobre ella.

Para bien o para mal, en ese instante alguien se acercó a ella por el lateral y la joven se relajó en cuanto vio la sonrisa amable de Hernán a unos diez centímetros de distancia de su rostro.

—¿Qué? ¿Muchos pretendientes? —gritó él, intentando hacerse oír por encima de la música ambiente.

Lorena se rio por lo bajo y negó con la cabeza.

—No, menos mal —repuso en el mismo tono—. Aunque es curioso cómo todo el mundo quiere saber de mí.

Su vecino de cuarto sonrió con confianza.

—Bueno, la mayoría son compañeros de clase de Fran y míos, así que es normal —argumentó, encogiéndose de hombros en muda disculpa—. Algo oyeron hablar de ti, quieras que no.

La joven tragó saliva y apartó la vista, algo agobiada a pesar de todo por aquel comentario sin maldad. Aun así, al hacerlo su vista se clavó en dos siluetas rubias en distintos tonos que se encontraban a escasos metros de distancia. Apenas había tenido interacción con ellos en toda la tarde noche, más allá de la llegada de uno de ellos, pero eso no hizo que el pulso se le acelerase menos al comprobar lo iguales y diferentes que parecían al mismo tiempo.

Marcos estaba acodado junto al alféizar de una de las grandes ventanas y ligaba con todas las chicas que se le ponían a tiro; lo cual no era demasiado increíble, puesto que el hombre era guapo de todas formas. Cuando una no estaba rodeada por su brazo musculoso, otra estaba apoyándole las manos en el hombro y aleteando las pestañas con coquetería para llamar su atención. Beni, por otra parte, estaba rodeado de otras tantas y mantenía conversaciones que parecían más educadas que seductoras con ellas. De hecho, en su caso ninguna llegaba a tocarlo, al contrario que con Marcos; aunque hubo un par de ellas que parecieron hacer amago mientras Lorena los observaba con disimulo. Fuera como fuese, eso tampoco evitó que la joven sintiera una extraña punzada de celos en el estómago que se fue en cuanto llegó sin más efecto.




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