Cuando baje el sol de enero (estaciones #1)

12. Un poquito

Aquella mañana de viernes, Lorena se despertó antes de lo que quería y con la misma sensación de no haber dormido nada. No sabía si era fruto de la cerveza que había bebido con sus compañeros la noche anterior o del mero recuerdo de la conversación sobre la invitada en casa de Beni que le atenazaba las entrañas sin descanso. De cualquier forma, no pudo evitar correr hacia el baño nada más levantarse y inclinarse sobre el retrete con varias arcadas que no fueron más que para escupir bilis.

«Estúpida», se reprochó con dureza, al tiempo que intentaba respirar con normalidad. «No sois nada ni lo vais a ser», se azotó acto seguido, sin piedad y sin abrir la boca. «¿Qué demonios te pasa?».

Lorena no tenía respuesta a aquella pregunta, pero eso no la consolaba en absoluto. Se lo había jurado y su corazón había construido sus murallas cuidadosamente desde hacía más de cuatro meses, cuando aquel desgraciado de Víctor la dejó en el ridículo más inmundo. No quería salir con nadie, no quería volver a enamorarse ni fijarse en ningún hombre… ¿Por qué de repente…?

«Déjalo, solo te harás más daño», se recomendó, levantándose con violencia del suelo embaldosado y decidida a distraerse como fuera.

Así, tras hacer sus abluciones matutinas, la joven se dirigió a la cocina para desayunar algo rápido y pensar en alguna posible actividad para la mañana. Dado que los viernes no tenía clase, pero Fran sí, aquel día Lorena tenía tiempo de sobra para ella antes de que ambos cogiesen el tren para volver a Zaragoza en el fin de semana más importante de la ciudad. Como ya eran más de las ocho de la mañana, su hermano y Hernán habían salido de casa para ir a la facultad y Marcos se despidió justo en el momento en que se cruzaron con él en el salón. De repente, Lorena se sintió algo avergonzada por haber estado algo más pendiente de lo normal de él durante la pasada velada; pero, para su tranquilidad, la actitud del rubio era tan amistosa como siempre y la joven casi resopló con alivio en cuanto le dio la espalda. Algo era algo, aunque una vocecita en su cabeza seguía reclamando que solo lo había utilizado para intentar dar celos a Beni.

«Qué estupidez», resopló en su mente, tratando de descartar el pensamiento y sin querer reflexionar que, en el fondo, todo aquello influía también en que no hubiese ido a entrenar con él por la mañana. «Que les den a todos. Soy mayorcita para hacer lo que me apetezca, ¿no?».

De hecho, aquel exabrupto mental le dio una idea, sumado al enlace que Google le propuso justo después de ponerse a mirar el móvil, café en mano. El artículo era breve, pero sugería varios rincones de Madrid para salir a correr lejos del «mundanal ruido» que captó la atención de la joven de inmediato y que casi le hizo esbozar una sonrisa interesada. Hacía mucho que no salía a correr y, desde luego, esa podía ser una buena actividad para combatir los pensamientos intrusivos que había tenido toda la mañana.

Así, la chica movió la página hacia abajo con interés genuino hasta descubrir un parque que le llamó más la atención que los demás; además, se podía llegar de forma sencilla en metro desde su casa. Sin pensárselo más, Lorena apuró el café y la tostada que se había preparado mientras leía, corrió a su dormitorio, agarró la riñonera-bandolera que siempre usaba para salir a correr, el cortavientos con capucha para la ligera lluvia que caía en el exterior, y salió disparada por la puerta con energías renovadas.

Cuando llegó a su destino, media hora después, y nada más alcanzar la puerta, la corredora inspiró con deleite por la nariz. Es cierto que caía un poco de lluvia ligera, como remanente de la tormenta de la noche anterior, pero la previsión en su móvil indicaba que el clima solo mejoraría de ahí a la hora en que tuviese que volver a casa. Así que, sin dudarlo, la joven se ajustó el fino chubasquero, se colocó los auriculares, encendió su playlist favorita en Spotify para correr y se lanzó hacia delante apenas adentrarse en el parque Juan Carlos I.

Era grande y diáfano, con avenidas asfaltadas rodeadas de zonas verdes, y por él transitaba muy poca gente, dada la hora y el clima de aquel viernes. Lorena rodeó el enorme montículo central del parque, bordeando a su vez un canal donde una gran cantidad de patos y otras aves acuáticas se perseguían y alimentaban por igual. Quisiera o no, en media hora la joven había dado casi la vuelta completa al recorrido. Sin embargo, cuando le quedaban unos ciento cincuenta metros para completarlo, Lorena decidió desviarse al verse atraída por una visión increíble para alguien recién llegado a la capital.

Detuvo despacio sus pasos antes de llegar al pie de la loma y comenzó a ascender con calma, regulando su respiración mientras sus ojos recorrían la gigantesca silueta de la ciudad a sus pies.

Era... inmensa, más de lo que nunca había llegado a imaginar, y se extendía en todas direcciones. De repente, la estudiante se sintió más pequeña e insignificante que nunca, al tiempo que una extraña mezcla de añoranza y deseo de volver a Zaragoza se adueñaba de ella. Apartando la vista, se arrebujó en el cortavientos y suspiró, para dirigirse cabizbaja de nuevo hacia el metro.

A lo lejos, el cielo empezaba a clarear y a dejar paso al sol tras la lluvia, pero ni siquiera fue capaz de apreciarlo antes de meterse bajo tierra para esperar el tren que la devolvería a casa.

Al cruzar el portal de nuevo, eran las once de la mañana, tiempo suficiente para ducharse y esperar, con la maleta casi en la puerta, a un Fran que llegaría sobre las doce. En efecto, cuando este apareció por el umbral, Lorena ya estaba lista y lo recibió con una sonrisa; sin embargo, esta no llegó a sus ojos, y su mellizo lo percibió.




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